Janiel H Pemberty

SOBRE EL AUTOR

Toda biografía, por mínima que sea, es en cierto modo una confesión. Ver más aqui

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Janiel H Pemberty

Disertación sobre el cuento y el microrelato

Sábado, 23 Abril 2011 00:00
Detail from Lionel Charles Henley's 'A Quiet Half Hour' Detail from Lionel Charles Henley's 'A Quiet Half Hour'

El 26 de abril de 2011 el Sistema Universitario Ana G. Méndez me dio la oportunidad de dictar una conferencia sobre el cuento y el microrrelato y estas fueron mis palabras.

Señoras y señores:

Vaya mi saludo de agradecimiento al Sistema Universitario Ana G. Méndez,

que le apuesta a la cultura, tan relegada a un segundo plano en nuestro medio y tan obstaculizada por la sobrevivencia, los compromisos, la molicie, el conformismo y el adormecimiento; a Katia Núñez, que tan amable y desinteresadamente propicia eventos de este tipo y a ustedes, por abandonar sus rutinas y venir hasta aquí a compartir un rato con la literatura.

Muy respetuosamente los invito a que nos pongamos de pie y por un minuto, en silencio, recordemos a aquellos que sufren a lo largo y ancho de nuestro planeta a causa de los movimientos naturales de una madre que se acomoda o protesta, o debido a las guerras que la ambición o las ideologías ponen en marcha. Los que han sido golpeados por estos acontecimientos tienen nuestra misma piel, respiran nuestro aire, tienen nuestros mismos sueños y los empuja el mismo amor, por lo cual su dolor es de alguna manera nuestro dolor.

¿Cómo no recordar a nuestros hermanos en desgracia cuando la literatura es ante todo una manifestación del hombre y para el hombre, y en este sentido, está conectada con todo lo que al hombre concierne? No otra cosa podría esperarse de quienes nos dedicamos a escribir y a la postre somos cronistas de nuestro tiempo.

Ahora bien, así como además de escribir su obra, el escritor de hoy debe ocuparse en divulgarla y venderla, así también debería verse abocado a preguntarse para qué escribe, más allá de porqué escribe. Porque entreverada en el mercado del entretenimiento, la literatura ha empañado su dimensión ética. En un mundo sitiado por la desintegración de los valores, desintegración que justamente amenaza con desintegrarnos, la literatura debería convertirse por lo menos en un noble faro de inconformidad, en una revelación en la sombra y no resignarse más a ser otro objeto del consumismo. Pero esa, es agua de otros ríos.

Así las cosas, es comprensible hasta cierto punto que los escritores de hoy quieran saltar a la fama sin mirar muy bien el compromiso que deben tener o no con sus semejantes. Ellos también tienen que comer y vivir bajo un techo y si han puesto su pasión en la escritura ¿qué otra cosa se les podría pedir? Como ven, el asunto es álgido y de interpretación compleja.

Y entrando en materia, pero sin alejarnos de este punto, les diré que yo no he podido entender porqué las grandes editoriales hoy no publican cuentos a pesar de que el cuento es el género literario más nuevo y moderno como tal, y el que mayor vitalidad tiene, por más que la novela sea el género más popular. Y lo digo, a riesgo de que mi afirmación pueda parecer inconveniente, porque contar es para la gente tan inmediato como respirar. Siempre que llegamos a casa alguien nos pregunta ¿cómo te fue? Y no lo hace solamente por cortesía. Su pregunta tiene la intención de indagar, de novelar, de escuchar un relato. La gente se comunica y lo hace valiéndose del lenguaje, (que bien mirado es un código mágico), contándose las cosas que le pasan, sus proyectos, triunfos y frustraciones. Así ha sido, es y seguirá siendo mientras el hombre sea hombre.

La disculpa de las editoriales acerca de su preferencia de publicar muchas novelas y pocos cuentos es que el cuento no se vende. Y que por eso no editan libros de cuentos, con lo cual el cuento no se vende porque no se edita y ellas se confirman que el cuento no gusta. Y así la suerte editorial del cuento no está determinada por las leyes de la literatura sino por las leyes del mercado. De manera que escribir cuentos es por ahora una quijotada, ¿pero qué le podemos hacer cuando el cuento está tan metido en nuestras venas, se ajusta de una manera tan apropiada a nuestra pasión de escribir y es un caballo de batalla tan noble?

Yo le recomiendo a todo aquel que desee iniciarse en el arte de escribir que lo haga por medio del cuento. Y no porque éste sea un género fácil; al contrario, el arte del cuento es reconocido como el más difícil de todos los géneros literarios en prosa por los grandes escritores, porque exige verdadero oficio por parte de su cultor. Los buenos cuentos son verdaderas joyas cuyos reflejos gravitan en nuestra memoria de manera inolvidable. El arte del cuento exige sensibilidad, concisión y astucia, elementos que darán gran solvencia al aprendiz. Y ningún texto pienso yo, exige tanta atención en cada palabra, en cada detalle, en cada personaje, en la ambientación, el tono. La escritura de un cuento es una verdadera lucha con la palabra. Desde luego, el aprendiz necesita un maestro que lo guíe por todos los vericuetos del lenguaje y de la magia argumental para que no se desanime en el primer intento. Pero si no tiene la fortuna de contar con uno de carne y hueso puede ir a una biblioteca, a una librería o acudir a un amigo y adquirir los libros de los grandes maestros del género, quienes mediante una lectura concienzuda y enamorada, lo ayudarán sin duda a salir del atolladero. Claro está que para ello más que interés necesita pasión.

Y valiéndome de esta palabra entraré de lleno en mí, talvez inmodestamente, porque hablar de uno casi siempre es una inmodestia, aunque en esta ocasión el orador sea yo y me toque en parte hablar de mí. Aquí entre nos, les confieso que para mí, muy controversialmente, no existe el talento, sino la pasión. ¿Cómo es eso?, se preguntarán ustedes.

