La Historia y la Literatura se han mezclado, coadyuvado y viajado de la mano.

Viernes, 29 Agosto 2014 00:00 Escrito por  Hernán Orrego Publicado en Notas literarias Leído 607 veces
Hernán Orrego, Escritor Hernán Orrego, Escritor

La tecnología electrónica en la que navega el mundo actual ha llevado a límites asombrosos la necesidad de comunicación de los seres humanos. El hombre primitivo quería hacer partícipes a los otros de sus sentimientos, pasiones, deseos y temores frente a los múltiples peligros que lo acechaban y se valía de gruñidos y sonidos guturales que emanaban de sus cuerdas vocales aún no perfeccionadas. Con ellos expresaba estados de ánimo y emociones. 

Cuando nació el lenguaje el hombre dio un paso evolutivo trascendental y se tornó aún más sociable porque el lenguaje le permitió expresarse en forma completa y compleja. Y en adelante se unió a los demás frente al peligro como siempre, pero de manera más inteligente y ordenada. El lenguaje oral creó la necesidad del lenguaje escrito, del registro, de la Historia. Y el hombre empezó a contar sus impresiones en piedras, árboles, en la piel de animales, en papiros y nace la Literatura. Gracias al lenguaje escrito, la comunicación se convierte en el vehículo en que viajará el desarrollo de la humanidad. 

Historia y Literatura se han mezclado, coadyuvado y viajado de la mano. La Historia ha sido la mejor maestra que ha tenido la humanidad. De no ser escrita desconoceríamos a nuestros antepasados, sus logros, frustraciones y estaríamos repitiendo sus errores. 

El escritor peruano Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura, relata que en 1958 participó en un estudio con el matrimonio de antropólogos suecos, Wayne y Betty Snell, en una sociedad primitiva del Perú amazónico. Los aborígenes recibieron con gran entusiasmo a los antropólogos, que se ganaron su confianza hablándoles en su lengua y colmándolos de regalos. Los estudiosos pudieron vivir entre ellos adaptándose a sus reglas y costumbres. Tuvieron que comer sus alimentos y vivir desnudos como ellos. Todo parecía andar perfectamente bien hasta que un día la tribu amaneció alborotada. Los antropólogos notaron que ese día no querían a los intrusos con ellos porque esperaban una importante visita. La vista de el hablador. 

El hablador era un personaje mágico que venía de otra tribu a contarles historias. Era escuchado con mucho respeto. Con sus relatos él los liberaba de la vida rutinaria, los transportaba a otro mundo. A un mundo de fantasía, de ilusiones, a un universo mayor del que ellos conocían. Un mundo sin límites. 

Los aborígenes sabían que muchos de esos relatos eran inventados por el hablador, pero se dejaban llevar por ese mundo de fantasía, que para ellos era mejor que el mundo real del que se liberaban en ese momento. Para la tribu, los relatos ocupaban un lugar preponderante en sus vidas. 

Había nacido la necesidad de soñar. De vivir otra vida, una vida escogida. No la que el individuo tenía que vivir porque nació limitado. Luego nació la insatisfacción, que hizo que el hombre se revelara a la realidad, y esto creó la voluntad de luchar por transformar la vida.  

El contador de historias crea una vida de ficción paralela a la verdadera. Le pone colores, la pinta, la corrige, la orienta, la complementa o la contradice. Cuando la narración aparece en forma escrita nace el cuento, la poesía, la crónica, la novela. Dicho en otra forma, nace la literatura formal. 

El hombre encuentra en la literatura, no una copia de la realidad, sino la fantasía que le falta a la vida. Esa fantasía que quisiera que la vida tuviera y que por no tenerla se decide a inventarla. La ficción es magia, inconformidad, rebeldía. Sin ficción el hombre no sería libre. La ficción llega a aplacar sus miedos. Con la ficción el hombre puede escapar de sus frustraciones, a realizarse y también a burlarse de la vejez y vencer a la muerte. La ficción no tiene límites, puede vivir el amor, el odio, la bondad o la crueldad, todos los excesos. 

La sociedad siempre ha encontrado vías alternativas para disfrutar de las artes, las técnicas y también de la ciencia. Los pintores del Renacimiento plasmaron en sus obras algo más que arte: nos regalaron Historia. Por ellos supimos cómo eran sus contemporáneos, sus palacios, sus obras de ingeniería, sus barcos, sus conquistas, sus armas. Las hazañas, las grandes batallas, las coronaciones de reyes, los complots, los asesinatos, etc.  

Las novelas de caballería describieron con lujo de detalles cómo se vivía en los palacios y en los campos. Los amoríos y las traiciones. Detrás de los personajes y de la trama, nos dijeron qué sentían los poderosos, los reyes, los asesinos, los serviles, los esclavos, los triunfadores y los derrotados. A través de esas novelas aprendimos lo que la Historia no dice por considerarlo intrascendental.  

Las obras del Teatro Español son verdaderas crónicas de épocas que conocimos mejor gracias a talentosos actores y actrices. Ellos recreaban en las tablas lo que ocurría en las casas de la gente común. Los personajes en escena recreaban pormenores de la convivencia en la época.  

Entre los diversos subgéneros literarios de las últimas décadas se ha impuesto la novela histórica, que han abrazado miles de autores y ha cobrado una especial relevancia. La novela histórica derivó en la novela de ficción-histórica.  

La novela histórica juega un papel preponderante en la sociedad moderna. Por su creatividad libera al escritor y al lector de las normas cerradas de las épocas que recrean. Les permiten nacer de nuevo con los personajes y los hacen dueños de sus vidas. El relato histórico, desde los poemas homéricos a las producciones cinematográficas, no solo entretiene y deleita sino que enseña una Historia paralela a la de los fríos textos de estudio. La novela histórica es El hablador que regresó  a cumplir una doble función: estética y didáctica.  

 

 

 

Ultima modificacion el Viernes, 29 Agosto 2014 22:13

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