Trascendencia y realidad en La música del olvido, crónica de la encrucijada de la violencia colombiana

Viernes, 29 Agosto 2014 00:00 Escrito por  Constanza Reverend Publicado en Notas literarias Leído 808 veces

La música del olvido de Janiel Humberto Pemberty (Book&bilias, 2012) es una re-visión al interior del conflicto humano de los grupos más desamparados causado por las diferentes formas de violencia en Colombia. Al darle rostro a la tragedia individual se busca la raíz del problema social desde el origen, para mostrar hasta qué dimensiones ha afectado a la familia colombiana como núcleo mismo de una sociedad que viene a ser su reflejo.

Al contrario de la novela donde la narración es un testimonio dominado por el punto de vista del narrador, quien es parte de la historia, en esta novela se profundiza en el fenómeno de la violencia en el mundo infantil y sus graves consecuencias de desestabilización social. No hay un diálogo intimista con el lector, quien “presencia” el desarrollo de los acontecimientos, que como un diario con bitácora temporo-espacial, pasa por alto la empatía, para informar y dar a conocer los hechos sin ocultar ni disimular la dimensión del absurdo del espectáculo humano de un dolor innecesario, evitable.

La novela es, de hecho, una reflexión sobre la crisis social que se remonta al período de la Violencia en Colombia de los años 40, la cual suscitó cambios radicales en el curso político y ético en el país y minó los ideales de la clase media y baja que quedaron supeditados al concurso funesto de grupos de poder. Estos manejaron el concierto político nacional por muchos años creando cada vez más tensión con la oposición, entre quienes se destacaban facciones de izquierda que motivaron la formación de la guerrilla cuya acción se enfocaba en los enfrentamientos continuos contra el Ejército y los terratenientes en el campo. Estos últimos, ayudados por los narcotraficantes, quienes irrumpían en la desestabilización política de la nación, provocan la creación de grupos contraguerrilleros paramilitares que vinieron a complicar el panorama social, económico y político, cuyos resultados  aún se viven, sumiendo al país en un caos de repercusiones humanas importantes que cambiaron no sólo la visión del mundo, sino la ética de los colombianos dejados en el desamparo, la inseguridad y la inestabilidad. Esta lucha fratricida la mueve la búsqueda del poder sobre la tierra y del dinero.

Sentado en una pendiente de su parcela, de frente al sol que declina, Pedro Pablo Tamayo Osorio, el abuelo de Olimpo, escudriña con ojos inquietos la lejanía. Teme que otra vez la guerra, que agrieta a los hombres y se sacia con sangrientos trofeos, doblegue la hierba y toque su puerta (…) Nada en ese aire atardecido recuerda el fragor con que sus mayores enfrentaron a los bandidos en tiempos de la violencia política bipartidista, porque no queda un grito de su épico esfuerzo por defenderse del acero que segó sus vidas y el ámbito de hoy tiene la misma resonancia hueca del silencio. Pág.24

La música del olvido muestra la cotidianidad de la violencia que acecha a los personajes constantemente y que afecta a la ciudad y al campo por igual, estos que siempre han sido mundos paralelos, con realidades distintas y con diferencias esenciales en comportamiento y forma de relacionarse al medio, como muy bien se entiende en las historias de la novela, vienen a enfrentarse en la tragedia de la cual son protagonistas dos niños, Andrés-Desquite, el de la ciudad, y Olimpo, el campesino, cada uno víctima de una u otra forma de violencia.

