José Díaz Díaz

SOBRE EL AUTOR

Siempre que me aboco a escribir unas líneas autobiográficas, son más las preguntas que. Ver más

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José Díaz Díaz

La perturbadora herencia de Roberto Bolaño destacados

Viernes, 17 Abril 2015 00:00

Pueden ser varias las claves para tratar de  comprender el universo literario del escritor chileno Roberto Bolaño (1953-2003), convertido en verdadero mito postmoderno de la narrativa escrita en Latinoamérica.

Yo prefiero guiarme por los guiños que los elementos de la metaliteratura nos proporcionan, tales como los discursos fragmentarios característicos de sus novelas y relatos, en donde lo autorreferencial y las anécdotas se convierten en un medio de reflexión sobre la identidad del autor, de su mundo literario y de su entorno social. A partir del seguimiento de esas señales recurrentes nos vamos a topar con dos grandes temas: la reivindicación de la memoria histórica y el diagnóstico del emigrante, exiliado y viajero perpetuo.

            “A veces, la patria de un escritor no es su gente sino su memoria”, explica Bolaño en su discurso de Caracas en 1999, al recibir el premio Rómulo Gallegos por su novela Los Detectives salvajes (1998). La recuperación de la memoria social adquiere especial relevancia en la narrativa que se escribe a finales del siglo XX y comienzos del XXI, dada la tendencia al “borrón y cuenta nueva” que las historias oficiales tratan de imponer. En contraposición, la literatura se ocupa de evitar el olvido de las trágicas y malévolas experiencias de la humanidad en esos lapsos. Pensemos nomás en las dos guerras mundiales, en los campos de concentración nazis de Auschwitz, en el estalinismo borrando a veinte millones de personas; pensemos en las dictaduras de España, Argentina, Chile, Nicaragua, Cuba, etc. tratando de hacer olvidar sus atrocidades. Pensemos en Los asesinatos bárbaros de la plaza de Tlatelolco (1968) y en el sinnúmero de crímenes de mujeres en ciudad Juárez, en México, temas relevantes en Los detectives Salvajes y en  2666, respectivamente.

La novela póstuma de Bolaño llamada curiosamente 2666 (sugiriendo rasgos orwellianos de su novela 1984, o aires de la novela underground de Murakami llamada 1Q84), apunta a consolidar símbolos sobre el incierto futuro de la humanidad y sobre la maldad que pareciera corroer la conciencia del hombre actual. Publicada en el 2004,  en sus cinco partes y más de mil cien páginas, recoge y transpira ese mundo de desasosiego, turbador e inasible donde el argumento es convertido en rasgos y secuencias de historias entrecruzadas y mutiladas que nos empañan la conciencia al mismo tiempo que nos recuerdan con trazos de dolor e incertidumbre la historia de Europa y América del siglo que termina.

Bolaño se jugó el todo por el todo en esta obra que nos legó como parte de su herencia y que apenas se está comenzando a leer en los países hispanoamericanos. En Estados Unidos ya fue reconocida por el Círculo Nacional de Críticos (NBCC) como la mejor novela de ficción del  2008. Jorge Volpi se refiere en un artículo reciente sobre la obra en cuestión, de la siguiente manera:

Bolaño sabía como lo sabía Nietzsche, que su obra fue escrita con la certeza de que sería póstuma; porque lectores,  escritores y críticos apenas han comenzado a saquear sus cavernas, a remover sus arenas, a desbrozar sus tierras, a desecar sus marasmos, a civilizar sus selvas, a alimentar a sus fieras, a clasificar a sus artrópodos, a vacunarse contra sus plagas, a resistir sus venenos. Porque, como su título anuncia, “2666” fue escrita como una bomba de tiempo destinada a estallar, con toda su fuerza, en 2666.