Pues, sí, como oyen: la pasión. Y digo más: allí donde esta tu pasión está tu talento, está tu éxito, parodiando un poco la maravillosa sentencia de Jesús: De lo que llena tu corazón habla tu boca. Hay seres que nacen con ciertas inclinaciones y pareciera que la naturaleza o Dios, si lo prefieren, los dotó para esas inclinaciones. A eso llamo yo y ustedes conmigo, seguramente, talento. Pero déjenme decirles que yo he conocido personas dotadas de un talento excepcional que se perdieron en el vicio, que perecieron tempranamente en las redes del crimen o se desperdiciaron en la pereza porque no tuvieron el toque mágico de la pasión. García Márquez cuenta que recién llegado a México, en 1961, vivía en un apartamento y que la familia solo tenía un colchón doble, una cuna en el otro cuarto y una mesa para comer y escribir en el salón, además de dos sillas que utilizaban para todo. Cuenta que una vez llegó Álvaro Mutis y de entre los muchos libros que le llevaba separó el más pequeño y liviano y entregándoselo muerto de la risa, le dijo: “Lea esa vaina, carajo, para que aprenda”. Era Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Cuenta que aquella noche no pudo dormir hasta después de la segunda lectura y que al otro día leyó El llano en llamas con idéntica fascinación. Tiempo después se sorprendió recitando a Pedro Páramo de memoria de principio a fin. Y no solo eso: sabía en qué página de su edición sucedía tal episodio y conocía a fondo las características de cada uno de los personajes. Una memoria prodigiosa, dirán ustedes. Prodigiosa sin duda, pero al servicio de la pasión, una pasión verdadera que lo ha llevado a escribir de ocho de la mañana a dos de la tarde o más, durante décadas.

Son famosas las aseveraciones de Rainer María Rilke y William Faulkner por ejemplo, hacia quienes se interesan en el arte de escribir y ambos sin atenuantes les dicen más o menos que si escribir no les es tan indispensable como respirar, se dediquen a otros menesteres. Muy rigurosas sus exigencias sin duda, pero apuntan sin duda a la pasión. Hemingway por ejemplo, decía que el escritor debía vivir solo, preferiblemente en hoteles donde los amigos no lo encontraran, y dejarse ver nada más cuando presentara sus obras. Que debía escribir desde la mañana hasta el atardecer y que debía salir a caminar, jugar tenis o nadar para mantener sus fuerzas intactas para escribir al otro día. El mismo Faulkner escribió La paga de los soldados mientras respondía a un trabajo de 12 horas. Vargas Llosa dice que en su comienzos se sentía a años luz de los escritores reconocidos, pero que con su primer libro de cuentos pensó que ello era posible y ahora escribe unas seis horas diarias sin parar y dedica las tardes a atender otros asuntos relacionados con la literatura. Como ven, no hay talento sin pasión. O mejor la pasión es la chispa mágica que aviva al talento.

Y lo digo también, modestamente, por mí, aunque, desde luego, no pueda compararme con ninguno de los maestros que he venido mencionando. Yo tuve una infancia sin padre, sin padre terrenal quiero decir, poco feliz, muy solitaria y sin hogar. Mi madre y yo nos la pasábamos de la seca a la meca, desarraigados. Y ese desarraigo me acompañó en mi adolescencia y comenzó a estorbarme en mi juventud y aún en mi madurez. Las coordenadas de mi vida y mi autoestima se habían perdido para siempre, pensaba yo, con mi infancia nómada. Mi vida era un verdadero sumidero. No había nada que me llenara y no me definía por nada. Sin duda tenía talento, como cualquier otro muchacho, pero no me apasionaban más que las muchachas que amaba y que luego olvidaba. Suelo decir, apelando a una extraña metáfora, que los libros de mi juventud fueron los amores que escribí con pasión escarlata. Así transcurrían los años, pero poco a poco comencé a aventurarme en la literatura. De una manera un tanto descuidada. Escribía poemas y cuentos mediocres, pero me aferré a la escritura con todas mis fuerzas y ella, poco a poco le fue dando sentido a mi existencia. Y más sentido le daba mientras más rigor le ponía yo a lo que escribía. Tengo un libro de cuentos que presento hoy a ustedes y varios más sin editar. Me eligieron entre los diez finalistas del Premio Planeta de Novela 2008 que al final ganó Fernando Savater, pero tengo un invaluable tesoro: mi pasión por escribir, que me llena el corazón de compasión, que me enfrenta sin miedos a la vida, que es mi escudo y me hace cada día mejor hombre, porque la literatura para mí es el centro de mi humanidad, de mi comprensión de la Tierra y de los hombres. Ella dora las palabras con que nombro a la mujer que amo y es la luz que irradio al mundo. Es el centro de mi realización.

Pero volviendo al cuento, y ya para comenzar a centrarnos en él y a delimitarlo, digamos que en términos generales toda literatura es cuento porque toda literatura cuenta algo, sea esta un ensayo, una obra dramática, una novela, una crónica o un poema. Y voy a tratar de demostrárselos recitándoles el mejor cuento que me han echado sobre el olvido.

I

Ya no es mágico el mundo. Te han dejado. 
Ya no compartirás la clara luna 
ni los lentos jardines. Ya no hay una 
luna que no sea espejo del pasado, 

cristal de soledad, sol de agonías. 
Adiós las mutuas manos y las sienes 
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes 
la fiel memoria y los desiertos días. 

Nadie pierde (repites vanamente) 
sino lo que no tiene y no ha tenido 
nunca, pero no basta ser valiente 

para aprender el arte del olvido. 
Un símbolo, una rosa, te desgarran 
y te puede matar una guitarra. 

