La novela El último romántico y sus personajes.

Lunes, 21 Abril 2014 00:00 Escrito por  Publicado en Notas literarias Leído 603 veces

Por César Lacayo
Presidente del CEPI · Circulo de escritores y poetas iberoamericanos.
Miami, mayo de 2010

“Por el elevado tono y la sensible percepción de una época
que acusa una doble moral inocultable, logrando con éxito
traducir su problemática a un lenguaje narrativo de parodia
y síntesis esencial, el escritor José Diaz-Díaz nos está indicando
que se encuentra en el camino justo donde la narrativa actual
se topa de frente con la veta que nos lleva a interpretar válidamente,
con las herramientas de su propia estética, al confundido y alienado
hombre de hoy.”

El primer inpacto que me causó el libro del escritor colombiano José Díaz-Díaz tan pronto lo tuve en mis manos fue el título de la novela, respaldado en la portada por la foto de un violín emanando de su silencio unas notas que se me antojaban, no sé porqué, un poco nostálgicas. Y no fue hasta bien avanzada la lectura cuando caí en la cuenta de que había suficientes argumentos para justificar el título de El último romántico.

En efecto, siguiendo el azaroso deambular de su personaje principal, podemos sentir con él que en verdad es un romántico en la acepción simple del vocablo, valga decir enamorado y soñador, pero enfaticemos que es mucho más que eso. La parte donjuanesca y vaya que sí la tiene y en abundancia, nos remite unas veces a Zorrilla pero cuando  nuestro personaje se pone serio y comienza a tomar posiciones críticas en defensa de lo justo y contra las fechorías y corruptelas que amenazan con socavar los ya de por sí maltrechos principios de dignidad de nuestros países, entonces se nos asemeja al inquieto Azorín, el último romántico de la España del siglo diecinueve.

Y es que Gerardo Antonio, que así es el nombre del protagonista, un neo-romántico tardío, ingenuo y joven provinciano quien le apuesta su existencia al único objetivo de escribir un libro para justificar su paso por este infierno con cara de paraíso, no se queda tampoco ahí. Cuando asume posiciones de esteta se nos parece a aquel moralista para quien lo bueno es lo bello. ( pág. 285). Valga decir, que su moral es su estética. Cuando dialoga con Dios, y alcanza estados de exaltación mística, lo hace directamente sin echar mano de religión alguna. (Pág.219) Cuando habla de poesía sabe que el poeta no es más que un hombre que desnuda su alma y se dedica al más inocente de los oficios, como dijera Hölderlin. Un elegido con voluntad de mostrar sus heridas, sus cicatrices pero también de compartir sus raptos de iluminación. (Pág. 218.) 

Y como su periplo lo lleva por caminos de la Bogotá y Caracas de las últimas décadas del siglo que apenas termina, la nostalgia se enreda en su conciencia para añorar aquellos años donde la decencia todavía significaba algo y la caballerosidad e hidalguía medían el temple de los varones levantados bajo unas normativas distintas. Y aquí es cuando se explaya apenándose y apesadumbrándose por la pérdida paulatina de un entorno amable de diálogo y comunicación. Ya no existen los libreros ni las pequeñas librerías de tertulia, los libros de papel amenazan con desaparecer, la era digital y el imperio de la Internet borran de un plumazo el calor de una época que tenía tiempo para platicar. La narcocultura corroe aún más el ya de por sí desvencijado cuerpo de una sociedad desmoronada. Es en ese punto de transición de dos momentos históricos, en ese borde de dos épocas, en esa simbiosis y trasiego de hábitos y costumbres por donde debe transitar el espíritu encandilado del protagonista. Consciente o inconsciente de su minusvalía e imperfección, de su indigencia espiritual para trascender, Gerardo Antonio se apega a su sueño  de escribir una novela, para paliar sus limitaciones existenciales y antropológicas. El lenguaje y la literatura serán su salvavidas.

El coprotagonista y narrador, un librero retirado que no duda en declararse como un perdedor existencial, soporta la parte adversa y amarga de la balanza tragicómica. En pocas palabras resume su rol, como lo podemos leer en la página 12:

“... He llegado y me siento obligado a confesarlo, a la edad en la cual la vida es finalmente aceptada como una derrota. Me hierve la sangre tener que admitirlo, pero es así. Sin embargo, la visión desoladora que tengo de la condición humana, les prometo, no va a influir en el semblante del presente relato. Vale.” 

De todas maneras, Rubén Eduardo se encarga con calculado disimulo en la intimidad de la narración, de dejar caer las gotas de desconsuelo sobre el desdichado estado de la vejez la cual compara con “una tristeza postcoito de nunca acabar” (Pág. 63) Él es el polo a tierra que nos recuerda que en el final de nuestro destino se encuentra el ser para la muerte, mientras su ahijado (Gerardo Antonio) vuela todo el tiempo como papalote al cual le han cortado la cuerda que lo ata a la tierra. Total, al parecer el único personaje centrado y ecuánime viene siendo el viejo narrador quien a pesar de su abatimiento sentimental y su anarquía conceptual, lleva la batuta de tan singular tragicomedia.

