Un juego que no suma cero

Jueves, 15 Mayo 2014 00:00 Escrito por  Jaime Basagoitia Publicado en Notas literarias Leído 958 veces
Manuel Francisco Ayau Cordón (1925 – 2010) Manuel Francisco Ayau Cordón (1925 – 2010)

Gracias a la generosidad de uno de los miembros de Bookandbilias me he permitido escribir mi opinión sobre uno de los libros que más recientemente he leído. Cuando le insistía a mi amigo que mi entendimiento de literatura universal, y no digamos latinoamericana, es muy pobre, y que no tenía nada que hacer en un blog como Bookandbilias, su respuesta fue: “El nombre del blog es bookandbilias.com y es para expresar todo tipo de análisis y opinión relacionados con libros de interés general”. Bajo esa premisa me atrevo a escribir, esperando que sus habilidades editoriales me hagan el favor de no caer en el ridículo. 

Recientemente realicé un viaje de placer y negocio a la república de Guatemala. Luego de cumplir con mis obligaciones y visitar la bella ciudad de Antigua, retorné, junto con mi esposa, a Ciudad Guatemala. Sin tener ningún plan en particular ese día, le dije que fuéramos a visitar la Universidad Francisco Marroquín. Sabía yo de esta universidad por uno de sus socios fundadores, tal vez el más importante, el ingeniero Manuel F. Ayáu. 

Mi esposa me dio gusto y la visitamos. La universidad cuenta con tres museos: El Museo del Popal Vuh, donde está la historia  del Imperio Maya, el Museo de Ixchel, que trata sobre los trajes indígenas de Guatemala −como hecho interesante, cada pueblo indígena del altiplano de Guatemala cuenta con su propio patrón de tejido−; y finalmente, con el Museo del lienzo de Quauhquechollan. Por la limitación de tiempo y además porque realmente era el que más me llamaba la atención, decidimos visitar este último. El lienzo, como cosa rara, narra la conquista de Guatemala por los españoles desde el punto de vista de los indios mexicanos. Los mexicanos formaron una alianza con Jorge de Alvarado y conquistaron a Guatemala juntos, cambiando para siempre su genoma histórico y enriqueciendo aún más su cultura. 

Luego de visitar el museo caminamos por los predios de la Universidad visitando sus edificios principales, el Centro Estudiantil y su Biblioteca. Fue allí donde pude comprar varios libros, tres de ellos del ingeniero Ayáu y una querella histórica de Francisco Pérez de Antón sobre “Marroquín y Las Casas”, personajes de la de la conquista española. 

¿Por qué mi interés en la Universidad Francisco Marroquín y en particular por el ingeniero Manuel F. Ayáu? El señor Ayáu es un personaje latinoamericano contemporáneo con una herencia cultural y económica como pocos he conocido. Supe de él en mi temprana adolescencia gracias a mi Padre, que de alguna forma recibió una pequeña historieta de algún amigo, me imagino. La historieta no fue escrita por el ingeniero Ayáu sino por otro autor, pero sí publicada por la Universidad fundada por él. El prólogo fue escrito por el señor Ayáu. La historieta es una autobiografía del “lápiz” y  es una metáfora que muestra el “milagro” de los mercados.  

Entre los libros que compré está Un juego que no suma cero, una obra de menos de cien páginas. Su tema es explicar, en términos de fácil comprensión, cómo se organiza una sociedad alrededor de una economía sin que la misma esté dirigida por un comando central. Esta libertad, mediante la cual compradores y vendedores pueden intercambiar bienes y servicios sin coerción, crea riqueza y progreso para los participantes y para la sociedad en general. Los principios de esta economía libre, que son pobremente entendidos y severamente atacados por la clase política e “intelectual” actual, son el respeto a la propiedad privada, la división del trabajo en etapas y las ventajas comparativas de cada uno de sus generadores y consumidores. Dichos principios son la esencia de la economía liberal, en la interpretación original del término, propuestos por el gran economista austríaco Ludwig Von Mises. 

