Robinson Castañeda

SOBRE EL AUTOR

Las leguas han sido muchas para nutrirme de cine. Por lo menos en mi cuidad. Desde aquellos días donde mi tía y abuela, hasta los más recientes, cuando con un amigo de estudiosLeer más

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Robinson Castañeda

Robinson Castañeda - Un viaje sin fin destacados

Jueves, 26 Mayo 2016 00:00

Todo comenzó cuanto tenía unos 5 años. Hace más de tres décadas. Mi abuela, de vez en cuando, y cuando la economía dejaba, me llevaba a matiné los domingos en el desaparecido teatro Bolívar de Armenia, a ver al Enmascarado de Plata, Cantinflas y a Bruce Lee, entre otros personajes del cine, con los que fantaseaba todo el tiempo.

 Desde entonces no he parado en este largo y placentero viaje a través de diferentes géneros, épocas, geografías. He ido al futuro, pasado y presente sin moverme de la silla. He conocido realidades alternas y mundos distópicos a solo un play de distancia. O a un click.

Pero este bello viaje no ha sido gratis. A veces la carretera tiene sus baches. En tiempos de mi niñez no contábamos con televisión por cable y menos VHS. Entonces debía ir con excusa a visitar a la tia Rosa para poder ver las películas que ellos alquilaban o las que daban por su servicio de tv cable. Allí me sumergí mucho más en lo placentero del arte audiovisual y fue el inicio en el cine clásico, en el de acción y aventuras con finales prefabricados. Pero no importaba. Eso era lo de menos a mis 7 años.

También, los fines de semana esperaba a que comenzara la función de Premier Caracol. En ese breve espacio conocí las secuelas de El Padrino. Me sorprendí con La laguna azul, me impresioné con las pesadillas de Fredy, me emocioné con todos los Rambos, Rockys, Duros de matar y la interminable saga de artes marciales de quienes nunca retrocedían ni se rendían.

Son recuerdos imborrables. Como aquel que tengo de la película Visa USA, dirigida por el maestro Lisandro Duque Naranjo. En ella la escena del oso relleno de arroz que ella le regala a él , y con el que al final hacen de comer, se quedó tatuada en mi memoria. Tanto que cuando tuve la oportunidad de conversar con el director, muchos años después, y comentarle esa anécdota, no tuvo más que aterrarse por la buena impresión que algo podía dejar en un niño de 11 años.

Las leguas han sido muchas para nutrirme de cine. Por lo menos en mi cuidad. Desde aquellos días donde mi tía y abuela, hasta los más recientes, cuando con un amigo de estudios dejábamos repletos los maletines con películas en VHS, cada fin de semana, todas prestadas del centro audiovisual de la universidad. Otras veces, ahorrábamos lo del pasaje de bus y caminábamos 16 kilómetros para alquilar producciones en el barrio Las Acacias, aquí en Armenia, pues si llevábamos más de tres cintas, el administrador del Blockbusternos dejaba la cuarta gratis.

Ni hablar de cuando, hace ocho años, mi hermano me pidió el favor de administrarle la video tienda que había montado en el barrio El Placer. Una de las épocas doradas, por decirlo de algún modo. Un ratón cuidando el queso. Para ese entonces ya estaba en otros géneros más complicados y exigentes de ver.

La ruta continúa. Encontrando directores, viendo cine de otros países lejanos y conociéndolos por medio de sus historias, de sus paisajes y documentales. Porque no importa si es largo, corto, ficción o realidad. En mi vida todo cabe respecto al séptimo arte sin parar de sorprenderme. De delirar cuando el final es álgido, cuando la historia en conjunto es maravillosa. No interesa si es de taquilla o cine guerrilla independiente. Si es de Estados Unidos o de Estonia. El cine se ama sin encontrarle defectos o fronteras.

Y para eso estoy aquí. Para hacer lo que más me gusta en la vida. Hablares de cine. No arruinándoles el final. Nunca lo hago y me molesta cuando alguien lo hace conmigo. Tampoco vengo a plantearles verdades únicas e irrefutables. El cine me ha enseñado con los años a tolerar a lo demás en sus gustos y pasatiempos. Solo vengo a recomendarles historias por medio de lo escrito. Espero me sigan acompañando porque mi ruta aún no termina. 

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