Constanza Révérend

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Constanza Révérend

Bosquejos de ser español y sus implicaciones existenciales: En la orilla destacados

Martes, 20 Octubre 2015 00:00

La novela de Rafael Chirbes, En la Orilla, editorial Anagrama, 2013 es una puesta en escena del fracaso de un hombre de clase media, propietario de una pequeña empresa en quiebra, una carpintería que ha heredado de su padre, responsabilidad que ha asumido por obligación y que ha tratado de mantener a flote en medio de la mediocridad de un respaldo asumido sin entusiasmo y sin afecto.

La voz de Esteban, su historia de fracaso, de aislamiento y de escepticismo, será el hilo conductor para el lector a quien se le cuenta de un mundo sin trascendencia, una épica del individualismo extremo donde cada generación ha dejado una historia sin resolver, llena de sueños rotos, de incertidumbres esenciales acerca de la realidad social y política, sobre su papel en la historia y su deber no solo ciudadano, sino humano para consigo mismo y sus congéneres.

El pantano es el símbolo del mundo oscuro, pestilente, sinuoso, en el que se hunde todo y que se regenera en posibilidades nuevas, ensayos erróneos que no llevan a nada, que no mejoran y que solo sirven de contentillo para seguir un camino en medio de la inconciencia y de la irresponsabilidad ante las nuevas generaciones y el mismo medio.

La realidad laboral y social en las cuales se mueve Esteban, sus exempleados de la carpintería, su padre, su amigo, su amante, y hasta su exempleada doméstica, es el preámbulo y la causa que le lleva a tomar la determinación final de acabar de una vez por todas con su encierro solitario, con la esclavitud de cuidar a su padre senil y la bancarrota que se le viene encima y que liquidará lo último que le queda, sus posesiones inútiles, la poca integridad que le sustenta porque para los demás no es más que un ser mezquino, un viejo abusivo y un patrón avaro, un hombre que esconde los bajos deseos tras una aparente benevolencia y conmiseración por la miseria de los otros. En el pantano quedarán los rastros de la historia de España desde la guerra civil de 1939, hasta el socialismo institucional, un mal ensayo que solo cambia el rostro de los explotadores, mas no la esencia social de un hombre nuevo vinculado al medio, a los demás en la búsqueda del bienestar común y el equilibrio con su medio. Un ser valorado por lo que crea, por su trabajo como expresión personal al servicio de los otros y no por los símbolos materiales de la sociedad de consumo.

La vida intrascendente, la muerte de Dios y la incredulidad en los significados de una ética eminentemente mística y religiosa que formaban parte del ser español, la carencia sentido que suscita la apatía y el mundo del consumo de un entorno lleno de basura, hediondo, feo y repulsivo son la epistemología de la visión del mundo escéptica en la que la esencia del hombre se define y entiende a partir de aquello que no es y que no tiene: la carencia sustituye a la plenitud, la negación existencial a la realización, el paro, esa inmovilidad intelectual y laboral obligada, es el bloqueo del espíritu de los españoles (del hombre moderno); la percepción de ser inútil, de ser un hombre marcado por el fracasado son los elementos en los que se alimentan las patologías sociales, la violencia, la ilegalidad, los vicios como formas de recuperar lo irremplazable: una condición humana que no es más que un espejismo, una máscara en la que tras el gesto de afecto está el abuso, tras la generosidad está la mezquindad y los deseos personales que niegan al otro, tras el poder de la libertad está el inminente peligro de muerte; el hombre oculta a un niño frágil, mal querido, violentado y obligado a vivir la incertidumbre.

Queda la conciencia de Esteban, su discurrir sobre el mundo en el que todo parece haber sido abortado, lleno de imposibilidades y falta de amor; su voz es la única prueba de la contaminación espiritual y física a todo nivel, y, paradójicamente, es el resquicio en el puede ser posible la esperanza por un cambio, porque en ese juzgarse a sí mismo y a los demás, en esa valoración del sentido bueno o malo de su historia y de la vida de los demás, en ese retrato del mundo, él mismo rescata su propia condición de creador, de director y amo de su propio destino.

La inmolación de Esteban no cambia nada, el mundo sigue su curso, el pantano se renueva una y otra vez como una prueba no solo de la tenacidad de la permanencia del hombre sobre la tierra, donde no solo quedan los escombros de la basura que ha creado, de los desperdicios que ha acumulado, sino la fuerza de la naturaleza en todas sus formas, a pesar de las afrentas contra ella. 

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