El título del libro, Un juego que no suma cero, tiene que ver con la opinión errónea que los políticos y muchos académicos tienen en la actualidad sobre las economías libres. Hoy día, se educa a la juventud ensenándole que la riqueza de unos se hace a expensas de otros. Que la riqueza es un recurso limitado y que por lo tanto no es para todos. En Estados Unidos se utiliza comúnmente el ejemplo del pastel para mostrar cómo “funciona” una economía libre. Los “ricos” toman más pedazos del pastel y dejan poco o nada para los otros. Irónicamente, es todo lo contrario. La libertad económica, fundamentada en los principios del ingeniero Ayáu, a saber: respeto a la propiedad privada, división del trabajo y el principio de las ventajas comparativas, enriquecen y traen progreso tanto a las partes participantes como a la sociedad en general.  

Retornando al ejemplo del pastel, en el caso de las economías libres este es un pastel que se expande, un pastel que no tiene límites. Un pastel mágico. Entre más riqueza se crea, más riqueza hay para todos. El libro utiliza el ejemplo de dos individuos para explicar los tres principios de la economía libre. Se concentra mayormente en dos de ellos: el principio de la división del trabajo en etapas −que consiste básicamente en dividir las diferentes fases de fabricación de un objeto o del proceso requerido para la prestación de un servicio−, y el principio de la ventajas comparativas, que consiste en que todos, siendo diferentes, sobresalimos por tener ciertas habilidades sobre los demás. Y estas habilidades −ventajas comparativas−, nos ayudan a alcanzar y procurar mayor riqueza. Aquel que tiene ciertos atributos puede utilizarlos con mayor efectividad. Por ejemplo: una persona que tiene facilidad para la cocina, pero no para la carpintería, puede vender sus servicios culinarios y con sus ganancias, mandar a hacer el mueble que quiere y que no puede construir por sí mismo. El carpintero a su vez, puede utilizar los conocimientos del chef para la boda de su hija. Ambos ganan y crean alrededor de ellos mayor riqueza y progreso. La división del trabajo por etapas consiste en un principio simple: el tiempo que tomaría al carpintero salir a comprar el material, medir y cortar, pegar y armar, pulir y pintar, puede ser acelerado con la contratación de una o dos personas y la delegación de ciertas funciones, lo que le permite construir más muebles y por ende “vender” sus servicios a un mayor número de personas a mejor precio. Los trabajadores, a su vez, se benefician de tener una plaza de trabajo, y si al carpintero le va bien, de poder pedir un aumento de salario. Para la sociedad en general, el beneficio es tener mayor número de personas empleadas y una mejor calidad de vida para sus ciudadanos. Estos principios, junto con el respeto a la propiedad privada, han sacado de la pobreza y la miseria a millones de personas. 

Adam Smith fue el primer economista en escribir sobre ellos. Comienzaron a aplicarse en Inglaterra a finales del siglo XVIII, pero tomaron su mayor empuje en la nueva  formada nación de los Estados Unidos a principios del siglo XIX.  Nunca antes en la historia de la humanidad ningún país o grupo de personas ha creado tanta riqueza en tan corto tiempo como lo han hecho hasta ahora los Estados Unidos. Hoy día, la economía americana es un magneto que atrae a miles de emigrantes de todo el mundo. Muchos de ellos ponen en juego hasta sus vidas por una oportunidad económica  mejor que la que tienen en sus países natales. Aquí está la muestra del éxito de dichos principios económicos. 

¿Hasta cuándo podremos continuar aplicándolos? Eso dependerá de la educación y la moral de los votantes. Actualmente se encuentran en retroceso a causa de regulaciones excesivas, impuestos y confiscaciones por parte de los gobiernos. Las economías modernas son cada vez menos libres. Los gobiernos actúan como “Comandos  Centrales” y deciden quién va a ganar y cuánto. 

Tanto los políticos como la clase intelectual son “enemigos” de la simplicidad de estos principios. En mi opinión, la razón de su desagrado es pura vanidad. La sencillez y eficiencia de los principios económicos que presenta el libro no necesitan de economistas, sociólogos, intelectuales o de políticos para existir. No necesitan que nadie esté al mando. Nadie. Lo único que necesitan es libertad.  

Aquí, amigos lectores, está el reto de nuestra generación. Retornar a un mundo en donde solamente la elites gozaran de la riqueza y decidirán a “punta de dedo” quienes serán ganadores y quienes perdedores, o defender una economía libre a través de la educación propia y la de los demás. Si el lector quiere conocer más sobre estos temas, lo invito a que visite www.elcato.org   

Ultima modificacion el Miércoles, 27 Agosto 2014 23:32

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