Janiel H Pemberty

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Toda biografía, por mínima que sea, es en cierto modo una confesión. Ver más aqui

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Janiel H Pemberty

Inteligencia precaria o estupidez (II): Las abrumadoras dimensiones de nuestra codicia destacados

Viernes, 05 Junio 2015 00:00

León Tolstoi escribió de manera magistral, ¿Cuánta tierra necesita un hombre?, la historia de Pahom, un campesino que podía comprar por mil rublos toda la tierra que alcanzara a delimitar en un día, caminando desde cuando el sol aparece en el oriente hasta que desaparece en el occidente. Pahom abarcó una gran extensión de tierra fértil hasta el mediodía, pero el sol empezó a decaer muy pronto para sus anhelos, y tarde ya, se dio cuenta de que su ambición lo había llevado demasiado lejos del punto de partida.

Además, el cansancio comenzó a debilitarlo y aunque alcanzó a llegar con enorme esfuerzo al sitio de origen antes del sol ocultarse, estaba tan agotado que cayó muerto. El último párrafo de la historia no puede ser más ilustrativo: “Su criado empuñó la azada y cavó una tumba para Pahom, y allí lo sepultó. Dos metros de la cabeza a los pies era todo lo que necesitaba”.

A todos los maravillosos dones que nos adornan como especie yo me atrevo a oponer apenas una de nuestras debilidades: la codicia. Y la traigo a colación porque ella se los traga a todos como un agujero negro y porque de paso pone en evidencia nuestra estupidez.

Acaso porque en la más temprana infancia nos apura un ansia urgente de apropiarnos del mundo para aminorar su hostilidad hacia nosotros y poder así reconocernos dentro de él, o porque acaparamos cuanto objeto pueda servirnos para satisfacer nuestro anhelo lúdico, y esas apetencias permanecen como huellas indelebles en nuestra psiquis, la codicia es tan definitiva en la personalidad humana adulta. Bueno, no tan definitiva, porque los diccionarios la definen como un ansia desmedida por la adquisición de bienes y riquezas y ese rasgo de la personalidad no es universal en la humanidad como especie. Digamos entonces que al parecer queda como una huella mnémica muy propensa a activarse con estímulos externos. Debe ser por eso que la codicia es tan antigua como el hombre y desde tiempos inmemoriales reyes y sacerdotes procuraron no despertarla en sus súbditos ocultándoles sus tesoros, pues sabían ya que el hombre entre más tiene más quiere tener, pues quien tiene 100 mil quiere 200 mil; quien tiene 200 mil quiere un millón; quien tiene un millón quiere cien millones y así hasta el infinito.

El caso es que aquella ansia infantil, ahora huella indeleble en el psiquismo, es reforzada en el mundo del adulto por la necesidad de apaciguar sus demandas de supervivencia más inmediatas. Pero eso no es todo. En su afán de no fracasar hacia el futuro, en su afán de proveerse sin ningún riesgo, de ese apaciguamiento suelen pegarse la codicia y tras ella la insensatez. Así enunciado, el asunto es a primera vista un desatino y un insulto a nuestra inteligencia, pensará usted. Pero permítame ahondar en esta idea. Además, a la satisfacción de esas demandas o necesidades básicas se van sumando las creadas por el desarrollo histórico, surgidas todas del afán de mejorar y hacer más confortable nuestra efímera vida, pues si es tan efímera que por lo menos sea feliz. Y dentro de esas necesidades creadas podríamos poner el ejemplo del uso del automóvil en las ciudades donde el servicio de transporte público es deficiente.

Para empezar a dilucidar mi desatino hagámonos una pregunta: ¿Cuáles son en realidad las necesidades de los seres humanos si tenemos en cuenta que cada uno de ellos es un mundo particular? ¿Y en cuál orden deberían ponerse alimento, salud, familia, dinero, amor, libertad, educación, creatividad, recreación, expresión, éxito, reconocimiento? El problema de los seres humanos es que somos únicos e irrepetibles y por eso no podemos ser medidos con la misma vara. Ojalá una regla pudiera satisfacer todas nuestras ansias porque así la especie sería menos complicada… aunque terriblemente aburrida. Y justo ahí comienza el lío. Con el fin de satisfacer todas las múltiples demandas individuales y sociales se crean sistemas, el hombre crea sistemas, en un comienzo tendencias históricas que con el tiempo devienen en modelos: Sistemas religiosos, educativos, jurídicos, económicos, políticos e ideológicos por no decir etcétera. No obstante, en virtud de las complejas tendencias humanas, existe una inevitable contradicción entre la intencionalidad que crea esos sistemas y su resultado final, porque en la medida en que se afianzan en las sociedades, esos sistemas terminan coaccionando al hombre en su personalidad, su conducta y su despliegue social. Y es así como, desde que nacemos, la familia nos da un abrigo corporal y la sociedad un abrigo ideológico y mental. A medida que crecemos y entendemos el mundo poco cuestionamos nuestras acciones como especie por equivocadas o absurdas que sean. En los tiempos de la esclavitud, por ejemplo, la sociedad aceptaba y nadie se extrañaba, de que unos hombres se proclamaran dueños de otros hombres, proceder rechazado en las sociedades de hoy.