La valoración de la mujer sale muy bien librada en la saga. Allí se reconoce con valentía que los hombres son los blandengues y las mujeres las recias. En efecto, se exalta el don natural de las féminas para crear, amparar y conducir al hombre en su masculino rol de consorte y compañero de camino. Las vírgenes del santoral católico ( La Chinita, La Concepción, la Coromoto, etc.) siempre aparecen en los distintos lugares asumiendo su condición de patronas tutelares que ejercen su función de cobijo y resguardo sobre las frágiles criaturas, lo que hace justicia en su referente externo con el imaginario popular de la creencia latinoamericana.

La mamá de Gerardo Antonio, madre soltera, muestra su temple en las decisiones que debe tomar, es siempre el bálsamo con olor a sándalo que cobija a su hijo donde quiera que éste vaya y asume su condición de lesbiana sin vacilación alguna. Lisandra, la esposa de Gerardo Antonio es la prolongación de la madre del protagonista en cuanto a la protección y vigilia que le brinda y engendra el símbolo de la feminidad total valga decir el prototipo de la hembra telúrica y raizal, elemental y cósmica, en fin el sedimento en el que se percibe con plenitud el verdadero bouquet de la vida. Su potente afirmación a la existencia se consolida con el ejercicio sexual a veces un tanto hilarante y cómico cuando confunde y mezcla el Tantra de la cultura oriental de orientación armónica y totalizante, con la práctica erótica de la cultura occidental de cierta inclinación thanática.

 Mara, su amiga del barrio Teusaquillo de Bogotá, es un personaje etéreo y conceptual. Es un pozo de ingenuidad y de bondad, incorruptible y sin pecado original, es la excepción a la sentencia de Rousseau quien dice que “... el hombre nace bueno pero la sociedad lo corrompe...”. Ella transgrede ese destino y se eleva —como la flor de loto flota sobre el río sin mojarse—sobre las miserias de nuestro tiempo. Diáfana, casta, transparente y  muda, migra de una ciudad a otra dando testimonio de desprendimiento y tolerancia.

 Su prima Eugenia, nacida con vocación histriónica, nos ilustra a partir de su puesta en escena de comedias caseras en el comienzo de su carrera y más tarde con obras como Las Sillas de Ionesco (Pág.79[Eugenio Ionesco 1909-1994]) y hasta en su propio monólogo de la mujer liberada (Pág. 77) la posición conceptual del autor sobre los  temas de lo absurdo y de la liberación femenina que tanta fuerza tuvo durante los años sesenta y setenta más aún cuando trae a colación la declaración del llamado “Manifiesto de las 343 sinvergüenzas” sobre el derecho al aborto y firmado por Simone de Beauvoir y Marguerite Duras entre otras, en abril 15 de 1971 en París. También aprovecha el autor la voz de éste personaje para filosofar sobre la tiranía del Yo y la función liberadora de la despersonalización a través del teatro.

 El maestro luciano, liliputiense de postín y su corte de enanos que salpican el texto narrativo a lo largo de sus 289 páginas y además con presencia ficticia en las dos novelas, puesto que también aparecen en la fábula que escribe Gerardo Antonio, llenan de alegría simple y de gracia el ambiente de la saga, a la vez que le dan un toque surrealista donde se une lo irreal con lo posible y que además conecta con un mundo de fantasía que trastoca la realidad plana de la historia con la complejidad de los mundos subconscientes. Se trata de desrealizar la realidad o mejor, de enriquecerla al integrar toda esa parafernalia de personajillos que en el imaginario popular deambulan libres. Los gnomos y los Erlkönigs de la mitología nórdica; Rigo, el hijo enano del comandante Tirofijo, Roselino el pequeño donjuan de Galicia y de América, en fin, los hombres de minúscula estatura son los sucedáneos de los héroes clásicos, llamados a emprender las grandes empresas. La tragedia comienza cuando los magnos ideales de la humanidad son puestos en manos de los más pequeños y frágiles. No es otro el sentido de imponer, paradójicamente, al enano Luciano la tarea de conseguir LA PAZ DEL MUNDO (ver Pág.25) a partir de su megaproyecto sobre la ciudadela del futuro.

 Llama la atención la variedad de temas que abarca El último romántico a partir del principal que no es otro que el SENTIDO DE LA EXISTENCIA. El argumento y la conceptualización de los personajes, elaboran en ágil telaraña tópicos de corte psico-social, cultural y político-filosófico, siempre persiguiendo el medio justo aristotélico de montar un escenario donde conviven en balance sostenido lo humorístico y lo serio, lo cómico y lo dramático, lo anodino y lo trascendental. Si bien es cierto que el personaje central muere de amor ante la muerte inesperada de su amada, final romántico por excelencia, el autor trabaja un sinfín de subtemas ya sea utilizando el subgénero de la ficción transgresiva (ver carta de Sarah a Gerardo Antonio) o planteando la validez de las experiencias místicas como en el caso de las cuevas del Guácharo en Monagas o el de la ingesta de hongos alucinógenos en los alrededores del río la Miel de Cundinamarca.