II 

Ya no seré feliz. Tal vez no importa. 
Hay tantas otras cosas en el mundo; 
un instante cualquiera es más profundo 
y diverso que el mar. La vida es corta 

y aunque las horas son tan largas, una 
oscura maravilla nos acecha, 
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha 
que nos libra del sol y de la luna 

y del amor. La dicha que me diste 
y me quitaste debe ser borrada; 
lo que era todo tiene que ser nada. 

Sólo que me queda el goce de estar triste, 
esa vana costumbre que me inclina 
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.

Se llama 1964 y es un poema compuesto de dos sonetos. Un poema de Jorge Luis Borges. En él, Borges nos cuenta que su mundo ya no es mágico porque el amor lo ha dejado y a continuación nos refiere íntimamente, (un poema es siempre una confidencia), lo que es su vida después de ese abandono. A mi manera de ver este poema, cualquier poema, es también un cuento, pero un cuento sin acción, a no ser que estemos hablando de los poemas homéricos o de las canciones de gesta, entre otros. Y también es un cuento Farewell un poema de Neruda:


Desde el fondo de ti, y arrodillado,
un niño triste como yo, nos mira.
 

Por esa vida que arderá en sus venas
tendrían que amarrarse nuestras vidas.
 

Por esas manos, hijas de tus manos,
tendrían que matar las manos mías.
 

Por sus ojos abiertos en la tierra
veré en los tuyos lágrimas un día.
 

Yo no lo quiero, Amada. 

Para que nada nos amarre
que no nos una nada.
 

Ni la palabra que aromó tu boca,
ni lo que no dijeron tus palabras.
 

Ni la fiesta de amor que no tuvimos,
ni tus sollozos junto a la ventana.
 

Amo el amor de los marineros
que besan y se van.
 

Dejan una promesa.
No vuelven nunca más.
 

En cada puerto una mujer espera:
los marineros besan y se van.
 

(Una noche se acuestan con la muerte
en el lecho del mar.)
 

Amo el amor que se reparte
en besos, lecho y pan.
 

Amor que puede ser eterno
y puede ser fugaz.
 

Amor que quiere libertarse
para volver a amar.
 

Amor divinizado que se acerca
Amor divinizado que se va.
 

Ya no se encantarán mis ojos en tus ojos,
ya no se endulzará junto a ti mi dolor.
 

Pero hacia donde vaya llevaré tu mirada
y hacia donde camines llevarás mi dolor.
 

Fui tuyo, fuiste mía. ¿Qué más? Juntos hicimos
un recodo en la ruta donde el amor pasó.
 

Fui tuyo, fuiste mía. Tú serás del que te ame,
del que corte en tu huerto lo que he sembrado yo.
 

Yo me voy. Estoy triste: pero siempre estoy triste.
Vengo desde tus brazos. No sé hacia dónde voy.
 

...Desde tu corazón me dice adiós un niño.
Y yo le digo adiós.

Cuentos como les digo sin acción, para no entrar en más detalles. Y les he recitado estos dos poemas con el fin de solazarnos un poco con la poesía y con el fin también de comunicarles muy claramente que al cuento del que venimos hablando, lo primero que lo caracteriza es la acción, elemento sobre el que volveré más adelante. Y hablando de las características del cuento como género literario digamos que a la acción se unen la brevedad, la tensión y la intensidad. En este orden de ideas les hablaré un poco de mi libro y de paso les leeré uno de sus cuentos.

Es este un libro que consta de 10 cuentos; de 25 páginas el más extenso y de 3 el más breve, y de un prólogo que dice así:

Todo cuento que se respete quiere perdurar. Y así, aunque sus creadores pasen, los cuentos siguen arañando el tiempo inmunes a la desintegración. Por eso puede decirse que los cuentos son una fantasía para la eternidad, siempre y cuando, claro está, a las fantasías de los hombres la eternidad les sea concedida.

Los cuentos tienen su propia respiración, su rostro y como no, sus emociones escondidas, por lo que, casi siempre, terminan disputándose el tiempo con la vida. Disputa que a veces gana la vida, que a veces ganan los cuentos y que a veces gana la muerte que aparece con su cuento sin que nadie la haya invitado.

Sin embargo, al final, vida y cuento cohabitan como buenos amantes porque el cuento se hace prolongación de la vida. Y aunque los cuentos no sean tan de carne y hueso como sus autores quisieran, hay que tener mucho cuidado con ellos, pues igual que la gitana que lee el destino en los signos de la mano, el lector cuidadoso podría encontrar en sus líneas el secreto de la vida. 

Les he leído el prólogo porque él señala una característica de la palabra, de la cual no recuerdo ahora quien dijo, es más perdurable que los monumentos y la piedra. Los diferentes textos del libro hablan del amor, el erotismo, la fantasía, los sueños y las pesadillas. Quiero comunicarles que la crítica literaria del Nuevo Herald, Adriana Herrera, dijo del cuento que da título al libro, talvez exaltada por su lectura, que tiene factura perfecta. No se los leeré porque resulta muy largo para el momento, al igual que otros que sé no les sonarían mal. Les leeré pues uno menos largo llamado ¿Adónde te llevaste anastasia mis atardeceres?

¿ADÓNDE TE LLEVASTE ANASTASIA MIS ATARDECERES?

Se diría un regalo a medio envolver en una toallita azul celeste cuando me abrió la puerta. Un regalo con el fulgor del atardecer reverberando en la miel de sus ojos tan solo para mí, al tiempo que soltaba un gritico y se tapaba con una mano los senos y con la otra los muslos, allí donde la toallita no le alcanzaba al pudor. Tenía el pelo anudado con otra toalla y olía a nardos y jazmines acabados de florecer.

-Apenas salgo de la ducha; perdoná la facha.

–No te alarmés...

Estaba en su puerta, aturdido como un adolescente, aceptándole su invitación a que estudiáramos inglés.

-Te espero a las cuatro- me había dicho.