Para Andrés, la muerte del padre asesinado sin razón en la calle y la incapacidad de la madre de superar el miedo a enfrentar la vida sin pareja, en una constante búsqueda de compañero que la lleva a establecer una relación con un hombre agresivo que maltrata al adolescente, constituyen las bases de la huida del núcleo familiar y la búsqueda en la calle de una forma de desquite  social ante su impotencia y el desamor de su madre, de allí el apodo que lo acompaña como una máscara y cuyo papel lo lleva al crimen del novio de la madre y luego al asesinato de Olimpo; más tarde el lector se entera por Eloísa que a raíz de haber matado a Perico, el niño bien entregado a la droga en la calle, muy seguramente Andrés ha sido asesinado también. Las escenas callejeras demuestran la pérdida absoluta del valor de la vida y del sentido de futuro en la niñez desamparada. Nadie los ve, no importa su destino, son material de desecho en una sociedad enferma donde la disfuncionalidad, carencia de amor y respeto convierten el individualismo, base de la ética capitalista urbana donde todo se compra por un precio, –como se muestra en la novela cuando nadie vende a Olimpo porque no tiene lo suficiente no importa que tenga hambre– en una enfermedad crónica cuyo principio es el egoísmo como forma de violencia: nadie se compromete con el dolor o la necesidad ajenos.

Para el niño campesino, la víctima inocente del drama social, la abrupta ruptura a que es forzada la familia al huir del campo, donde él es cuidado y amado, la muerte del abuelo o pérdida del mundo patriarcal, la persecución absurda de Ramón, el sicario a sueldo del oscuro personaje con intereses políticos y vínculos con la droga, pone a Olimpo en la situación vulnerable de ser un niño perdido en un medio nuevo donde es invisible y está a la merced de lo inesperado y nefasto, imposibilidad de ser que acaba inevitablemente en la locura y la muerte.

En la novela la visión del mundo del desencanto y de la falta de esperanza de las generaciones de finales de siglo, quienes no veían futuro ni cambio, entra en conflicto con la esperanza de la continuidad: “Y bueno la vida continua, ¿no? Somos tan efímeros…” (pág.232), dirá Eloísa al hablar con Concepción, sin saber que ellas dos son el comienzo positivo, la otra oportunidad que debe superar el horror de la muerte de sus seres amados, el hijo de una, el amante de la otra.

La música del olvido evalúa críticamente este período de constante violencia y desestabilización social con un enfoque existencial distinto donde se asume la trascendencia como una conciencia organizadora del mundo a través de las fuerzas contrarias del bien y el mal, contexto donde el hombre es un personaje contradictorio a quien le toca representar, en el teatro del mundo, un doble papel en su búsqueda de amor y de poder. Lucha de fuerzas contrarias que definen su vida y cuya resolución es la muerte misma: “Y es su potestad disponer, si dentro de esa trama, a pesar de nuestra voluntad y nuestro esfuerzo, seremos vencedores o perdedores, verdugos o víctimas”, se afirma en la frase epílogo que da el tono de inevitabilidad que marca los hechos trágicos a lo largo de la novela.

La existencia de un destino organizado por un “Tejedor de la Vida” es un marco espiritual en donde el ser para la muerte de la tragedia humana viene a cumplir con su papel. No obstante, frente a este determinismo divino que no permite cambiar la vida, a pesar de la lucha interior del personaje mismo, que puede esgrimirse como una excusa para quienes vienen a ser los verdugos y victimarios, se presenta en contraposición al determinismo histórico de la inestabilidad de la familia de donde el niño quiere salir porque no se siente protegido ni guiado. Ya en medio del desamparo de la calle, el pequeño tiene que dejar de lado la inocencia, debe crecer en la incertidumbre y sucumbir a las reglas de ese mundo inhóspito donde el vicio, el crimen y la ley del más fuerte imperan.

  Los límites entre la realidad física y el mundo espiritual se pierden, el abuelo muerto se despide en el sueño de Olimpo y presagia la proximidad de su encuentro, como un aviso del asesinato del pequeño; Eloísa, la amante de Andrés, tiene percepciones extrasensoriales que le permiten intuir el peligro; este pre-conocimiento muestra cómo los personajes oscilan entre las dos instancias divina y humana, espiritual y física.

