La mímesis en la literatura latinoamericana y el compromiso con la realidad destacados

Domingo, 19 Abril 2015 00:00

En el libro que reúne cuatro novelas del escritor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, La imitación de Guatemala, (Alfaguara, 2013), llama la atención el título que escoge el escritor para su selección porque esta apunta directamente a la mímesis de la realidad latinoamericana. Es un pretexto que invita a la reflexión sobre la esencia de la literatura latinoamericana con respecto a la de Europa o Estados Unidos, tan dadas a la fórmula del bestseller donde los conflictos son un retrato efectivo que capta el interés de los lectores ávidos de aventuras.

            Para el escritor latinoamericano la obra literaria es una reflexión sobre la realidad, sobre los conflictos que afectan al Estado, a las personas. Los problemas se abordan en toda su profundidad histórica y social, no hay una fórmula porque la realidad misma abunda en temas, en situaciones aparentemente irresolubles, en crisis de carácter social y psicológico que son captadas con intensidad por nuestros escritores para mostrar los Estados en contra de sí mismos.

En las cuatro novelas de Rey Rosa se habla de un país en caos, de personajes desprotegidos dejados a la merced de la incertidumbre. En ellas la inseguridad es producto de la corrupción y esta se ha convertido en un modus operandi donde todos entran a formar parte como movidos por los hilos invisibles del deterioro social y moral; la ley es manejada a su antojo y acomodo por los “abogansters”, la policía secreta, los dirigentes políticos, los ricos y los desheredados. Al lector le queda difícil sentir empatía por personajes llenos de cinismo cuyo discurso siempre oculta los intereses personales y la profunda y egoísta desvinculación social.

De hecho, el existencialismo latinoamericano tan alejado de las teorías metafísicas y las disquisiciones filosóficas intrincadas, se basa en la constatación constante y diaria y directa e inapelable de la presencia de la muerte, de su riesgo inminente, de que nadie está exento de sufrir la violencia criminal, política o mental que acaba no solo con la vida, sino con el orgullo, con el amor, con la salud física y mental, y pone a todos a vivir en medio de la paranoia de ser escuchados, de ser perseguidos, de la escases, del desempleo, de la pobreza, o peor, la miseria; porque la realidad palpable no muestra un futuro, solo el presente de la desolación, y el pasado es un in fin de crisis que llevan a otras tantas donde el ser nacional se pierde sin identidad precisa, sin hallazgos esenciales, sin voz.

Los escritores entonces se convierten en la voz y los ojos y la conciencia crítica que trata de organizar y poner en perspectiva los problemas sociales, muchos de ellos buscan en esta denuncia tácita o abierta mostrar lo que son, de dónde vienen, por qué tuvieron que salir de sus países para mostrar su origen desde la distancia. Y no porque como en los años 70, 80 o aún 90, constituya la palabra un peligro para sus vidas, ni porque a través del discurso literario se mueva a un conglomerado a luchas por un sueño de mejora social y de inclusión política, eso ha quedado atrás, sino porque queda latente el compromiso del escritor con la verdad, su papel de portavoz social, su rol de cronista de la realidad, porque él es testigo y protagonista a la vez, de allí el inevitable rasgo autobiográfico donde el autor se refleja porque se mira a sí mismo y a su tiempo.

La literatura latinoamericana de la modernidad y de la postmodernidad es escrita por la generación de la utopía, por aquellos que creyeron que el cambio era posible e inminente, pero que comprobaron en carne propia, vieron en vivo y en directo que este era un sueño irrealizable y se estrellaron contra la encrucijada de sus propios ideales que no estaban en consonancia con una realidad manipulada por intereses, ya no se diga meramente nacionales, sino internacionales, esta es la misma generación del desencanto cuya literatura recurre a la ironía, a la estética de la desilusión, para mostrarnos hasta qué punto el error humano y las ansias de poder económico y político nos sigue llevando al silencio, al miedo, al conformismo, a la lucha interminable de clases, al consumismo y a la muerte existencial.

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