Hernan Orrego

SOBRE EL AUTOR

Dos momentos marcaron sendos hitos en mi futura vida de escritor.  Leer más

 

Email: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
Hernan Orrego

Los locos del Cental Park un cuento de Elssie Cano destacados

Viernes, 10 Julio 2015 00:00

Comentario insano de Hernán Orrego

Del compendio de veinticuatro trabajos de la talentosa escritora ecuatoriana Elssie Cano, en La otra orilla y otros relatos, Editorial Surco, República Dominicana, me he permitido elegir Los locos del Central Park, para reseñar algunos aspectos que sobresalen por la profundidad del razonamiento, la vigencia de los valores de los personajes y la sencillez del relato, sin desmerecer el resto de las historias similares también expresadas en el lenguaje de un realismo vertical.

Así como Hyde Park es el reflejo de la vida de los londinenses, el Central Park, enclavado en el corazón de Manhattan, es el espejo de la diversidad étnica de la ciudad de Nueva York. El escenario de este cuento es la terraza de la fuente de Bethesda. El alegórico ángel de la escultura de Emma Stebbins, que inauguró en 1842 el sistema de agua purificada de la reserva de Croton, cuando la ciudad salía de la epidemia de cólera.

 

Siendo Nueva York el crisol de tantas culturas y el punto de convergencia de tantas generaciones de inmigrantes y aventureros, no sorprende que la mente de un personaje de “otro planeta” encuentre albergue en los sentimientos de una visitante solitaria, que lo observa desde un banco del parque.

 

El personaje de la historia nació loco, porque así lo llamaban quienes lo conocían, o mejor dicho, quienes no supieron conocerlo. El extraño viejo de treinta años, con una túnica sucia, zapatillas desgastadas, un collar absurdo y una libreta en la mano, bailaba al son de una música imaginaria. Esta figura terminó atrayendo la atención de una visitante. Lo que para los demás no merecía la más mínima atención, para ella fue el descubrimiento de un ser proveniente de otro planeta. Con la mesura propia de una neoyorkina, se acercó a él paso a paso, sin apresurarse, atenta a sus reacciones. Abordarlo le demoró semanas. Él ya había descubierto a la turista que se sentaba en al banco de la terraza de la fuente Bethesda buscando lo que la ciudad no le daba. Podía ser una de las tantas turistas  o neoyorkinas que pasean a diario por el parque, a veces buscando novio. Pero supo captar en ella algo diferente. Un día él se le acercó y le puso una corona de hojas en su confundida cabeza. La misteriosa visitante del parque quedó cautivada por el personaje de la túnica. La absurda relación creció de semana en semana, luego de día en día. Ahora ella no iba al parque a pasear, ni a tirarle comida a los gansos de la laguna solamente. Ni él bailaba su danza a los compases de su música imaginaria únicamente para la audiencia transparente. Ambos se buscaban a la distancia, en silencio, comunicándose, ella con su curiosidad y él con sus válidas inconsistencias.

 

Cuando el misterioso personaje le abre su libreta, ella siente que puede entrar a su mundo irracional, algo que nadie en el parque ha logrado. Le permite usarla, para que dibuje en ella lo más hermoso y lo mejor que pueda ocurrirle con la condición de que nada de lo que dibuje se puede borrar. Como en la vida real, nuestros errores pueden perdonarse, pero no borrarse. ¡Y cómo quisiéramos poder borrarlos! El filósofo español José Ingeniero decía que una palabra mal dicha no se puede borrar jamás, y a él nadie le ha llamado loco.

 

Un día le mostró la magia de las semillas multiplicadoras. Al contarlas, decía saber cuántos árboles podían salir de ellas.  La naturaleza sabia multiplica las semillas, que multiplican los trigos, que multiplican los panes. ¿Era eso también prueba de locura?  A su planeta, porque de allí venía, podía llegar sólo quien cometiera un acto de piedad, no de compasión. Totalmente comprensible para cualquier cerebro cabal. Ningún ser aislado de la sociedad busca la compasión de sus semejantes. Cuando más, busca una segunda oportunidad, porque el hombre es un animal sociable. Otra prueba que hace dudar de su locura.

 

El día en que la curiosa visitante del parque se le acerca entablan una relación poco común, esotérica. Extraña, pero lógica para los habitantes del planeta conocido como Nueva York. Ella, haciendo uso de su cordura, acepta resignada que allí los turistas, los ejecutivos y los ricos al entrar a los túneles del subway junto con los empleados y trabajadores de las fábricas, sin distinciones de razas, ni credos, se convierten en hormigas. Todos igualados, hermanados. En la Gran Democracia del Norte, respirando el mismo hálito. Siempre atentos a que en cualquier momento alguien le acuchille por la espalda.  ¿Es ella otra loca?

 

Una vez que el personaje descubre que ha cautivado a la visitante con la música de su flauta invisible, la invita a abordar su nave imaginaria, para llevarla al otro lado del lago, al mundo ideal. Ella acepta movida por la curiosidad propia de las mujeres y viaja al país de las maravillas, como en el cuento del flemático Lewis Carroll. ¿Quién no ha viajado allí, al menos  una vez en la vida? Ella no espera nada sensato de él, pero se deja fascinar por su mente creadora, más creadora que la mente de un escritor. El personaje de la túnica puede vivir su viaje imaginario, el escritor solo lo puede escribirlo. Al regresar de aquél viaje, invitó a todos los que puedan vencerse a sí mismos, a aceptar la igualdad de los humanos. ¿También es ello prueba de locura?

 

Le regala su collar de semillas, que causa la mofa de algunos, pero a ella le da igual, en Nueva York todos llevan una sonrisa en la cara. Lo que no se sabe es lo que hay detrás de cada  sonrisa. La del loco no oculta engaño, sólo denota su locura. Cuando ella se pone el collar, ve que se convierte en un collar de brillantes.

 

Para los neoyorquinos oriundos, si los hubiera en algún rincón, y para los inmigrantes, el Central Park no es sólo el pulmón de la ciudad, es el corazón, las venas, las vísceras, la piel multicolor, son los oídos, los ojos, el olfato. El follaje cambia de color de estación en estación. Renace cada vez, como las oleadas de inmigrantes que llegan todos los días, todas las hora, de todas partes.

 

El loco que vive en el Central Park no paga renta para disfrutar de la paz que reina en las cinco lagunas y los miles de árboles, que nadie ha encontrado ni en Rockerfeller Center, ni en las vitrinas de la Quinta Avenida. ¡Quién no perdonaría a un loco que tiene todo el derecho de serlo! Se lo ha ganado por su creatividad, por su honestidad, por su bondad, por su renuncia al mundo material, por sus intenciones de sabia transparencia. Es que no hay locos pobres, simplemente, hay locos.

 

No puede decirlo mejor que la autora. Pero si ella, después de haber conocido al loco del parque, también se considera una loca,  yo, junto a ella, y a  mi nuevo amigo, el “loco”  también me proclamo loco oficial graduado en mis años vividos en la ciudad de Nueva York. Años vividos en buildings, casas Cap Code, parkways, factorías, Radio City, Connie Island, el subway, los veranos tórridos y las nevadas silenciosas como la muerte. Me lleno de una paz interior de sentir que ahora somos tres los locos del Central Park.

Publica un comentario

Asegúrate de ingresar la información requerida donde se indica (*)