Dentro de la trama que se crea gracias a un manejo narrativo complejo, el lector de la crónica periodística urbana y de la historia del campo es obligado a enfrentarse al verdadero horror de una violencia que se le encara.  Las acciones y sus resultados son causas y consecuencias del destino donde todos están relacionados y del cual nadie puede huir, nadie es un simple espectador ni siquiera el lector mismo: todos somos parte de esa historia del desapego, aun cuando pensemos que la hemos olvidado. De hecho, el sentido de la novela es no dejar olvidar.

 El narrador del mundo urbano es Desquite, la máscara antisocial de Andrés, quien cuenta al periodista por qué se vuelve un niño de la calle: “Y si me meto en la tarea de contarle mi vida, ya que tan interesado en conocerla lo veo, no es para buscar perdón ni para dármelas de héroe, sino para quitarme de encima las cargas de conciencia que la confesión redime” (pág.13). El recurso de la crónica social se alterna con la historia que un narrador omnisciente cuenta acerca de una familia campesina que ama y vive de su terruño y que por la violencia y el acoso de la guerrilla, del Ejército y de los paramilitares, se ve desalojada de su propiedad y en la necesidad de huir a la ciudad para evitar la muerte. Esta historia “ficticia” es la realidad de miles de desalojados que llegan a engrosar las filas de la mendicidad y de la economía informal en las grandes ciudades, quienes no tiene a dónde ir ni a quién recurrir. En esta narración se mezcla la voz poética con la descripción descarnada de una violencia sin límites. A su vez los diálogos de los personajes sumidos en el torbellino de la desesperanza y el acoso del peligro crean otro plano narrativo que muestra la calidad humana de muchos o la patológica carencia de escrúpulos o sentimientos humanos frente al otro del antisocial. En las reflexiones al interior de su conciencia o la carencia de ella, siempre se retorna al niño, a la imagen infantil de un mundo inocente, abierto, limpio y sin trampas quebrantado abruptamente por el horror, la injusticia y la muerte. Leopoldo Pulgarín el vendedor de helados a quien Olimpo, perdido en la jungla de cemento, pide un poco de agua reflexiona:

“¡Qué extraño! Hacía tanto tiempo que no recordaba al río manso, transparente, que atravesaba con mi papá por el puente de un solo tronco todos los días, de la casa al trabajo, del trabajo a la casa, cuando la vida era una risa.

La memoria tiene compuertas que fui cerrando con el mismo dolor que sentís niño, o tal vez mayor. Y ahora venís y las violentás sin mi permiso carajo, y aquí están otra vez mis padres y hermanos, que un tajo oscuro hizo desaparecer un día para siempre y que no me desapareció a mí porque buscaba leña en el monte (… )Ahora ya sabés por qué me estremezco niño ingenuo, niño de los bosques, y por qué se me encharcan los ojos con el agua mansa de los recuerdos”. Págs. 181-182

La característica poética que se le da al discurso de los personajes, es utilizada por el narrador omnisciente para hacer trascender la historia del plano de lo humano perdido del mundo hostil al de la belleza de un mundo ideal, lúdico e inocente que yace latente en la esperanza del cambio, del otro amanecer, del nuevo comienzo. La realidad del mundo equívoco frente al orden de un paraíso perdido no es una añoranza por el retorno, sino un planteamiento de la necesidad de recuperar el amor y la confianza de las nuevas generaciones, para que estas construyan un futuro mejor. El mundo de Concepción y Filiberto en la ciudad frente a la expectativa del nuevo bebé, en vínculo de apoyo con su compadre y amigos, es un planteamiento que entra en contradicción con el idealismo de la trascendencia, porque es, a su vez, una negación del titiritero supremo que mueve los hilos de los personajes al servicio de su imaginación y voluntad, en ese acto de adaptación y aceptación del futuro a pesar del dolor, la pareja corta los hilos invisibles del destino ordenado por otro, para caminar solos, por su propia cuenta en el mundo de los hombres.

Ultima modificacion el Viernes, 29 Agosto 2014 22:26

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