Constanza Révérend

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Constanza Révérend

El redescubrimiento semántico de El túnel de Ernesto Sábato destacados

Viernes, 27 Mayo 2016 00:00

Leer un libro por segunda vez, con la perspectiva de épocas distintas en la vida, supone reubicar los significados del mensaje literario, no en cuanto a la trascendencia misma del libro, a su valor como obra de arte, pero sí en su dimensión semántica y en el alcance humano de la misma.

Esas dos lecturas, que dependen de la evolución del lector, una mayor experiencia, un conocimiento más profundo de la vida, mayor precisión en los conceptos y sobe todo, una visión en perspectiva de la historia y de la realidad en sus múltiples facetas, hacen que este nuevo acercamiento sea más enriquecedor.

Cuando leí El túnel (1948) de Ernesto Sábato como estudiante universitaria, lo que más destaqué en su momento, fue la influencia del existencialismo francés y el convencimiento de la validez filosófica del Ser-para-la-Muerte, concepto que primaba después de los terribles años de la postguerra en Europa, esa depresión intrínseca de que no existe más remedio para la humanidad que aceptar su fatal destino, la absoluta certeza de que la idea de Dios había muerto y que su búsqueda no era sino la medida de la ignorancia humana, y de que el individualismo inevitable de los seres que no querían formar parte de la cultura de masas y de la inercia social se centraba en su toma de distancia de las estructuras impuestas y se expresaba con la rebeldía, la incomunicación y el aislamiento. Esa visión adolescente no solo me identificaba con Juan Pablo Castel, sino que me hacía partícipe de su lenguaje de la locura; en ese entonces, el personaje tan parecido al Meursaultde L’etranger de Camus, era para mí el epítome del símbolo del hombre del siglo XX comprometido con su papel como hombre de su tiempo y como creador, un hombre que no tenía que justificarse frente a los otros, sino ante sí mismo.

En esta segunda lectura, pude ver el conjunto, no era usar el personaje para entenderme, era una verdadera lectura de los símbolos, la estructura y de la precisión con que Sábato logró plasmar el mundo del desencuentro de un personaje, sumido en su total desprendimiento de los demás y de la realidad, y metido en una dialéctica avalada por él mismo que lo lleva a la paranoia y a los celos. Esta vez logré percibir que Juan Pablo Castel hace una confesión al lector sobre su mundo y que el valor simbólico de la obra de arte que sirve como leit motiv de la novela es equiparable a la expectativa por la esperanza del reencuentro de lo humano, el amor, la fe en la vida, en la humanidad, la posibilidad de continuar, el sentido mismo último de la creación que no es final sino comienzo de lo nuevo.

Juan Pablo Castel construye su propio mundo, es él quien elabora sus personajes y es a través de su óptica que percibimos a María Iribarne, la mujer que supuestamente amaba y a quien destruye; a Mimi, el símbolo de la intelectualidad francesa y su esnobismo de seres privilegiados; al ciego, el ser que no soporta porque vive en el mundo de la oscuridad y la dependencia; y a Hunter, el intelectual latinoamericano diletante, desubicado, tan necesitado de aprobación; seres todos degradados, no aptos para alcanzar el genio creador y la profundidad de pensamiento del mismo Castel, su lógica cartesiana, su razonamiento que no es más que la justificación de su propia locura y desajuste existencial.

Desde luego que la realidad intelectual, humana e histórica del mundo de 1948, cuando fue escrito este libro, de los años 80 cuando lo leí y del mundo de la tecnología y de la conexión cibernética que nos hace vivir en realidades múltiples, un reto al tiempo y al espacio, ya no son las mismas, lo que queda vigente es el texto literario y su capacidad de conmovernos, por un lado, y de hacernos entender cuán complejo es el hombre y su conciencia, la visión del mundo pesimista del siglo XX nos hace herederos de un determinismo inevitable, la necesidad del cambio para un futuro mejor, la salida al otro lado del túnel para la humanidad.


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