Desde el comienzo del semestre me espantaba el sueño porque se me había metido en la cabeza que no tenía méritos para ganarle a la media universidad que la asediaba como a una Troya sin murallas, encabezada siempre por los más ricos o los más bellos, aunque nunca, estoy seguro, entregó las armas.

-Me dijiste que a las cuatro y son las cuatro y aquí estoy.

-No te preocupés. Como todo el mundo anda fuera de casa hasta mañana, me descuidé y me cogió la tarde.

Tenerla tan cerca, con esa migaja de toalla resaltándole los encantos me arrinconaba al cadalso de mis desvelos. Me ponía en una evidencia tan patética que me impedía detenerme en sus muslos y sus senos, que dormitaban como bebés la tibieza del atardecer. Para salir del trance me refugié en la obra de teatro en que actuábamos juntos.

-Majestad y Señora Mía –le dije con la voz grave que di al sacerdote egipcio, mientras le hacía una reverencia colosal.

Menos personaje y más yo, solté los perros de mis ansias para que con mis palabras ladraran todo mi amor.

-Tus pechos son los frutos de la mejor cosecha que nos ha deparado el Nilo benignísimo. Déjame palpar en ellos el sol crepuscular que los doró sin prisa.

Fui yo sin duda aunque no me reconociera, el que acercó sus manos paganas a sus frutos vírgenes, guardados con mezquindad por la toallita, y fue ella la que se arqueó como la hija del faraón para evitarlas. Sin embargo, aunque mis manos no lograron alcanzarla, el petalerío que le llevaba de regalo sí. Lo bueno o lo malo fue, que al arquearse, la toallita se levantó hasta la cima escindida de sus muslos un instante, el más fugaz de mis instantes, en el que alcancé a vislumbrar apenas, entre su pubis sombreado, la cresta sonrosada bajo la que fluyen sus ocasionales aguas amarillas.

Sentí que el sol del crepúsculo se eclipsaba en mi garganta, caía,explotaba abajo de mi ombligo y se regaba quemante por mis venas.

-Adelante Jatsubá- dijo siguiéndome el juego de la obra, inocente de mi intromisión.

Cerró la puerta y comenzó a caminar delante de mí con cadencia faraonesca. Los dioses me dieron estos ojos para que gozara sus pantorrillas embellecidas por el atardecer y sus muslos, mejor torneados que las columnas de nuestros templos, que me inspiraban no sé qué insaciable glotonería; las pantorrillas y los muslos que tenían a media universidad y hubieran podido tener a media Tebas y a medio mundo a sus pies.

Siempre egipcios bordeamos el patio de bifloras que a esa hora soporífera bostezaban un perfume solemne. La casa se entregaba como la amante más dulce al crepúsculo, que lento, anunciaba el anochecer. La seguí sin pestañear, en la inconsciencia del éxtasis. Y cuando mis ojos descendían plácidos la vertiente de su espalda, alguien que no era del todo yo ni el sacerdote de la obra, le rodeó la cintura, impelido por una excitación definitiva. Al contacto de mis manos en sus costados se dio vuelta, me devolvió una mirada trémula y se pegó a mí como empujada por el mismo Amón-Ra, nuestro creador. Entonces pude sentir el alboroto de nardos y jazmines confundiéndose con mi aliento, mientras su boca entreabierta como una rosa humedecida, me llamaba. Solté las flores, me incliné y con leve temblor sellé sus labios tibios. No sentí una música de ángeles como Evelio Patiño ni que me desbarrancaba como Hipólito Piedrahita, cada uno en su primer beso, sino que me aspiraban por un sumidero. Y su boca, negada a media universidad, poseída solo en sueños por tantos príncipes enamorados; tesoro que ella había defendido como una amazona con sus empalizadas de nácar y que ni las promesas más felices, los despechos más arrastrados, las amenazas de todos los bárbaros y los coqueteos de los babilonios habían logrado conquistar, se me entregó con un repique de campanas para que inventáramos el amor. Perdido en su boca me encontré, y nací y morí al mismo tiempo. En el frente de sus murallas blandas entregué mis defensas para que me barriera con la ola de su lengua, me adormeciera con el rocío de su aliento y me empujara inédito hasta el cielo de su paladar, mientras en el frente de su espalda desataba afanado el mayor de sus baluartes: la toallita. Pero tocaron la puerta, y con mis armas en ristre fui lanzado de sus labios a las bifloras. Me llevó a las volandas escalas arriba, me encerró en un cuarto y bajó a los trancazos. Sentí que recogía afanada las flores desperdigadas por las baldosas y abría la puerta. Una mujer le habló y entró a la casa.

–¿Cómo está, mi niña?– alcancé a oír que le dijo.

–Muy bien Clotilde, gracias. ¿Debía usted venir hoy?

Estaba incrédulo y pleno, tanto, que precisé de algún tiempo para acomodarme de nuevo en el cuerpo. Y la felicidad, que no es tan engañosa como dicen los místicos, tan quimérica como dicen los poetas ni tan pálida como dicen los filósofos, me traspasaba con alas telúricas.

