Hernan Orrego

SOBRE EL AUTOR

Dos momentos marcaron sendos hitos en mi futura vida de escritor.  Leer más

 

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Hernan Orrego

Contigo en la distancia, de Carla Guenfenbein y quince años de lectura destacados

Lunes, 11 Abril 2016 00:00

El club de lectores hispanos de la Biblioteca Pública Mandel, de West Palm Beach, en la sesión del mes de febrero analizó esta novela, ganadora del Premio Alfaguara, otorgado en marzo del 2015.

Desde el primer capítulo, Contigo en la distancia sorprende al presentar un esquema similar al guión de una obra de teatro. Daniel, Emilia y Horacio son los habitantes del solitario mundo de la escritora Vera Sigall. Un análisis  más minucioso nos lleva a establecer que los testimonios de Daniel y Emilia, a manera de relatos parciales, tejen la trama de esta excepcional novela. Daniel descubre a su vecina Vera Sigall inconsciente, caída en su casa, al final de la escalera, y, después de cuidar de ella, empieza a buscar la causa de su muerte.

 

Lo genial está en la poderosa narrativa que surge de estos testimonios. Las descripciones son simples, delicadamente detalladas. A pesar de que los personajes viven en el mundo intelectual, la autora emplea un lenguaje sencillo, directo, que no se expande hacia los lados en adjetivaciones o sinónimos innecesarios, sino que cava en el interior, en la psiquis, en el corazón, en el sentimiento, en la conciencia de los personajes.

 

Desde el justificado silencio de Vera, a quien la comunidad judía le culpa de la relación de su esposo con el nazismo, a las manipulaciones del frustrado poeta Horacio Infante, que planeó fríamente el viaje de Emilia a Chile, por interés personal. Pasando por la crisis del matrimonio de Daniel, que protege de toda sospecha, a la esposa que engañaba, hasta llegar a las cartas que recibe Emilia.

 

Sabemos que la sociedad santiaguina, al igual que la bonaerense, la limeña, la quiteña, la bogotana, entre otras, se ha sustentado en los rancios abolengos de un pasado que, en muchos casos, no resiste un estudio severo. Emilia, nacida en Chile y educada en Europa, sabe captar la esencia de los dos mundos. De ahí las comparaciones y  contradicciones que aparecen en las tantas hermosas sentencias “la alegría está acompañada de dolor”, “la vida no tiene comienzo ni fin”, “las palabras se reflejan como imágenes de espejos cruzados”, etc., a lo largo de los 53 capítulos.

 

Lo más notable de la narrativa de Carla Guenfenbein radica en su habilidad para entrelazar los relatos de los personajes, dentro del espacio-tiempo, incluyendo el eterno diálogo de Daniel con Vera, que hace desfilar a los sospechosos de su muerte dentro de un amplio marco valores éticos, que van desde la envidia de Horacio Infante, su frustración, ambición, desigualdad y mediocridad; al talento artístico y profesional de Vera y Daniel, plenos de bondad, solidaridad, generosidad y excelencia académica.

 

La joven Emilia tiene más de una motivación para viajar a Santiago. La finalidad de su viaje es trabajar en la tesis sobre la vida de Vera Sigall. Desnuda entretelones de la obra del poeta Horacio, que junto con revelar la falta de originalidad de sus versos, en cartas, le dice quién es su padre. Termina su labor sin encontrar la causa de la muerte de Vera, todo hace pensar en un accidente. Regresa a Francia feliz de haber sacado a la luz, lo que permanecía en la oscuridad. Y deja, finalmente, sin respuestas las múltiples interrogantes que plantea a través de los personajes.

 

Carla construyó la arquitectura de la novela, basándose en la vida de Clarice Linspector (1920-1977), la reconocida escritora judío-brasilera, que compartió con su madre, un pasado de victimización por su origen, el siglo pasado. La madre de Carla Guenfenbein fue una ruso-judía que emigró a Chile el siglo pasado. Era profesora de filosofía cuando pasó tres semanas en un campo de concentración, durante la dictadura, en 1973, donde enfermó. Después se radicó con su hija en Inglaterra. A los pocos meses, murió de cáncer.

 

Esta historia de evolución cíclica en su familia ha influido en la autora para dar a sus personajes la fuerza que justifica sus acciones, en el contexto del espacio y del tiempo. Carla Guenfenbein, personificada en Emilia, en la novela, estudió biología y diseño en la Universidad de Essex. Regresó a Chile en 1987. Ha escrito El revés del alma en 2003, La mujer de mi vida, en 2005, El peso del silencio en 2008, Nadar desnuda en 2011 y Contigo en la distancia en 2015.

 

Esta es una de las últimas obras que se leerán y criticarán en el club de lectores de la Biblioteca Mandel, un espacio abierto para estar al día con las obras y los autores de nuestro continente. En la actualidad, junto con su moderadora Constanza Révérend, se había logrado una extraordinaria labor intelectual de mantener vivo el entusiasmo por nuestras letras. Desafortunadamente, por disposición de la biblioteca, el club dejará de existir el próximo mes de abril.

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