William Castaño-Bedoya

SOBRE EL AUTOR

A raíz de la creación de este blog y motivado en conseguir alguna empatía entre nosotros. Ver más

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William Castaño-Bedoya

Eucario, un nombre con las cinco vocales bien puestas destacados

Domingo, 09 Agosto 2015 00:00

Lo de mi nerviosismo venía de antes, de cuando llegué a Miami y mi cerebro inseminaba la idea de convertirme en un creativo publicista, como en mi país, y terminar alternando, con el avance de mis años, como novelista o escritor, de alcanzar todo eso que se conoce como “logro” a lo largo del tiempo. Habían pasado muchos días de caminar entre las sombras y aunque andaba extenuado no me sentía rendido, porque… ¿cuándo se ha visto a un Colombiano rendido?

Eran los años 80 en su ocaso y al igual que en los días más próximos, me encontraba, una vez más, bajo el impetuoso sol de Miami, merodeando el Colombian Center en Coral Gables. Ese día necesitaba, de cualquier manera, negociar con mi cobardía para que me diese aunque fuera permiso de preguntar por el señor Bermúdez. Recuerdo que de un momento a otro me empujé hacia dentro del local, donde el aire acondicionado me arropó con un manto frio y la estampa de unos carteles de Colombia me saludaron con alegría. Sin embargo, nadie más que yo notó mi llegada pese a que al abrir la puerta un cencerro sonó. Había personas trabajando en silencio, muy concentrados; me pareció estar viendo unas pinturas geniales de Botero, Obregón o Grau y a la figura ya clásica de García Márquez. Quizás, la magia del momento emuló en mi visión a esos personajes colombianos que en el mundo nos representan. Total, en alguna medida, yo también estaba buscando a uno de esos personajes admirados, al señor Bermúdez.

Temía que quien me atendiera me iba a desairar pero a fin de cuentas pregunté por él. Lo malo era que a este personaje tan solo lo había conocido por televisión, cuando, siendo un muchacho yo, aún vivía en Bogotá, estudiaba en la Tadeo, trabajaba para una empresa de seguros y bailaba sin paga en un ballet folklórico patrocinado por la misma compañía donde trabajaba. La verdad sea dicha, cuando estaba joven, en mis veintes,  mantenía unas ganas locas de partir al norte y arisco me mantenía más bien como un muchacho emprendedor que entre tantas ocupaciones del ocio dejaba para la despedida del domingo el placer de ver las series televisivas nacionales —unos culebrones de lo más buenos— y  remataba con Teledeportes al filo de las once u once y media de la noche, si no estoy mal.

Teledeportes era un programa divertido donde el señor Eucario Bermúdez aparecía desde los Estados Unidos, mostrando unas cápsulas exquisitas de eventos americanos que asombraban a todos aquellos que queríamos partir del país a aventurarnos profesionalmente; para mí, la publicidad americana, como escuela profesional, era la que me hacía pensar y pensar en USA y aún no me ha defraudado.

Lo cierto fue que el señor Bermúdez ni siquiera se imaginaba que por culpa suya yo quería viajar aunque fuera rabipelao a perseguir esos sueños que nunca han sido fáciles. La magia de esas cápsulas coloridas y simpáticas me enseñaron, entre otras cosas, que existían espectáculos como los Monster Trucks, de carros gigantes chocones, eventos en grandes estadios donde la gente pagaba para ver cómo estos se destruían, con música estridente, anuncios publicitarios por doquier, porristas y muchas cadenas de televisión cubriéndolos detalle a detalle, así como también que el futbol americano era una pasión más grande que el fútbol de mi país y que consistía en el juego brusco pues de lo estratégico poco intuía y, además, que en el béisbol el rascarse los testículos era una seña muchas veces de juego o estrategia, por mencionar algo jocoso, divertido, preámbulo a ese lunes trabajador que en minutos llegaría a la Bogotá de siempre. 