El silencio de la estancia me aquietó el corazón desbocado para que pudiera esperarla sin ansiedad, tumbado en la alfombra. Poco después abrió la puerta y me llamó en voz baja, temiendo romper el silencio de cristal en la penumbra. La esperé tendido porque quería saber si tenía el mismo peso de las veces que la acaricié con los ojos sin que se diera cuenta o el de mis frustraciones sin voz cuando un nuevo galán se le acercaba a declararle su amor, pesos que cada vez, más y más lograban aplastarme. Mas, al sentirla caer sobre mí como una lluvia de pétalos, supe con certeza que me amaba. Que su boca redentora se unía de nuevo a la mía para enmendar el tiempo en que la anhelé sin esperanzas. Para devolverme mis noches insomnes, mis horas amargas. Pero ya no sentí que me perdía por un sumidero sino que me acaudalaba como un arroyo azotado por la tempestad. Y sin saciarme aún de su boca quise explorar sus senos primerizos; los senos de mis desvelos, de mis vigilias de hiel, de mis miradas furtivas, coronados por sus pezones para el niño que hay en mí, que se hincharon como dos brotes al roce de mi lengua. Entonces, creo, me concedió rozar su pubis cálido. El deseo que me encendía midió con un empuje de huracán la fortaleza de sus caderas. Ella me aguantó decidida y dejó escapar un suspiro complacido. Pero mis manos, curiosas todavía, optaron por recorrer la vertiente tibia de su espalda y la duna apretada de sus nalgas, a sabiendas de que ella solo ansiaba ser invadida como una ciudad hastiada de sus tiranos, con tanto fervor, que separó sus muslos para franquearme su umbral más secreto. Decidí pues, empujar con determinación. Ella tembló como un portón de bronce al que el primer martillazo del enemigo estremeciera hasta los cimientos, pero me incitó con un gemido retador. Y yo quería tomar sus más escondidos recintos sin renunciar a la ternura, la  fiereza o la compasión, pero sin menospreciar mis derechos de yugarla con un amor recién inventado; no como los bárbaros, que reniegan del amor y humillan a los vencidos.

Empujé de nuevo con decisión y penetré con facilidad sus primeras defensas, pero la resistencia de sus huestes más recónditas, jamás tomadas, le arrancó un estertor adolorido. Y yo quería todo, menos hacerla sufrir. Quería que su primera vez fuera recordada por ella con alegría, mucho después, en el ocaso de su vida, cuando alguna tarde soleada y lánguida le trajera algo de mí enredado en el viento, y con una escaramuza le viniera a la mente esta contienda, de la que nunca se sabrá cuál de los dos anheló más ser vencido. Por eso le oscurecí los ojos a besos, la encerré en mis brazos y le pedí perdón con mis banderas a media asta. Pero ella volvió a incitarme. Me ciñó con pasión, se pegó a mi ingle y reanimó mis labios con un estrujón desafiante. Entonces, sabiendo que la mejor de las conquistas es el goce de los vencidos, apunté mi gruesa falange hacia su umbral secreto y con enviones suaves pero firmes di comienzo a la tarea de vencer sus bastiones intactos. Ella padecía mis ataques con gozosa urgencia de que derrotara de una vez su último baluarte. En esa brega se me deshizo el tiempo porque quería ser gentil y tierno y fiero, pero sin descuidar su condición real, como lo harían los bárbaros. Y cuando el placer casi me catapultaba las entrañas, sus velos se rasgaron. Y me fui por sus profundidades candentes y abrí con lenta fruición el entramado de su doncellez abrumado de contracciones frenéticas. Entonces abandoné sus pechos para retornar a su boca y rubricar mi conquista. Mas, cuando volaba ciego por las brumas de su aliento, coincidimos en un estertor espasmódico que nos arrastró por un tremedal de pirotecnia hacia la cima del éxtasis. Y al fin, con un barrido visceral, vacié sobre su intimidad roja mis provisiones de leche y de sal.

Después yacimos sin fuerzas sobre la alfombra, en un tibio disfrute, durante el lento anochecer. Y fuimos canción, retazo de noche, luna que espía en el silencio. Y con nuevos besos di ojos a mis labios ciegos para que vieran sus formas desnudas vueltas a vestir por la penumbra. Ya, creo, nos habíamos dormido abrazados.

Me despertó la luz de la bombilla. Estaba sobre mí y por primera vez vi los pliegues de su piel, sus poros, el ámbar de sus ojos, sus cejas sedosas, sus pómulos brevemente hinchados, su nariz frágil y su boca sonrosada, sonriéndome. Y entendí que era el cielo sobre mí. Pero no el cielo azul que el Nilo refleja en su curso sinuoso, sino el cielo en que esperan luz nuestras ilusiones más caras, el que Amón-Ra, todos los dioses y Dios, han puesto en el centro de nuestra esperanza más tórrida.

Muchas tardes transcurrieron mientras nuestra pasión se agigantaba en medio de la cómplice lid y los armisticios innecesarios. Pero eso, lo confieso, ya pasó. Y ella que fue mi primer amor, es ahora mi primer olvido. Atroz e insuperable. Talvez por eso no puedo dejar de preguntarme: ¿adónde te llevaste Anastasia mis atardeceres?

Como dice Mempo Giardinelli, escritor y periodista argentino,

el cuento es un género indefinible, porque si se lo define se lo encorseta, se lo endurece. Prefiero pensar al cuento como un camino que se hace sin cesar, una acción perpetua de los seres humanos. No en vano toda la Historia de la Humanidad es una narración, primero oral, luego escrita. Y dice además: el Maestro Edmundo Valadés enseñaba que "el cuento escapa a prefiguraciones teóricas, pero su única inmutable característica es la brevedad". Y a ella habría que agregar singularidad temática, tensión e intensidad.

Dicen los maestros del género que en el cuento la primera frase debe prefigurar a la última porque todo en su estructura tiene un único fin: llevar al lector poco a poco, utilizando los medios que se necesiten para que no se distraiga, para que se olvide del mundo y de sí mismo, hasta ese punto en el que el conflicto hace eclosión. Y yo diría, y ustedes me perdonan si la comparación es un poco escabrosa, que la trama y la composición del cuento ideal semejarían a la mecha que encendida se consume velozmente en busca de la pólvora, la explosión del conflicto. En este orden de ideas Cortázar tiene una afortunada analogía, quizás la más afortunada. Él sostiene que la el cuento se gana por knockout y la novela por puntos. Pero hablando de primeras oraciones o de comienzos de cuentos, yo les voy a leer uno memorable de Juan Rulfo en El llano en llamas:

-¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.

-No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.

-Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.

-No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.

-Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.

-No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.

-Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.

Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:

-No.

Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.

Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:

-Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?

-La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.

