Flores para María Sucel, una reflexión sobre el exilio y la ética de la esperanza

Lunes, 01 Septiembre 2014 00:00 Escrito por  Constanza Reverend Publicado en Notas literarias Leído 904 veces

La novela del escritor colombiano William Castaño-Bedoya, Flores para María Sucel (Book&bilias 2013), es la historia de una familia del Viejo Caldas que emigra a Santa Fe de Bogotá en busca de un mejor futuro para los hijos y se halla sumida en el torbellino de la carencia económica, la descomposición social y la frustración humana. La historia es contada desde la perspectiva de uno de los hijos mayores que comparte con más intimidad los secretos del padre y los de la madre y desde su posición aparentemente sumisa al amor paterno (“Debo aclarar que todo esto me lo imagino y que ellos me perdonen tanta osadía, porque para mí son un par de santos y aunque tanto de mi padre como de mi madre llegué a ser muy buen amigo, hasta allá no llegó la amistad” pag.28) va revelando las acciones, contradicciones y errores de los personajes que conforman su familia.

El tema de la salida del terruño conocido hacia la capital no es nuevo en la literatura colombiana; de hecho, la desadaptación y la alienación frente a una sociedad donde prevalecen la descomposición social y la incertidumbre fueron la temática recurrente de la novela de la modernidad de los años 70 y 80, así como lo fue en su momento el análisis al interior de los conflictos y contradicciones dejados por la violencia en el país. La propuesta estética de plantear una voz que da testimonio de un hecho que bien puede ser autobiográfico pero que supera la experiencia personal para convertirse en una reflexión de una problemática social y espiritual que define un ser no solo colombiano, sino, en términos existenciales, universal es el rasgo que hace de esta novela un trabajo interesante y hasta en muchos aspectos narrativos complejo.

Cabe destacar en primer lugar la reflexión sobre los diferentes niveles de significación que adquiere el exilio como conflicto humano en la temática de esta novela urbana contemporánea, no solo como separación de la tierra o la familia conocida o autoexpatriación  del pueblo por motivos económicos y de honor, sino la mirada crítica de los factores existenciales que expresan una visión del mundo y una forma de comportamiento fuera de contexto, siempre opuesta al medio que condena al personaje a un sentimiento constante e insuperable de no pertenecer, de ser de otro lugar, de ser inadecuado. 

En Flores para María Sucel hay diferentes formas de exilio en el conflicto de los personajes entre sí y con relación al medio social. La expulsión de Gilberto, el padre, del hogar a manos de su mamá Sara define el camino de desarraigo de este personaje condenado a deambular por una vida de aventuras sin casa, sin familia y a merced de la amistad de las buenas personas de un mundo semiindustrial y cafetalero, en el lado de allá, y al abuso y el engaño de sus empleadores en el caos de la urbe, en el lado de acá. Desde otra perspectiva, está el exilio simbólico de Gilberto del núcleo patriarcal de su suegro el Sr. Elías cuando éste último descubre la infidelidad de su yerno, quien al ser descubierto y confrontado queda exiliado de su máscara social, sabe que ha fallado a los valores del núcleo familiar al convertirse en adúltero y decide llevar una doble vida sin el control social al llevarse a la familia a Bogotá con lo cual solo logra que su esposa e hijos se conviertan a su vez en exiliados de su medio social y afectivo cuando tienen que enfrentarse al horror de la miseria en la capital y mirar con añoranza la seguridad del mundo dejado atrás al compararlo con el anonimato y la indiferencia de la ciudad ajena, grande, inmanejable y de profundas diferencias de clase y de cultura. Además, el esposo infiel queda exiliado del amor y dedicación y credibilidad de María Sucel cuando esta descubre cómo la ha manipulado y ha pasado por encima de su amor ocultándole su aventura con Ofir. Por supuesto, está la salida de los hijos, de Tomás, quien se va al exterior al no hallar un futuro promisorio en el país, y de Maru, quien reniega de la familia y los valores porque los acusa de su fracaso y sale en busca de sus amigos los homosexuales y las prostitutas quienes pertenecen, a su vez,  a los grupos marginados socialmente. El exilio se ve como una aventura cuyo resultado puede ser el triunfo sobre el medio y el rescate de uno mismo y sus valores o, en donde, por el contrario, se corre el riesgo de perderse en el torbellino de los deseos incumplidos y la frustración, como le ocurre a la figura paterna de la historia.