“El mejor límite para el dinero es el que no permite caer en la pobreza ni alejarse demasiado de ella”, decía Séneca, y “La igualdad de la riqueza debe consistir en que ningún ciudadano sea tan opulento que pueda comprar a otro, y ninguno tan pobre que se vea necesitado de venderse”, expresaba Rousseau. Ambas sentencias, desde luego, solo provocan una añoranza o una cínica sonrisa en el mundo de hoy.

Los sistemas moldean la manera de pensar del hombre, de percibir el mundo y sus vivencias. Programan sus sensaciones, crean sus temores, diseñan sus sueños y sus miedos. Satisfacen sus demandas y para mantenerlo en su juego le crean otras. Lo preocupante del asunto es que casi siempre este juego no se da de manera espontánea sino planificada por agentes que se benefician enormemente de esos sistemas.

A medida que el sistema económico imperante en el mundo actual se fue afianzando en los diferentes países, a la especie se le abrió el apetito por la riqueza de manera paulatina, sin sospechar, claro está, que iba a verse abocada a enfrentar situaciones inimaginables a consecuencia de ello. Y como este sistema económico, en su afán de impulsar la libre empresa, el progreso y la igualdad de oportunidades, resultó siendo permisivo cuando no fomentador de la codicia, las sociedades actuales han venido viviendo acontecimientos históricos inverosímiles. A aquello de que al mercado no hay que regularlo porque él se regula solito, por ejemplo, le salieron unas cabezas monstruosas que la humanidad bien conoce y difícilmente va a olvidar, porque quien tuvo semejante idea y quien se empeñó en aplicarla en el mercado norteamericano, el más grande del mundo, olvidaron que cada ser humano es un mundo casi siempre inclinado a atesorar riqueza y que esa inclinación echa mano de todo lo que le sirva, incluso lo más mezquino que el hombre puede llevar dentro. Pero de nuevo, vamos por partes.

El sistema económico imperante con su permisiva libertad de riqueza, que en un principio, por creer al hombre un ser sensato, pensó le traería bienestar social y una especie de paraíso individual, ha terminado arrinconando algunos de los valores que han mantenido a raya nuestra enorme rapacidad individualista. Y la pregunta de cuáles en realidad son las necesidades vitales del hombre habría que cambiarla por ¿cuánta riqueza necesita el hombre para satisfacer sus necesidades vitales?, o por ¿necesita el hombre más riqueza de la requerida para satisfacer sus demandas individuales?

¿A cuáles demandas satisfaría esa riqueza? Algunos se satisfacen con lo más elemental de acuerdo a su medio. Otros quieren un poco más. Otros más y más en una espiral que no para nunca. Y estos últimos, son de lejos, los reales dementes de la codicia. Pero mirémoslos más de cerca y veremos que ellos son en cierto modo “víctimas” del sistema. Un ser humano cualquiera, como usted o yo, se aventura a tener su propio negocio y en esa aventura le va tan bien que en pocos años se vuelve dueño de un emporio. Aunque este hombre tiene muchísimo más de lo necesario para satisfacer sus demandas, jamás se dirá que lo que tiene es más que suficiente y en consecuencia hará un esfuerzo para que su negocio continúe a un ritmo sostenible pero no creciente. Primero porque el mercado es implacable y lo sepultará, y segundo, y es lo más importante, porque nadie, nadie que pueda, va a renunciar a percibir mayores ganancias. Y de esa manera el ser humano que solo buscaba establecer un negocio para vivir bien termina atrapado en el juego de la codicia y montado en una vaca loca que lo posee más allá de sus principios.

Cuando a los mayores multimillonarios del planeta se les pregunta qué los lleva a seguir multiplicando un riqueza de por sí excesiva, argumentan, no sabemos si sinceramente o no, que lo hacen porque temen perder el estatus, la influencia que tienen, la riqueza que poseen o dejar a sus familias desprotegidas, pero al final, en su gran mayoría, coinciden en que los empuja la adrenalina de la competencia porque su ansia de rebasar a sus rivales en riqueza y poder -porque riqueza y poder van de la mano- se asemeja a una carrera atlética, de automovilismo o a la de cualquier deportista. Que alcanzan un punto en el cual lo importante no es ganar dinero sino ganarles a sus rivales y, por último, dejar un legado que los perpetúe en la memoria de los hombres. Escuchándolos con atención podemos concluir que la codicia tiene demasiadas aristas y una de ellas es la adrenalina de la competencia entre pares.