Olvidaba decir que otra de las cualidades del buen cuento es la tensión y que esta es mantenida por la intensidad que el autor quiera imprimir a su historia. Hay intensidades a flor de piel y hay intensidades a la manera de Hemingway, quien mantenía la teoría del iceberg. El relato debe ser como un iceberg, decía. El autor solo debe mostrar la punta, pero la fuerza, la gran masa subyace en el agua, está oculta y arrastra la parte visible. Esta técnica fue aplicada por Hemingway en muchos de sus relatos pero sobre todo en Los asesinos El viejo y el mar. Me viene a la mente un cuento para mí inolvidable: Encender una hoguera de Jack London. Casi desde el comienzo el personaje, por ignorancia, se ve enfrentado a la nieve. El autor va contando, de manera lenta diría yo, la aventura de su personaje, pero por sutiles señales uno como lector sospecha que el personaje, que podría salvarse, va morir. Y a partir de ese momento todo el relato se va desenvolviendo dentro de la trama visible que muestra el autor y la otra que no se cuenta pero que es una constante amenaza en creciente tensión. Así pues, lo más importante no se cuenta. Otro cuento inolvidable pero que al contrario de Encender una hoguera transcurre en una atmósfera casi anodina que ha venido propiciando otra subterránea que de pronto nos revela una situación insospechada, es La autopista del sur de Cortázar.Aquí todo transcurre en una cotidianidad casi aburrida, pero de pronto esa situación cobra una fuerza emotiva y envuelve el final del cuento en una nostálgica despedida.

Algunos autores, entre los que destaca Julio Cortázar, buscan el final sorpresa para sus cuentos, técnica que los hace la mayoría de las veces, memorables. Ahora quiero leerles una pequeña joya con un final maravilloso. Se llama Episodio del enemigo y es, para variar, de Jorge Luis Borges.

Tantos años huyendo y esperando y ahora el enemigo estaba en mi casa. Desde la ventana lo vi subir penosamente por el áspero camino del cerro. Se ayudaba con el bastón que en sus viejas manos no podía ser un arma sino un báculo. Me costó percibir lo que esperaba: el débil golpe contra la puerta. Miré, no sin nostalgia, mis manuscritos, el borrador a medio concluir y el tratado de Artemidoro sobre los sueños, libro un tanto anómalo ahí, ya que no sé griego. Otro día perdido, pensé. Tuve que forcejear con la llave. Temí que el hombre se desplomara, pero dió unos pasos inciertos, soltó el bastón, que no volví a ver, y cayó en mi cama, rendido. Mi ansiedad lo había imaginado muchas veces, pero sólo entonces noté que se parecía, de un modo casi fraternal, al último retrato de Lincoln. Serían las cuatro de la tarde. Me incliné sobre él para que me oyera.

-Uno cree que los años pasan para uno -le dije-, pero pasan también para los demás. Aquí nos encontramos al fin y lo que antes ocurrió no tiene sentido.

Mientras yo hablaba, se había desabrochado el sobretodo. La mano derecha estaba en el bolsillo del saco. Algo me señalaba y yo sentí que era un revólver. Entonces me dijo con voz firme:

-Para entrar en su casa, he recurrido a la compasión. Lo tengo ahora a mi merced y no soy misericordioso.

Ensayé unas palabras. No soy un hombre fuerte y sólo las palabras podían salvarme. Atiné a decir:

-En verdad que hace tiempo maltraté a un niño, pero usted ya no es ese niño ni yo aquel insensato. Además, la venganza no es menos vanidosa y ridícula que el perdón.

-Precisamente porque ya no soy aquel niño -me replicó- tengo que matarlo. No se trata de una venganza, sino de un acto de justicia. Sus argumentos, Borges, son meras estratagemas de su terror para que no lo mate. Usted ya no puede hacer nada.

-Puedo hacer una cosa -le contesté.

-¿Cuál? -me preguntó-

Despertarme.

Y así lo hice.

No en vano algunos autores buscan un final sorprendente, maravilloso o memorable. El cuento es una estructura cerrada en la que hay que cuidar tanto el comienzo como el final. …pocas cosas hay tan fáciles de echar a perder como un cuento. Diez líneas de exceso y el cuento se empobrece; tantas de menos y el cuento se vuelve una anécdota y nada más odioso que las anécdotas demasiado visibles, escritas o conversadas, decía el guatemalteco Augusto Monterroso, maestro del microrrelato. No obstante, el cuento, como toda manifestación artística, es una materia que a veces escapa a las reglas.

Aunque hacer una historiografía del cuento rebasa el tiempo de esta exposición, voy a dedicar algunos minutos a un breve recuento histórico de su presencia en la literatura y de su definición como género.

Más allá de cualquier elaboración crítica es fácil concluir que antes de la escritura el cuento estuvo muy cercano al mito. Las hordas, seguramente, gustaban de arrimarse al fuego para escuchar cómo sus cazadores más veteranos habían enfrentado a las fieras o a sus presas. Y no es difícil suponer tampoco que aquellos hombres se convirtieran en leyendas, alimentadas, bien por la imaginación de sus descendientes o bien porque a sus hazañas se atribuyera la ayuda de seres sobrenaturales, duendes, ninfas o dioses que los auxiliaban en sus aventuras más arriesgadas. Y así talvez, de entre todas aquellas gentes, de la misma manera que surgió el brujo, el chamán o el sacerdote, surgió el contador, el rapsoda, el aedo, el bardo. Y de esa manera el cuento, vale decir el relato, se convertía en la crónica que resaltaba lo mejor, lo más noble y destacado de cada pueblo o tribu o reino y plasmaba su esencia o idiosincrasia en sus dioses y héroes.

El cuento es, pues, una de las más antiguas formas de literatura popular oral, forma que sigue viva por medio de los cuentos folclóricos, regionales y tradicionales.

