Hernan Orrego

SOBRE EL AUTOR

Dos momentos marcaron sendos hitos en mi futura vida de escritor.  Leer más

 

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Hernan Orrego

Marina: una historia de la ciudad entre la nostalgia y el desencuentro destacados

Martes, 24 Marzo 2015 00:00

Realmente, la novela se torna interesante desde que Oscar conoce a Marina y las tramas dentro de las nuevas tramas se van sucediendo como las hojas que caen en los parques de la vieja Barcelona. Todo va viento en popa, hasta que los adultos advertimos que esta obra no es para nosotros. A mí me sobraron cincuenta años.

El estilo del autor es fabuloso, le brotan las descripciones, diálogos, parábolas y metáforas con la misma facilidad que un adolescente se deja llevar por las novelas de fantasía.

 “A veces las cosas reales, suceden solo en la fantasía. La llovizna vestía las calles de plata. Íbamos cincelando la carretera de la costa. No hay más demonio que la madre naturaleza. Todos tenemos un secreto encerrado en el alma. Solo recordamos lo que nunca sucedió. La juventud es como una mujer que no comprendemos hasta que nos deja por otro. El tiempo hace al cuerpo lo que la estupidez, al alma. La gente compra al artista, no la obra.”

Le bastaron siete días a Oscar Drai para descubrir lo que ocultaba la barriada de Sarra y la mansión de cien velas en el paseo Bonanova. La estrecha relación entre Marina y Germán, su padre oculta el doble fondo, que mantiene en suspenso al lector hasta más o menos dos terceras parte de la novela. El suspenso se rompe antes del final. Quizás Ruiz Zafón, quiso aliviarnos la carga emocional.

El padre de Germán le regala la casa, al descubrir un amorío de su esposa. Desde ahí en adelante, aparece una serie de tramas, escenas de celos, despechos, ambiciones, orgullos y  hasta la lucha del Dr. Shelling por salvar el alma, de Kolvenik, mutilado cuando trabajaba en su fábrica de aparatos ortopédicos, buscando el desquite con la naturaleza que condena  a almas inocentes a vivir en cuerpos defectuosos.

La relación entre Marina y Oscar está bien compensada por la edad y el espíritu aventurero de los jóvenes que se escapan, él de sus estudios, y ella de su secreta condena a muerte. Pero en la escena de la red de alcantarillas y en el incendio del teatro Real, una fantasía desorbitada se apodera de la novela, remitiéndola a un público juvenil, quizás de adolescentes. El autor la define como su última novela de ese género. Las revelaciones de Eva Irinova parecen complicar la historia con exceso de subhistorias repetidas. Otra vez, las matrioskas, las muñecas rusas. Una historia dentro de otra, redundando en hechos ya expuesto en páginas anteriores, por tanto conocidos por el lector. Es fácil perderse en esa parte. Finalmente, me duele decirlo, el frasco de suero desmerece la validez de la “fantasía de la novela”. Creo que ahí está el punto más bajo. El desenlace: Marina era la enferma y no su padre, se huele desde lejos, como Oscar olía los monstruos en el invernadero.

Después de quince años Oscar regresa a la vieja Barcelona a recordar lo que vivió en siete días, o quizás, lo que soñó en siete segundos. Recordemos que antes de empezar, el autor pone en labios de Marina: “solo recordamos lo que nunca sucedió”.

Me parece que lo mejor de Marina, la novela, no está en la sustancia, ni en la a veces excesiva trama, ni en su fantasía juvenil, sino en las descripciones de personajes, diálogos y su retrato en Sepia de la vieja Barcelona con sus mansiones, iglesias, torres, parques y fantasmas. En una palabra, la calidad está en el exquisito estilo de Carlos Ruiz Zafón, a que nos tiene acostumbrados sus seguidores. 

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