Manuel Gómez Sabogal

SOBRE EL AUTOR

Aprendí a leer en el colegio. El inolvidable profesor de español, don Julio César Morales, se desvivía porque… Ver más

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Manuel Gómez Sabogal

Historias de niños y jóvenes que describen tristezas. destacados

Miércoles, 16 Diciembre 2015 00:00

Llegué más temprano que de costumbre. Debía reemplazar a mi amigo y compañero, pues le dieron incapacidad médica y por consiguiente, al recibir su llamada, con gusto, acepté inmediatamente, estar a la hora señalada en el lugar del evento con estudiantes de colegios, quienes atenderían talleres y charlas demasiado importantes y se relacionarían con jóvenes universitarios. Había estudiantes de 10º y 11º. Además, arribaron unos chiquillos de 5º grado. Sus edades, entre 9 y 10 años. Niños y niñas.

 

Casi todos estaban ubicados en los respectivos salones, pues se había organizado un programa para cada institución. Los chiquillos estaban casi desorientados, pues todos los talleres y conferencias habían sido asignados y ellos esperaban que se les dijera algo. Había dos profesoras con ellos.

Quedaba un salón disponible, pero no había instructores del taller sino hasta una hora después. Se me ocurrió decirles que siguieran al salón. Aun cuando algunos de los organizadores no estaban de acuerdo, yo les dije que no sería un problema porque en mi USB tenía guardados unos temas interesantes que podrían ser de gran ayuda.

Entraron y se acomodaron muy juiciosamente. Conecté el video beam, pero antes, decidí hacer algunas preguntas casuales. Charlamos un buen rato, muchas de sus  respuestas eran rápidas y precisas, acordes con su edad, pero sus preguntas crearon una dinámica que ayudó a abrir la presentación de mi charla que duró una hora; algunas veces, tras la entrada inesperada de jóvenes de otros colegios, tuve que recapitular lo realizado hasta el momento.

Para finalizar les hice algunas preguntas y descubrí situaciones que me dejaron preocupado, muy preocupado. Los chiquitines habían perdido a uno de sus compañeritos dos meses atrás. Se había suicidado. Otros niños, me comentó una de las profesoras, querían hacer lo mismo que su amigo. Una niña había presenciado el asesinato de su padre. Otra, odiaba a sus padres, pues se habían separado y ya cada uno tenía otra pareja. Conversando con ella, me dijo que había pensado suicidarse. Otro joven me dijo que su papá le pegaba por todo, lo gritaba y estaba aburrido en su casa. Quería irse. No quería volver más al colegio. Con apenas 15 años, no deseaba nada. El objetivo de su papá era que terminara el bachillerato y se pusiera a trabajar.

En fin, el final de la mañana no podía ser más triste y melancólico con estas historias reales de niños y jóvenes que describían situaciones tristes y dolorosas. No vi rostros demasiado alegres. Sonreían, pero no con el alma.

Recordé que en alguna ocasión, en Tuluá, donde tuve una conferencia dirigida a padres de familia, uno de ellos me decía que en su época los jóvenes eran distintos, obedecían sin oponerse y que, a pesar de que correazos no faltaban, respetaban o respetaban. Y me preguntó: “¿Por qué los jóvenes de ahora no quieren obedecer y respetar?”. Mi respuesta para él y para todos en el auditorio fue muy sencilla: nuestra época fue otra. Estamos en el siglo XXI, siglo de la tecnología y elementos nuevos que  brindan a los jóvenes herramientas más rápidas para comunicarse y para vivir, pero lastimosamente, los padres no han sabido manejar las distintas situaciones que se presentan día a día, se han ido desconectando del mundo de sus hijos y estos del de sus padres; no hay abrazos, ni besos, ni caricias. No hay saludos o despedidas, sino frases fuertes, reprimendas y poca conversación. Pienso que muchos niños quisieran ser televisores para que sus padres los vieran y les hablaran.

Al despedirme de los chicos, me quedé pensando en todo lo que no se está haciendo en casa, en escuelas, colegios y universidades. No me deprime, sino que me fortalece el encontrarme con estas situaciones, porque el observarlas es determinar la raíz del problema: nadie los trata de entender y los adultos solo queremos que ellos nos comprendan. Hay que replantear la verdadera crisis, no son los jóvenes de hoy, no es la época, no se perdieron los valores, somos nosotros. 

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