Constanza Révérend

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Constanza Révérend

La novela latinoamericana actual, de la denuncia al intimismo destacados

Miércoles, 10 Junio 2015 00:00

La literatura latinoamericana no ha dejado el tono confesional que desde el Boom la ha caracterizado. Aun cuando esto no necesariamente va en detrimento de las letras de nuestro continente, sí constituye una tendencia bien marcada a hacer de la narrativa una crónica social en la cual se analiza y critica el pasado y sus errores, se pone en evidencia la realidad de nuestras naciones hundidas en la violencia social, desde la cual se retrata el mundo de la delincuencia organizada que ha adquirido un poder inusitado ante el que ningún gobierno conoce, hasta ahora, la forma de enfrentarse, y en la que se retratan seres inadecuados, desadaptados, cuya carencia es aparentemente insuperable.

La novela sigue siendo una puesta en escena de un mundo problemático, un proceso de mímesis en el que el universo literario se convierte en una fotografía que pretende captar la realidad que no se acepta; sin embargo, como cualquier imagen, esta es solo una instancia resaltada por el escritor, quien asume su profesión como una misión que le da la investidura de quien debe revelar una verdad, descubrir a los culpables e incriminarlos, de quien usa la narración como una forma de protesta social y ética ante los oscuros manejos políticos de un poder nunca bien usado que se debe denunciar, porque el escritor es, en nuestro continente, una personalidad que no pasa las cosas entero y debe poner de presente los motivos más ocultos de una sociedad de individuos siempre en una condición de desventaja, en donde unos se enfrentan a otros sin posibilidad de redención.

No obstante, la novela que jugaba a descubrir una realidad alucinante, llena de posibilidades humanas y de inimaginable alcance semántico por el barroquismo de su simbología que caracterizó la época del realismo mágico, le ha dado paso a la literatura de la desilusión. Esto último tiene que ver con el mismo proceso político de la intelectualidad de izquierda latinoamericana, aquella que pasó de los años de la esperanza del cambio entre los 70 y 80 a estrellarse contra la innegable realidad de la caída del mundo comunista y sus ideales de igualdad y justicia social jamás lograda y cuyo mundo representativo era solo una mala versión, una aberración donde el poder del Estado aplastaba la libertad y la felicidad del individuo; este fenómeno ha transformado a la generación de la utopía que pasó a ser la del desencanto; las voces de los escritores latinoamericanos, cuya posición de hecho siempre es contestataria, se dejan escuchar desde sus universos en colapso; eso es, inevitablemente, desde muchas perspectivas, la novela ética, la social, la de denuncia política, la de desenmascaramiento de la corrupción, la de revisión histórica, etc. lo que estamos leyendo en la literatura actual latinoamericana: la revisión de una historia inadecuada, la búsqueda de una cotidianidad menos proselitista y más ética en su trascendencia espiritual; no es un retrato feliz, es un paréntesis que nos deja sumidos en el silencio.

Aquí entra en acción el lector latinoamericano, quien ha desarrollado la fobia al bestselerismo, a la obra hecha con las fórmulas que dan la dosis necesaria para divertir  a un lector de literatura ligera sin complicaciones, con una historia lo suficientemente atractiva que posea la dosis justa de romance, acción, actualidad y sexo, para mantener a un lector emocionado de principio a fin y que se ajuste a la misma ecuación sin trascendencia, donde no hay que pensar, donde todo es un ensueño que quizás termina bien. Para el latinoamericano que tiene el oficio de leer, la lectura no significa diversión, es un encuentro con un mensaje que lo enfrenta a la realidad, que le muestra nuevas perspectivas sociales, éticas, políticas, humanas, filosóficas y psicológicas que la narración logra captar con la profundidad de un discurso de denuncia, de revelación, que debe tener el alcance significativo necesario para mostrar un mundo en crisis.  El lector latinoamericano “sufre” la obra, se deja llevar por la mímesis del caos y la acepta como una realidad cuyo orden él mismo desconoce, del cual es también protagonista y víctima. Esa simbiosis emocional une inevitablemente a escritor y lector en un diálogo en el que éste último debe asumir el papel de guía. Cuando la obra pierde la capacidad de connotar la esencia de la búsqueda de nuestra humanidad perdida en las continuas preguntas de quiénes somos y a dónde vamos deja de tener interés.

Pero la novela de revisión social e histórica que quiere captar la imagen de conjunto está dando paso al autorretrato y, con ello, al intimismo de la contemplación del significado personal del mundo; la necesidad de crear el cosmos latinoamericano para mostrarlo al mundo ha devenido en la de lograr una voz interior en donde el narrador se revela en sus fallas, sus obsesiones, sus ilusiones o desilusiones y sus búsquedas, las mismas premisas que mueven a los seres de cualquier parte, que leen o escriben en cualquier idioma, a aquellos que han dejado de creer en el poder, que se quieren liberar del orden manipulado por el consumo y se suman al coro de una humanidad sin ínfulas, más unida y atenta a un mundo común que ha perdido el equilibrio que debemos reencontrar, un mundo para compartir y rescatar. En el autorretrato, la palabra denota y el mundo se ve desde la perspectiva personal y deja de lado el discurso con profundas connotaciones políticas que logró mover en su momento a un gran conglomerado con un sueño en común. Esta visión individual del mundo con originalidad y menos pretensiones capta el poder del entorno y tiene el poder de ubicar, de marcar un punto de partida en el mismo punto de llegada: un viaje al interior de uno mismo sin máscaras, por el reencuentro de la humanidad perdida.

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