El mundo de la mujer y su significado en El cielo ha vuelto destacados

Sábado, 21 Noviembre 2015 00:00

El cielo ha vuelto, Editorial Planeta (2013), la novela de Clara Sánchez, toca los aspectos más comunes de una literatura, si no feminista, sí, al menos, abiertamente femenina.

El interés por el cuerpo y el poder de la imagen, el proceso de independencia afectiva del personaje, el desarrollo de su capacidad de darse cuenta a través de una reflexión basada en las relaciones que el personaje central y narradora de la historia establece con los demás y la profundización sobre los alcances y significado del mundo afectivo de la mujer que la predisponen a una inteligencia más intuitiva que racional son los parámetros que mueven la narración.

La historia es contada por la protagonista, el lector se halla dentro de la psiquis de Patricia y ve el mundo a través de sus reflexiones, dudas, hallazgos existenciales y tomas de posición a lo largo de un relato de vida en donde queda en claro la evolución del personaje. Sin embargo, hay una separación evidente entre el mundo conceptual de esta mujer joven extraviada en su carrera de modelo y en sus afectos, quien no vislumbra muy bien la dimensión y el significado de sus actos y el lector, a quien se le permite saber o intuir de antemano lo que va a pasar y quien capta hasta dónde llegan la crisis y los conflictos entre la protagonista y los demás personajes; el efecto sorpresa se reduce al mínimo porque no se trata de enfatizar el misterio, sino la reflexión sobre el afecto y el significado de la independencia, de hecho el plano aparentemente mágico y esotérico que rodea al personaje niega la impredictibilidad del futuro, pero mantiene y marca el acoso de la incertidumbre con respecto al comportamiento afectivo de la misma protagonista y su deseo de saber la verdad.

En la novela se tocan todos los símbolos de los roles femeninos, está Viviana, la bruja y vidente quien maneja una intuición producto más de su experiencia que de su contacto con lo oculto cuyo interés se despierta en ella a través de sus profundos vínculos con el hijo perdido, es la mujer sabia, una figura maternal importante que mueve a Patricia a su autodescubrimiento. En el terreno del poder y la apariencia Manuela está dispuesta a todo para competir por su carrera como modelo, su relación homosexual con la administradora de la agencia y su absoluta falta de empatía por Patricia o los demás la convierten en la mujer calculadora. Está la intelectual, Carolina, una escritora frustrada, hermana de la modelo que se siente la patita fea, una persona racional que manipula las circunstancias; aparece la figura de la amante, Rosalía, la esposa de quien promueve y vende la obra de Esteban el marido de Patricia; no falta la ejecutiva lesbiana, Irina, estratega impecable de la agencia de modelos, cuyo comportamiento es casi varonil y cuyos intereses se mueven en el mundo de la razón.

Es a través del duelo afectivo como las mujeres descubren el significado de su vida, Viviana ha perdido a su esposo y a su único hijo y se comunica con este enfatizando su presencia en la ausencia, como si no existiesen ni el tiempo ni el espacio; Daniela, la rumana que trabaja para Patricia como ama de llaves, mantiene contacto con los hijos que ha dejado atrás a través de una llama que jamás se apaga y que simboliza el amor; Patricia verbaliza la dimensión de sus errores cuando puede describir cómo su mundo perfecto se basa en tener a los demás contentos comprando con su dinero la felicidad de los otros para no enfrentar ella misma los problemas de los demás y sus carencias, cuando comprende que su felicidad ha estado supeditada a disimular el fracaso e incapacidad de su marido crea los mecanismos para su propia liberación de una relación anómala en donde ella se deja usar no solo de Esteban, sino de sus padres, de su hermana, de sus colegas.

Cuando Patricia se da cuenta cómo la manipulación del cuerpo como imagen es solo una ilusión fabricada, una portada comercial para vender una realidad que no existe, puede entender en toda su dimensión que la verdad es la imperfección, el conflicto que se adivina en la imagen cotidiana y desordenada de los seres humanos reales, víctimas de los errores, los bajos deseos, pero a su vez seres capaces de sentir la pasión, la necesidad de comunicación y de trascendencia para poder recuperar el sentido de la vida. Gracias a la violencia y a la incertidumbre que rodean a la protagonista se revela el cuerpo real: todo tiene que ver con la apariencia, con el mostrar-se en oposición al ocultar-se tras el disfraz del artificio de la perfección y, a su vez, con el saber ver lo que realmente importa.

Aun cuando los lugares comunes abundan: en los actos de la mujer manda el corazón, en los de los hombres el sexo y el poder, la mujer parece dispuesta a todo por el amor, estos son usados con eficacia para la reflexión que hace la protagonista de su mundo marcado por la competencia y los roles autoimpuestos de buena hija, buena hermana, buena esposa, en los cuales la esencia no es la compenetración del afecto y el amor incondicionales; ella crea un mundo aparentemente perfecto que debe destruir para comenzar a recrearse sin la interferencia de los demás y así poder ser para sí misma. 

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