El sentimiento de desolación ante la vejez la contrapone con el mito de la inmortalidad. Denuncia la paulatina muerte simbólica de la literatura y de la poesía, de la lectura y de los libros de papel debido al posicionamiento de la sociedad de consumo que como criterio global de comportamiento impone lo utilitario sobre lo lúdico. Sin embargo antepone principios y conductas salvadoras que subterráneas y silenciosas corroen las entrañas del monstruo tales como lo son en efecto, el principio Holístico de unidad, o el Gen Moral que empuja al hombre hacia la bondad, o la fuerza Andrógina que acaba con las contradicciones psicológicas de la pareja al derribar el muro que separa y a veces hasta enfrenta la dualidad de lo femenino-masculino.

Como en la novela romántica, también la naturaleza y el color local, el aire y la sensación de época, la atmósfera provinciana, el elemento telúrico y el terruño con sabor a paraíso del paisaje latinoamericano juegan un papel de personajes que se integran con el ambiente general de la narración. Las descripciones soberbias sobre la isla de Los Roques y desembocadura del río Orinoco, los alrededores del lago de Maracaibo, la plaza de Bolívar de Caracas de los años setenta, Las cuevas del Guácharo, la Colonia Tovar, en Venezuela; de igual manera los cuadros de ambientes como los de Tunja y Manizales, los de la Bogotá de los años sesenta y la reminiscencia de décadas anteriores cuando el bogotazo y de las remembranzas de la Santafé colonial, dialogan con las frescas voces de los contertulios embriagados de sabor a monte y desmesura.

En definitiva, los personajes ficticios de la trama interior de las dos novelas, la que narra el librero retirado y la que narra el personaje principal Gerardo Antonio, desarrollan su acción al comienzo, de manera independiente y separada pero luego se vincula una historia con la otra y los personajes de la primera se entremezclan con los personajes de la segunda y estos con personajes “reales” del entorno exterior lo cual deviene en una mixtura entre ficción y realidad, de verdad y de verosimilitud, típica de la técnica y de las tendencias estéticas de la postmodernidad. Si adicionamos a lo anterior el papel activo del lector quien ya no es más un espectador pasivo de la trama sino que se le da un espacio de participación y juego al ser integrado como un elemento literario adicional del relato y con el cual el narrador dialoga y pregunta, entonces completamos el cuadro narrativo en donde nadie escapa de ser convertido en ente de ficción. Sumémosle a todo esto la filia que el autor demuestra por los libros al incluir muchos de ellos como referente vertebral de la trama, a la vez que rinde un homenaje al mundo de la literatura.

Si fuera del caso ubicar esta novela dentro del ámbito de la narrativa que se está produciendo en esta década en los países latinoamericanos, habría que señalar justamente que constituye una muestra típica de esa nueva búsqueda individual de originalidad y a la vez de universalidad que persiguen nuestros narradores, muy propia de la nueva  corriente que nace al desprenderse de la doble tendencia que unificaba a la llamada literatura latinoamericana: la línea barroca de lo real maravilloso y del realismo mágico y la línea con preeminencia de lo ideológico sobre lo literario. El énfasis corresponde aquí, a la disposición de superar los muros de la nacionalidad en la búsqueda de lo transnacional al estilo de la idea de Roberto Bolaño en la cual para el escritor la patria la constituye su biblioteca.

Sin lugar a dudas, el estilo narrativo del escritor José Díaz-Díaz es totalmente experimental y vanguardista. Allí coexisten y se mixtifican los géneros y subgéneros literarios, donde el lenguaje pareciera liberarse de esa camisa de fuerza que lo encasilla y refrena. La Historia parece ficción y la ficción, Historia, en la que se confunde deliberadamente la imaginación con la realidad, resultando de todo este cruce de espacio, tiempo y lenguaje; de voces polifónicas, de artificios, símbolos y apariencias, una amenísima tragicomedia de ritmo cinematográfico que atrapa y conmueve simultáneamente, flanqueada por un aliento poético que transpira la obra a través de sus páginas y de un dominio del idioma en el cual conviven  el coloquio y el habla regional con el uso de un lenguaje elaborado  que seduce al lector más avezado.

Por el elevado tono y la sensible percepción de una época que acusa una doble moral inocultable, logrando con éxito  traducir su problemática a un lenguaje narrativo de parodia y síntesis esencial, el escritor José Díaz-Díaz nos está indicando que se encuentra en el camino justo donde la narrativa actual se topa de frente con la veta que nos lleva a interpretar válidamente, con las herramientas de su propia estética, al confundido y alienado hombre de hoy.

 

 
Ultima modificacion el Martes, 22 Abril 2014 21:16

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