Otro de los legados que Roberto Bolaño nos deja es, como ya indiqué, el de indagar en la conciencia del hombre actual para tratar de configurarle su rostro, a partir de los propios datos biográficos del autor. Del itinerario de sus recorridos por México, Europa y España, Bolaño extrae la materia prima de su narrativa. De este modo el carácter biográfico, velado, ya sea por la utilización de álter ego (Arturo Belano), o de escenarios reales con nombres ficticios tales como Santa Teresa trasunto de Ciudad Juárez. La mezcla de la ficción con la historia; la utilización de la intertexto, del dato, de la anécdota real, de la visión surrealista de sucesos y acontecimientos (infrarrealista, como el movimiento poético que creó), nos lleva a concluir que el edificio de un universo literario bien se puede construir con los retazos de sus andanzas por este mundo alucinante y contradictorio.

            Huyendo de Chile, Bolaño se mantiene en Chile. Así lo afirma Rodrigo Pinto cuando dice que junto a ese esfuerzo identitario, la narrativa de Bolaño presenta una crítica política consistente en la recuperación del pasado: desde la matanza de Tlatelolco a las torturas del Chile de Pinochet, pasando por la explotación de los inmigrantes ilegales en el Ampurdán de la costa de Barcelona. Los personajes de Bolaño están siempre en movimiento, huyen de dictaduras y de persecuciones políticas, de enigmas inexplicados y de misteriosos designios. Buscan un lugar en donde sobrevivir, aunque sea en un urinario. Es “la desgarradora búsqueda de una generación, la suya, que ha estado buscando en el vacío, y que en un país sin futuro, sólo parece encontrar  respuesta en un pasado ya perdido”.

Otras veces el desplazamiento es en busca de un mito, como el de la poeta Cesárea Tinarejo, en Los detectives salvajes, y esos mitos son útiles  para acabar con ellos o para reevaluarlos. Pero siempre hay un pasado detrás, un pasado que dejan o que los persigue. Y ese pasado es fuente de identidad, aunque los mitos de identidad se han convertido en fuentes de ironía en la narrativa de los últimos años, en un tiempo en que los mitos del pasado ya no parecen tener cabida como consecuencia de una globalización que rompe con el paradigma de lo nacional a favor de un modelo postnacional.Lo patéticamente paradógico es que esa búsqueda de identidad personal y universal — que es lo que hace a la obra de Bolaño importante y trascendente— culmina en mostrar un vaporoso estar de la ausencia, el vacío de valores, y el desastrado espíritu de una época pobre de espíritu. El mismísimo escritor Roberto Bolaño ya no es ni chileno ni mexicano ni español. Evade todo nacionalismo a la vez que impulsa su ideal de la nueva narrativa latinoamericana: lo transnacional. Y en esa búsqueda creó una tendencia que pone fin al “macondismo”y al estilo del realismo mágico, que gracias al boom literario de los años setenta se impuso como modelo a seguir por los autores noveles y avezados y se erigió como imagen y libreto por más de cincuenta años.

A mi modo de ver, el testamento literario de Bolaño contiene muchos numerales e incisos, todos de una importancia de primer orden. Otro será el momento de continuar puntualizando sobre ellos. Por ahora, me conformo con saber que nos encontramos ante la presencia-ausente del escritor más controvertido de las últimas décadas y, no por su corpus narrativo, que es de indudable calidad, sino más bien por su actitud contestataria que lo llevó por igual a  arremeter contra las vacas sagradas de la literatura y contra la mediocridad de los “escribidores” de bestsellers.

            Ahora nos estamos acostumbrando a sacudirnos de la lectura de discursos redentores para disponernos a enfrentarnos —como lectores desvalidos— a la narrativa de este grande de las letras, estigmatizado con el mote de “escritor maldito”. Preparémonos para leer novelas carentes de cuentico o argumento, y a enfrentarnos a un texto en donde la historia, apuntalada solo en un Lenguaje de naufragio y sobrevivencia, se construye como una red monstruosa e inasible apenas enhebrada con boronas de vida y de vacío existencial.

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