Quien me atendió fue amable, me dejo saber que el señor Bermúdez  se encontraba en la emisora, dizque haciendo el noticiero del medio día. Casi me tranquilicé cuando me propuso que lo esperara y que en una hora larga regresaría. Ese día el acometido ya estaba funcionado y me tenía sentado en una silla de espera analizando a cada personaje de la oficina, a algunos clientes que llegaban para tomarse su foto para pasaporte o a reclamar traducciones entre otras cosas. El tiempo se fue consumiendo y mi afán por ver entrar al personaje se acrecentaba. Era para mí muy importante dejarme ver, presentarme arguyendo un lejano link entre él y mi hermano Gilberto que al igual trabajaba en la radio colombiana haciendo perillas, y que en alguna llamada me consiguió la dirección de ese lugar. Ese Gilberto ha sido muy oportuno en mi vida. Siempre ha estado allí como hermano mayor,  hasta me salvó del ejercito cuando me llevaron a prestar servicio obligatorio en Bogotá, recién salido de bachillerato, gracias a que le habló a algún general en retiro, a quien le hacía perillas para algún programa de opinión.

Ufff… Y llegó el señor Bermúdez, jadeante por el calor. Sin reparos saludó adentrándose en uno de los módulos al fondo. Era su cotidianidad. Como a los cinco minutos, quien me atendió me hizo una seña para que tuviera paciencia y que ya le iba a avisar sobre mí. Así fue, el señor Bermúdez se me acercó formal y con esa siempre fresca voz me preguntó “¿en qué puedo servirle?”.

Aunque yo ya estaba entrenado tuve que improvisar. Le dije escuetamente que le  traía un saludo de mi hermano Gilberto, el de RCN. Lo que conseguí fue ver cómo su entrecejo se encogía como buscando en su memoria esa referencia. Me expresó, algo extrañado, pero amable, que no se acordaba de él y me preguntó qué trabajo hacía. Le dije que era ingeniero de sonido en el master control para al noticiero de Gossaín y por ahí empezó a esculcar. Al fin de cuentas no logró ubicar referencia alguna con mi hermano pero eso no pasó a mayores. A la larga, ya se había cometido el propósito de estar sentado frente a él materializando un anhelo que nació en Bogotá y de donde partiría mi vida en los Estados Unidos, que ya llevaba un tiempo transcurriendo. Fue amable conmigo, me dedicó unos minutos y escuchó con detalles mi necesidad de explorar espacios en algo que me permitiera adentrarme en la cosa publicitaria. Fue muy claro también como lo ha sido durante toda su vida en todo cuanto ha hecho.

Don Eucario, a fin de cuentas, resultó ser ese eslabón perdido que encontré por fin. Al cabo de los días, tácitamente yo frecuentaba la emisora haciéndome cómplice de todos cuantos trabajaban a su alrededor, gente muy querida que aún frecuento con entusiasmo y cariño. De alguna manera, resulté escribiendo comerciales y haciéndome participe en ese grupo mágico de personajes que con dedicación hacían crecer la hoy prestigiosa Radio Colombiana de Miami, en donde, también don Eucario es pilar y directivo pese a su retiro.

Tres décadas han transcurrido desde ese entonces. Miami se ha latinomericanizado. Y don Eucario no ha parado de trabajar. Ni siquiera por un día ha dejado de escribir.  Ha escrito cientos sino miles de editoriales, muy sentidos, muy objetivos editoriales  que invitan a la reflexión, que corrigen comportamientos, que aconsejan, que lideran, que conducen. He  logrado ser su amigo por tres décadas ya, ha sido todo un honor que hoy me atrevo, con cariño, a exaltar. Aunque pase el tiempo mi respeto por este personaje de todos sigue intacto, como ese primer día cuando lo conocí, porque don Eucario es cada día más patriota como colombiano de nacimiento y como americano de adopción. Su imagen de comunicador por excelencia ha circulado en páginas en todos los países donde se reconoce su trayectoria y valores, ya que brilla con el fulgor de toda una vida de trabajo al servicio de la palabra en español en los Estados Unidos. Es un colombiano honorable como muchos otros. Ha sido juicioso, metódico, visionario del cambio y, pese a que los años cabalgan, se mantiene como una figura fundamental para nuestra hispanidad. Es don Eucario un nombre con todas las vocales bien puestas, un nombre apegado al olor de esa patria lejana que se debate entre el bien y el mal. También es admirable en él ese apego a  sus valores conservadores.

Tengo el honor y el privilegio de haber contribuido a la publicación de sus dos libros: Crónicas de un exilio voluntario y El talento no se jubila. Me une también un gran sentimiento de consideración y aprecio por Luz Elena, su mujer, y por Lina, Juan Carlos, y Andrés sus hijos.  

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