Pueden considerarse como cuentos algunos apartes de los textos sagrados de la antigua India y algunos pasajes de la biblia si bien están enmarcados dentro de textos más extensos con una intención muy concreta. Pero es hasta el siglo XIV, con el Decamerón, de Boccaccio que el cuento empieza a esbozar su personalidad moderna.

De ahí en adelante la lista comienza a agrandarse. En 1704, el orientalista francés Antoine Galland publica el primero de los seis tomos de Las mil y una noches, presumiblemente obra de muchos autores anónimos, y cuyos numerosos cuentos de atmósfera oriental maravillaron a Europa y nos siguen maravillando hoy. Chaucer con Los cuentos de Canterbury; La Fontaine con sus Contes; Perrault, con sus Cuentos de mi madre la gansa y Voltaire con Cándido, Zadig, Micromegas, entre otros, aumentan la lista. Y aparece el romanticismo con autores tan monumentales como Hoffman, Poe y Hans Cristian Andersen, que darían al cuento mayor claridad como relato breve y de ficción.

Pero en la segunda mitad del siglo XIX el cuento adquiere una innegable popularidad como género literario, perfectamente diferenciable de la fábula o la novela a través de Anton Chéjov, prolífico cuentista ruso, gran cultor del diálogo dentro del género, cuyas obras, pequeñas joyas, además de ilustrar las costumbres y personajes de su tiempo, dieron al cuento frescura y un aire de ironía como ningún cuentista, ¿o se podría decir cuenticultor?, lo había hecho antes. Contemporáneo a él, en Francia, aparece Guy de Maupassant, otro prodigio del cuento y de una productividad admirable. Escribió más de 300 cuentos, aunque murió a los 42 años, tan joven como Chéjov, que murió a los 44. Así pues, a comienzos del siglo XX, el cuento ya tenía su “cuento” bien estructurado.

A propósito de lo anterior, el crítico Arturo Molina García sostiene que antes del siglo XIX el cuento se manejaba sin plena consciencia de su importancia como género con personalidad propia. Era un género menor del que no se sospechaban las posibilidades de belleza, emoción y humanidad que podía contener su brevedad.

A los nombres anteriores habría que sumar los de Alphonse Daudet, Stevenson, Jack London, Faulkner, Flannery O´Conor, Hemingway, Kafka, Kipling, Wilde, Lewis Carrol, Cela, Aldecoa, etc.

La historia del cuento en América Latina, sería tema para otra charla u otras charlas, pues tenemos en nuestro subcontinente muchos nombres que seguro ustedes conocen hasta la saciedad, entre los cuales se destacan Cortázar, Borges, Oneti, Quiroga, Gimaraes Rosa, Vargas Llosa, García Márquez, Bosh, Rulfo, Fuentes, etc., cuyas obras sería una delicia comentar.

Habiendo entrado en firme en el terreno del cuento podría leerles algunas piezas magistrales, de las que hay bastantes, pero dada la escasez de tiempo les leeré un cuento espectacular y digno de figurar en cualquier antología. Este cuento, con La pata de mono de W. W. Jacobs; Bola de sebo, de Guy de Maupassant; El Aleph, de Borges; Encender una hoguera, de Jack London; la Autopista del sur, de Cortázar y Diles que no me maten, de Rulfo, entre otros, forman parte de mis favoritos y son de obligatoria relectura para mí. Se llama A la deriva y es de Horacio Quiroga:

El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.

El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.

El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.

El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.

Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.

-¡Dorotea! -alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña1!

Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.

-¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo-. ¡Dame caña!

-¡Pero es caña, Paulino! -protestó la mujer, espantada.

-¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!

La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.

-Bueno; esto se pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.

Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.

Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.

El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de sangre esta vez- dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.

La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el

bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.

La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.

-¡Alves! -gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.

-¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.

El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.

El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.

El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.

El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.

¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.

Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.

De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.

¿Qué sería? Y la respiración...

Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves...

El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.

-Un jueves...

Y cesó de respirar.

He querido hablarles del cuento como género literario y leerles algunos cuentos a la vez que lo hacía. Muchos aspectos de este apasionante tema han quedado en el tintero. De todas maneras espero haber logrado mi cometido: despertar en ustedes la curiosidad por leer más y más cuentos y más allá de eso por escribirlos, dándoles los nombres de los maestros y los de algunos cuentos famosos, porque dentro del cuento se encuentran piezas literarias de una nobleza enorme. Como dice Flannery O´conor, y digo dice, porque su palabra sigue viva, un cuento compromete, de un modo dramático, el misterio de la personalidad humana. Un cuento es bueno cuando ustedes pueden seguir viendo más y más cosas en él, y cuando, pese a todo, sigue escapándose de uno. O como dice Mempo Giardinelli: El destino de un cuento, como si fuera una flecha, es producir un impacto en el lector. Cuando más cerca del corazón del lector se clave, mejor será el cuento.

Para finalizar, quiero referirme muy brevemente al microrrelato, que forcejea por independizarse del cuento. Este subgénero (ignoro qué tan acertado sea denominarlo de esa manera) tiene muchos detractores, aunque sus cultores y defensores lo denominan el género literario del siglo XXI, dada su capacidad de síntesis, que va muy en concordancia con las prisas del hombre de estos tiempos, y porque hace de la brevedad, el ingenio, la ironía, el sarcasmo y la imaginación, recursos poco explorados por la literatura hasta hoy. Hay que decir sin embargo, que tiene aún muchos problemas como género, entre los que se encuentra su exigencia de lectores curtidos porque muchas veces el texto aparece como una insinuación que deja a la imaginación del lector la elaboración de la historia. Pondré varios ejemplos. Augusto Monterroso escribió El Dinosaurio, considerado hasta hace poco el cuento más breve del mundo. Dice así: Cuando despertó, el dinosaurio aún estaba ahí. Cualquiera de ustedes me dirá que ese texto no es un cuento. Pero visto con lupa sí es un cuento. Miren ustedes: transcurre en el tiempo mediante una acción, tiene dos personajes por lo menos: el soñador y el dinosaurio, tiene trama y argumento, tiene intensidad y tensión, un comienzo y un final, sorprendente además. De manera que sí es un cuento que deja a la imaginación del lector sus antes y sus después. Pero algunos cultores del microrrelato quieren llevar la cosa más lejos. Y dicen que más breve que el texto de Monterroso es este texto atribuido a Hemingway: Vendo zapatos de bebé, sin usar, queconsta de seis palabras. Y hay otro de Luis Felipe G. Lomelí llamado El emigrante. Es un diálogo:

-¿Olvida usted algo?

