La patria vivida y la patria soñada

Lunes, 21 Abril 2014 00:00 Escrito por  Publicado en Notas literarias Leído 1085 veces

Por Janiel Humberto Pemberty

Cuando después de diez años volví a ver el cielo, las montañas, la ciudad y los rostros amados de toda mi vida, recordé que el poeta austriaco Rainer María Rilke, palabras más, palabras menos, dijo que la patria es la infancia. Su intención, creo, era conciliar dos elementos fundamentales de nuestro trasegar como seres humanos y ponernos ante una visión humanista de un concepto que los políticos, los fuertes y los intereses económicos, usan impunemente para perpetuarse en el poder o para justificar sus guerras, sus invasiones y el despedazamiento de naciones y territorios.

Y lo hizo porque quizás no hay nada tan entrañable como la patria y nada tan maravilloso como la infancia. Y parangonar la patria con la infancia es situarla en el territorio de lo mágico, del asombro, del juego y la alegría. Y es no situarla tan solo en un territorio delimitado por otras tierras o el mar, sino, sobre todo, en el territorio del corazón donde se hace poesía, fraternidad, solidaridad, compasión y justicia. Porque la patria no debe ser solo un cuerpo de ideas o un mapa a defender cuando fuerzas hostiles pretendan vulnerar sus derechos, ni debe tener pretensiones de superioridad ni afanes de dominio sobre otros, razones tan utilizadas para hacer las guerras, sino el espacio insondable donde reposamos con todos nuestros sueños, todos nuestros logros y fracasos y donde cabemos con todos lo que amamos.

Cuando, como decía, después de diez años regresé a Colombia, mi país, y a mi terruño, Medellín, y vi que la ciudad toma del cielo lo que le falta de tierra con torres y torres levantadas sobre las cuestas más empinadas, comprendí que desde el día que partí comencé a elaborar un tejido que me permitiera construir el hombre de la diáspora sobre el paisaje y el hombre que fui y para que pudiera recordar sobre el mapa de la nueva ciudad, la ciudad que había dejado. Para no perder el hilo de los recuerdos y volver a encontrarme en mi lugar de siempre, más allá de todas las lejanías, de todos los azares, los paisajes, ideas, amores y sueños que pudiera ofrecer el éxodo a mi corazón.

Muchos de quienes me conocían creyeron que mi partida tenía la pretensión de alcanzar el sueño americano, pero la verdad es que me empujaban un pesado fardo de deslealtades contra el amor y un desasosiego interno que no había logrado superar a pesar de ser muy mayor, de mi matrimonio y del amor de mis hijos, de mi familia y de tantos amigos.

Algunos días después de mi llegada a Nueva York, símbolo de un país construido por otra cultura, en el que predomina otra lengua y residen gentes llegadas de todo el mundo, entendí mi nuevo nacimiento y que estaba unido a la madre que había dejado por el cordón umbilical de la memoria. Memoria que con los días se fue convirtiendo en un sueño vivido en un país hermoso, casi inalcanzable, en el que había sido feliz, infeliz y había amado y sido amado, pero que me tenía ceñido a todo lo que había sido y me había dado todo lo necesario para lograr lo que podría ser. Y me volví terreno fácil para la nostalgia. Pero por esos azares del destino, gracias a una descuidada inclinación literaria que de todos modos me había dado rudimentos de escritor, todo ese sueño lejano comenzó a transformarse en historias que trasladaba al papel con alivio. Y de pronto, una mañana, tuve la feliz revelación de que la escritura me había devuelto la patria que dejé al partir.

Ahora tengo dos patrias: la vivida, que rescaté cuando regresé a mi país, y la soñada, que reencuentro en mis libros, y que me confirmó el escritor español Francisco Ayala cuando dijo que “La patria del escritor es la lengua”.

Ultima modificacion el Martes, 22 Abril 2014 21:06

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