Para todo lo inconmensurables que pueden resultar las ansias del hombre, podemos afirmar que existe un bien mensurable que las satisface en un altísimo porcentaje si nos atenemos a la forma desmesurada con que el hombre lo persigue: el dinero. Desde quienes lo necesitan para sobrevivir hasta quienes lo necesitan para competir, el dinero es el facilitador de todo cuanto podría desearse. A esa facilidad la tipifica bien la sarcástica expresión… “El dinero no da la felicidad, pero puede comprarla”.

Y yendo tras esa felicidad, para la mayoría humana solo adquirible con poder o riqueza material, pues la riqueza interior es arrasada sin tregua por el sistema, la codicia se ha filtrado por cuanto vericueto pueda tener el uso del dinero más allá de la ética y el bien social. En ese afán suelen establecerse alianzas de no muy clara intención entre Estados y organismos ilegales cuando no criminales; grandes corporaciones maquinan a la sombra para expropiar a poblaciones indemnes o para adquirir con triquiñuelas más dinero de la sociedad; la corrupción en gobiernos e instituciones socava los mayores presupuestos; se crean contubernios entre gobiernos y mafias; se montan guerras para vender armas, perpetuar dominios o conseguir recursos naturales a la fuerza; se violan continua e impunemente los derechos humanos fundamentales a poblaciones e individuos; instituciones, mafias o individuos trafican con droga, con seres humanos, con órganos humanos; poderosas corporaciones diezman la tierra, la contaminan a gran escala, acosan sus especies hasta la extinción; bandas criminales secuestran, esclavizan, matan, prostituyen, hacen lo que sea por el dinero porque, como están las cosas, si no tienes dinero no vales nada, y peor aún, no puedes comer, tener techo, vivir. La sed y la necesidad de dinero han puesto en marcha nuestra imaginación más perversa y una gradual aniquilación de los principios que nos han mantenido como especie en el planeta.

Y de la necesidad y la sed a la desmesura solo hay un paso. Lo lamentable en realidad, es que la desmesura sea tan cercana a la insensatez. Porque solo una insensatez que olvida a la especie por ir tras el dinero nos ha llevado al punto de que, tal como lo revelara un premio nobel de medicina, los grandes fabricantes de medicamentos aunque tienen ya los medios necesarios para curar a la humanidad de muchos de sus males de salud, no lo hagan porque, para seguir engordando sus ingresos, les resulta más beneficioso tenerla medio enferma que curada. Porque solo una increíble insensatez, colindante con la demencia, que cambia los más elementales principios de solidaridad y respeto por el hombre y deja de pensar en la unidad y concordia de los pueblos para que podamos alcanzar la paz y la prosperidad como especie, nos ha mantenido desde nuestros albores enredados en los lodazales de la guerra, hoy día una de las industrias más productivas. La guerra, esa caduca estrategia de entendimiento entre los poderosos, que sume a sus pueblos en ríos de sangre, resentimientos y venganzas sin fin. Y la masa, inocente, manda sus hijos a defender una bandera que la mayoría de las veces no es de la patria, sino de unos cuantos que detrás de un discurso patriotero defienden intereses particulares. La guerra, esa rémora de la historia de una especie que prefiere aniquilarse y ahogarse en su sangre a entenderse y ceder ante el otro por el bien de la humanidad. Que olvidó a Gandhi, quien demostró que para liberarnos de la opresión no necesitamos disparar una bala. Claro que líderes como Gandhi…

Sin embargo, entendamos que el problema no es la riqueza sino el uso que se hace de ella porque si alguien tiene el talento para adquirir dinero, pues que use su talento y su pasión para su bien pero también para el bien de la humanidad. El problema es lo que los hombres hacen con la riqueza. Algunos meses atrás la organización Oxfam Internacional hizo un estudio global y esto fue lo que encontró:

El 1% de la población de la tierra, algo así como 70.000 personas, es dueño de más o menos el 60% de la riqueza del planeta. El 1% de ese 1%, algo así como 7.000 personas, forma el club de los megarricos, de quienes en últimas deciden para dónde va el mundo. El 50% de la población del planeta, unos 3.500 millones de personas no alcanzan a tener 3.450 dólares de riqueza. “La brecha entre ricos y pobres sigue aumentando y está fuera de control. Actualmente, tan solo 85 personas acumulan la misma riqueza que la mitad de la población de nuestro planeta. La desigualdad económica extrema es un obstáculo para acabar con la pobreza en el mundo y agrava otras desigualdades, como la brecha entre hombres y mujeres”, dice la Organización en su página web. Pero en eso tienen que ver demasiado las Corporaciones, sobre las que trataremos en nuestra próxima y tercera entrega.

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