-Ojalá.

Yo añadiría a ellos uno que los gramáticos ponen siempre de ejemplo cuando hablan de la oración: llueve. Y mi microrrelato se llamaría así Llueve, con lo que llevaríamos el sentido del relato a su mínima expresión, diría yo. Y también podría atribuirme otro: Agonizo. De todas maneras lo dejo ahí para que se abra el debate porque el microrrelato es para mí tan respetable como el cuento o como cualquier género literario, siempre y cuando no pretenda abusar de la brevedad, del ingenio o la imaginación y no termine en una simple anécdota. Me parece muy prometedor en el sentido de que desabrocha el lenguaje y puede llevar sus sentidos a grados insospechados.

Son reconocidos cultores del microrrelato Borges, Cortázar, Arreola, García Márquez, Monterroso y Marco Denevi. Y para terminar quiero leerles algunos microrrelatos.

DELIRIO 

Y ahora, mi sombra me ha creído su sombra.

Maribel Pumarejo Olivella

Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu.

Chuang Tzu

LA SENTENCIA 

Aquella noche, en la hora de la rata, el emperador soñó que había salido de su palacio y que en la oscuridad caminaba por el jardín, bajo los árboles en flor. Algo se arrodilló a sus pies y le pidió amparo. El emperador accedió; el suplicante dijo que era un dragón y que los astros le habían revelado que al día siguiente, antes de la caída de la noche, Wei Cheng, ministro del Emperador, le cortaría la cabeza. En el sueño, el emperador juró protegerlo.

Al despertarse, el emperador preguntó por Wei Cheng. Le dijeron que no estaba en el palacio; el emperador lo mandó a buscar y lo tuvo atareado el día entero, para que no matara al dragón y hacia el atardecer le propuso que jugaran al ajedrez. La partida era larga, el ministro estaba cansado y se quedó dormido.

Un estruendo conmovió la tierra. Poco después irrumpieron dos capitanes, que traían una inmensa cabeza de dragón empapada en sangre. La arrojaron a los pies del emperador y gritaron: Cayó del cielo.

Wei Cheng, que había despertado, la miró con perplejidad y observó: Qué raro, yo soñé que mataba a un dragón así.

Wu Ch’ eng-en

APUNTES PARA SER LEÍDOS POR LOBOS 

El lobo, aparte de su orgullosa altivez, es inteligente, un ser sensible y hermoso con mala fama, acusaciones y calumnias que tienen que ver más con el temor y la envidia que con la realidad.Y observa al humano: le parece abominable, lleno de maldad, cruel. Tanto así que suele utilizar proverbios tales como: “Está oscuro como boca de hombre”, para señalar algún peligro, o “El lobo es el hombre del lobo”, cuando este animal llega a ciertos excesos de fiereza semejante a la humana.

René Avilés Fabila

¿DÓNDE? 

Una jaula fue en busca de un pájaro.

Franz Kafka

CUERPOS

No olvide usted, señora, la noche en que nuestras almas lucharon cuerpo a cuerpo.

Juan José Arreola

EL PARAÍSO IMPERFECTO

–Es cierto –dijo melancólicamente el hombre, sin quitar la vista de las llamas que ardían en la chimenea aquella noche de invierno–. En el paraíso hay amigos, música, algunos libros. Lo único malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve.

Augusto Monterroso

INSTRUCCIONES PARA LLORAR

Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente.

Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.

Julio Cortázar

EL PRECURSOR DE CERVANTES

Vivía en El Toboso una moza llamada Aldonza Lorenzo, hija de Lorenzo Corchelo, sastre, y de su mujer Francisca Nogales. Como hubiese leído numerosísimas novelas de estas de caballería, acabó perdiendo la razón. Se hacía llamar doña Dulcinea del Toboso, mandaba que en su presencia las gentes se arrodillasen, la tratasen de Su Grandeza y le besasen la mano. Se creía joven y hermosa, aunque tenía no menos de treinta años y las señales de la viruela en la cara. También inventó un galán, al que dio el nombre de don Quijote de la Mancha. Decía que don Quijote había partido hacia lejanos reinos en busca de aventuras, lances y peligros, al modo de Amadís de Gaula y Tirante el Blanco. Se pasaba todo el día asomada a la ventana de su casa, esperando la vuelta de su enamorado.

Un hidalgüelo de los alrededores, que la amaba, pensó hacerse pasar por don Quijote. Vistió una vieja armadura, montó en un rocín y salió a los caminos a repetir las hazañas del imaginario caballero. Cuando, seguro del éxito de su ardid, volvió al Toboso, Aldonza Lorenzo había muerto de tercianas.

Marco Denevi

LOS TIEMPOS CAMBIAN

Cuando tenía quince años y estaba locamente enamorada, consiguió un hechizo garantizado –un ligue, como dicen– para que su hombre no la abandonara nunca. Sí, era el hombre de su vida, no había ningún hombre como él. Hoy, 30 años después, está buscando en vano, con desesperación, alguien que deshaga el embrujo.

Carmen Cecilia Suárez

Y este último, sin título:

…el drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida.

Gabriel García Márquez

Muchas gracias señoras y señores, y muy buenas noches.

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