El resucitado y el eterno mito del poder destacados

Jueves, 18 Agosto 2016 00:00

En un país tocado tan de cerca por la violencia política y social y las consecuencias del narcotráfico, escribir una novela sobre este tema es jugar con los símbolos de esta parte de la historia de Colombia manejada inevitablemente por el poder de los señores de los carteles que marcaban el camino de la nación.

La ficción, pues, está más que unida en la memoria a la crónica social, a las imágenes e iconos de la capacidad económica tan desmesurada que llegó a comprarlo todo, hasta la versión de los hechos, la verdad huidiza, tergiversada y recontada desde distintas versiones y perspectivas, por implicados y víctimas, dentro y fuera del país, por los medios de comunicación, en ensayos, en obras literarias, en películas, aquella que nunca se sabrá en su totalidad, y de la cual queda la esencia de lo que significa: ser un jefe de cartel, la obscenidad de la riqueza desmedida que hizo posibles proyectos absurdos, la compra de intocables, la corrupción de los menos pensados.

Así les perdonaron no sé cuántas docenas de asesinatos y atropellos y limpiaron esa espantosa cochinada que ni la historia de los poderosos ni la mala memoria de los colombianos pueden borrar (P.17)

En El resucitado de Gustavo Álvarez Gardeazábal (Editorial Planeta Autores Españoles Iberoamericanos, 2016), sin embargo, el afán no es contar los crímenes, alardear del poder, ni mostrar la violencia y sus implicaciones en un país desgarrado; se crea un paralelo entre la historia de un niño pobre de pueblo que llega a ser un mito de trabajo duro y tesón para los habitantes después de que encarcelan al conservador de su padre, un miembro de la “chusma de los pájaros del Cóndor”, y quien se convierte en un capo para quien estaban por encima de todo los valores de la familia, y termina encarcelado en La Dorada abocado a la lectura sobre la desmitificación de Cristo y su muerte; el juego, por llamarlo de algún modo, del acto de narrar es desmitificar, crear la duda, romper con la fe que lo acepta todo; de esta manera leer significa descubrir el antidiscurso, aislarse de los principios dominantes y escribir es desvelar y revelar la miseria, la intrascendencia y cortedad de la condición humana, a pesar de sus ansias de poder, de dominio y de grandeza que no hacen más que marcar su impotencia. El narrador y autor de la historia de Ramsés Cruz, el narcotraficante admirado, es su abogado, quien cuenta desde el momento que el capo entra a la prisión cuando se entrega para no ser deportado, hasta que se escapa después de 12 años sumido en su tragicomedia final: la muerte en vida porque no le resultó la supuesta pócima de mandrágora usada por Cristo para hacer creer a todos que había resucitado.

La novela es contada así a dos voces, la de Ramsés en sus desvaríos teóricos, una mezcla de ideas en contra del mito cristiano, una obsesión que transfiere y alimenta en su mujer, Guadalupe Lozano, una “experta” en la pasión de Cristo, y la del abogado quien revela la verdad que desmitifica a Ramsés y a su familia.

Ramsés Cruz les temió mucho más a las sombras de la vida que a las de la muerte. Sin escrúpulos de ninguna naturaleza, sin más códigos de comportamiento que los que se iba inventando día tras día para sobrevivir, para ser más rico, para ser más poderoso, para ser más temido, usó la muerte como herramienta para triunfar, jugó con ella para representar fantasmas en el tablado histriónico de su cruel manera de entender la vida, y confundiendo muchas veces las historias que su madre le narró con las que inventaba para aparentar una cultura que jamás pudo adquirir, montó, de su paso por el mundo, una tragedia isabelina en la que Essex y Estuardos cayeron por doquier mientras se levantaba el telón y se representaba la verdadera sinrazón de su existencia. P.19

Ramsés arma su propia teoría con base a las obras de otros, él hace su realidad con base a la ficción. En la novela misma, se juega con el aspecto ficcional de los personajes quienes son no ellos mismos, sino la percepción de los otros, partes de la historia oral más que seres implicados en actos terribles. La realidad es lo que se cree, no lo que es. La dimensión de los actos por violentos e inauditos no solo esconde el terror, sino la admiración y el respeto de muchos que ven en ello poder más que la personalidad deforme, psicótica, obsesiva del psicópata que no tiene límites.

La cruz es un leitmotiv, es el apellido de esta familia de forajidos, es la obsesión “intelectual” de Ramsés y es su camino de sangre y destrucción asumido como un trabajo, como una misión y una responsabilidad de hermano e hijo mayor: “Los Cruz somos unos malditos, no nos bastó con llevar la cruz de ser católicos, apostólicos y romanos, para cargar este maldito apellido como si la única manera de escapar de la crucifixión sea trabajando de sol a sol…”. (P.22)

La precariedad de la vida los persigue a todos, al abogado, porque sabe mucho de todos y quien, está seguro, mientras demore la entrega de los bienes dejados por Guadalupe, la madre, a Fátima, esta última no lo puede mandar matar. La misma Guadalupe aguarda en la cárcel su destino inevitable pues sufre de un cáncer que la tiene sentenciada. Ramsés tiene su vida suspendida en una letargia que más se parece a la muerte misma; la vida es una carencia absoluta de un sentido más trascendente que no sea el dinero, la venganza, la violencia, no hay amistad, no hay heroísmo, no hay amor sin condiciones.

En El resucitado se cuenta además el sesgo oscuro que marcó la historia política del país, desde Gaviria hasta Uribe, cuando las componendas con los Estados Unidos sobre el tema de la extradición mostraban un país incapaz de ejercer autonomía frente al problema del narcotráfico, con un sistema judicial inoperante, amedrentado no solo frente "al poder del imperio", sino al de los mismos capos tambaleantes a quienes les habían dejado ganar en la batalla entre la justicia y la ilegalidad. La extradición se muestra como la única forma viable de castigo, de hacer justicia ante los horrores de una guerra sin límites de agresión, en ella Colombia perdía la potestad para juzgar a sus propios ciudadanos mientras la guerra continuaba en un territorio entregado a la incertidumbre y, a pesar de todo, demostró serun mecanismo que no aportó la solución, otra componenda en donde los herederos de los capos continúan con el imperio de una manera diferente, donde los enemigos cambian de rostro y donde el poder sigue siendo el dinero no importa cómo se logre, de dónde se obtenga y cuántos deban morir y pagar por este: “…como yo sí leo, no voy a ponerme a repetir las pendejadas que hicieron todos los de tu generación” (P.102), le dice Fátima a Ramsés su padre.

 

Más en esta categoría: « La conversación

Publica un comentario

Asegúrate de ingresar la información requerida donde se indica (*)