Los recursos del lector en En busca de la infancia perdida destacados

Jueves, 05 Enero 2017 00:00

Como un retrato de la realidad, una puesta en escena del desencuentro interior y la carencia de sentido humano, en el mundo adulto e inane que se opone y niega a los personajes que reflexionan y buscan una razón de ser, una validación de su propia trascendencia, de su creatividad, de su tiempo y acontecer,

cuya cotidianidad no les deja más remedio que el individualismo como refugio, donde el monólogo es el único recurso con el cual se adentran en su propia conciencia, ese espejo interior en el que intentan hallar, quizás, la clave de quiénes son y para qué quieren seguir adelante, como un teatro del mundo al borde del colapso se abre al lector la historia narrativa de la novela En busca de la infancia perdida, de José Díaz Díaz (La Caverna, escuela de escritura creativa, 2016).

La intertextualidad es una característica del contexto narrativo de esta novela que halla en este recurso una forma de dimensionar semántica y simbólicamente la realidad que pretende expresar, y que solo a través de la misma literatura adquiere profundas connotaciones; las ideas, los sentimientos, experiencias y espacios se definen como reflejos de otras obras, porque tanto el narrador como los personajes son en principio lectores, cuyo juicio se establece desde la perspectiva de la escritura como forma de trascendencia si bien artística, profundamente humana; hay un afán por no perder los alcances significativos ya logrados a través de las imágenes y palabras en otras obras que definieron un estado y condiciones existenciales que, como símbolos, rescatan esa esencia que se quiere recuperar y que le es tan ajena a la vida moderna desajustada, deshumanizada, programada, en la que todos buscan en el otro un refugio y ven solo el retrato de su propio descontento. Esta intertextualidad hace que la novela se mueva en un contexto eminentemente letrado que pone a su vez al lector en el ejercicio de leer la novela a través de otras obras, para entender el significado emocional del mensaje: “Logra la puerta de salida y se encuentra con una callejuela tan angosta como la rue inventada por Edgar Allan Poe en su cuento Los crímenes de la calle Morgue”, p.22. Es a través del discurso literario, la poesía, el cuento y la novela, como se entiende la búsqueda por la razón de ser y, a la vez, es a través del ejercicio literario, como se capta la dimensión humana de la realidad; el acto de leer (interpretar la realidad) y el acto de escribir (transcribir el pensamiento) son la esencia de la condición humana en su más profunda acepción.

En En busca de la infancia perdida el ser es lo que piensa y la trascendencia del discurso adquiere su forma en las palabras que otros han logrado soslayar y definir para lograr un significado antepuesto al lenguaje ordinario, cotidiano, repetido y aprendido y carente de sentido porque no refleja nada, porque es solo un eco de la sociedad y sus normas.

En la novela, ser adulto significa ajustarse, someterse, ingresar a la rutina, a ser productivo y domesticar los sentimientos, las emociones, la apariencia; implica ser una imagen a semejanza de las otras; los personajes, sin embargo, huyen de esta racionalización, todos, a su manera, rompen con las reglas y viven marginados, en sus narrativas personales de amores posibles, de escenarios inesperados, de ruptura de normas y conatos de comuniones con personas en su misma condición de desadaptados, aquellos que no quieren dejarse devorar por un entorno y unas condiciones en las que ya no creen, por las que ya no quieren luchar. Por el contrario, la infancia es esa instancia en la que el ser se abandona a vivir, a percibir-se, a aprender-se y comprender-se porque todo redunda y retorna a sí mismo, pero es, de otra manera, el momento en el que se marca al ser para siempre, porque lo que se vive con ingenuidad e inocencia de pequeño, se juzga y se redefine y revalora de adulto, es esa mirada retrospectiva la que crea el desajuste y la inestabilidad y hace que rebroten de otra manera las imágenes hundidas en lo más profundo del subconsciente, de ese difuso mundo que se mueve en un contexto irracional y que de vez en cuando aflora.

Es interesante ver cómo en la novela los personajes no están realmente en conflicto con los otros, sino con su propio devenir; ellos se toleran, aman, se necesitan, en medio de un individualismo solidario con el desencuentro del otro; los diálogos no se establecen para entender al otro, sino para expresar la propia búsqueda y el inmisericorde resultado que termina en la incertidumbre, en lo que puede ser o no.

La existencia de un narrador omnisciente que cuenta y se inmiscuye en la vida e historias de los personajes se cuestiona cuando aparece un testigo alterno -y este es un logro en la novela- que revela su condición, no de demiurgo, sino de un personaje más que se integra al mundo dubitativo y antirradical, para incursionar en espacios aparentemente racionales y eminentemente emocionales donde es él, este narrador, quien da cuenta de lo ocurrido a su cómplice que no es otro que el lector:

Sobre el vértice del curio, Bessie, una gata doméstica de mirada curiosa, blanca con sombras negras y grises, tenía su rincón preferido desde donde miraba extasiada el paisaje exterior a través de la ventana. El mobiliario lo completaban dos sillones de espaldar alto, un comedor con cuatro sillas y una cama al fondo vestida con un edredón rojo. Ese rincón en particular exhalaba un tenue aroma de jazmín proveniente de un ramo de flores sembrado en un búcaro sepia que descansaba en la esquina al lado de la tele y de la mesita del computador. No sé. Me parecía que se respiraba una atmósfera intimista, algo surrealista por lo escueta y diáfana. Una energía agradable y una levedad de espíritu emanaban de ese hogar de indulgente quietud.

Mientras tanto, Joe, sin voluntad para pensar en nada, se tiró en el futón cuan largo era y de un tirón se zafó los zapatos. Una sensación de comodidad lo invadió y sus sentidos eran sus ojos que ahora miraban hacia adentro. Sus ojos cerrados le abrieron una compuerta secreta que lo lanzó a un escenario muy frecuentado por él en sus sueños recurrentes. Era algo así como un espacio abierto sin puertas ni murallas, inmerso en una atmósfera de transparencias que lo acogían cual confortable placenta. No me atrevo a afirmar si estaba soñando o estaba recordando. Lo que sí se con certeza es que estaba dormido porque su respiración era suave y rítmica, talvez plácida. En todo caso, era como un sueño evocatorio. «La salvación está en reconocer el pasado», murmuró. p.22-23

En busca de la infancia perdida es, así como la obra de Marcel Proust En busca del tiempo perdido, un retrato de lo cotidiano y, no obstante, es la reflexión de un estado extraordinario de los personajes que quieren hallar la razón de sus vidas y su acontecer al no saber quiénes son, al no poder definir qué sienten, un estado de conciencia que les hace decidir dejarse llevar de la vida y sus encuentros y desencuentros, como el único modus vivendi, un refugio que los preserva de la carencia de sentido de la realidad.

El retorno a la infancia no es propiamente lúdico, no es un solaz, es un descubrimiento de la pérdida constante de la inocencia, de que los momentos de verdadera felicidad, dignos de recordar, se limitan a fragmentos inconclusos que oscilan entre la realidad y la fantasía, entre el mundo del desencanto y el sueño liberador.

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