 Los capítulos son un ir y venir entre el pasado de los padres, la infancia pobre y la reflexión sobre el sentido de la familia y la valoración de la historia compartida que el narrador recuerda en el sepelio de la madre –evento que inicia y termina el libro–, mundo anecdótico que este utiliza para ir entrelazando noticias del acontecer mundial o nacional, integrados en el diario vivir de los personajes que se sienten afectados por los sucesos políticos o religiosos que interrumpen la cotidianidad del pueblo o la vida azarosa de la metrópoli. De esta forma, amplía el panorama histórico que afecta directa o indirectamente a la visión del mundo de los personajes poniéndolo en interrelación con un contexto más universal: el caos y la sensación de inseguridad existencial que suscita la Segunda Guerra Mundial, la paulatina muerte de los sucesivos papas que implica cambios en la dirección de la iglesia judeo-cristiana, o de los gobiernos nacionales en una república bananera que apenas ha dejado atrás la mentalidad colonial, etc., demuestran que nadie es ajeno a la realidad y que esta no termina, en el mundo ya dominado por los medios de información masiva, en la historia personal, porque todos son espectadores y deben asumir una posición frente a esas circunstancias que determinan directa o indirectamente sus vidas.

–El mundo está tan convulsionado que apenas me aterro cuando detono las cargas… yo lo hago para destrozar peñascos pero los alemanes avanzan en tumulto y las detonan para destrozar a sus semejantes- comentó apesadumbrado y trascendental.

–Qué ironía. El mundo no ha parado de luchar –complementó mi abuelo apretando los labios por varios segundos

      (…) me parece que esta guerra no dejará sino desesperación esparcida por la tierra– agregó. Pág.59

La perspectiva de los profundos cambios sociales, históricos y económicos que van transformando no solo el acontecer nacional (subida o caída de los precios del café; cambio de una dictadura militar por un frente nacional aparentemente democrático etc.) define un pensamiento del desencanto importante en el mundo adulto del narrador. La felicidad y la sensación de seguridad parecen ser parte del pasado y solo le pertenecen al mundo infantil ajeno a la verdadera dimensión de una realidad siempre en contra de la familia (como representación de la sociedad descontenta); a su vez, el mundo de la certidumbre y la seguridad está supeditado a pequeños momentos de amor que son valorados y atesorados y se contraponen a la aterradora pobreza y a la impotencia del ser negado que no se siente acogido por su medio, ni respaldado, ni protegido. El aliciente del pensamiento religioso y la entrega al destino señalado por Dios impide que los seres se derrumben y les da resiliencia para continuar muy a pesar de que sus acciones, su integridad y su fe no cambien en absoluto sus circunstancias.

En el contexto narrativo se muestra un mundo que oscila entre la sumisión y la acción, entre la entrega pasiva a un destino demarcado por una voluntad divina y la reflexión que humaniza la realidad y le da un carácter histórico a los resultados de las acciones, que a su vez, se convierten en determinantes donde el hombre es algunas veces el autor y otras la víctima de su propia tragedia. Tras reflexionar sobre cómo el padre es el objeto de venganza de Elias, cuyo poder sobre Gilberto es absoluto, y es el amor prohibido de Ofir, hecho contra el cual el personaje del padre no quiere luchar y se deja manipular, el narrador expresa la contradicción al interior de la visión cristiana del determinismo divino: “pues aunque se diga que todo lo que pasa en esta vida sucede por mandato de Dios, a mis viejitos Dios les escondió la cara. Yo veo que a la larga el gran sufrimiento lo vivieron ellos dos porque nosotros nos abrimos camino a lo bien o a lo mal, eso sí, llenos de ese amor inquebrantable que siempre nos brindaron no importaba que nos acostáramos muertos de hambre” (Pág.27)

La novela enfrenta el desarraigo urbano, tema recurrente de la modernidad, pero muestra a la familia como un núcleo protector que da sentido y razón a los seres víctimas de esa forma de violencia social y económica de quienes buscan un sustento diario sin poseer las armas necesarias para entrar en la jungla de la ciudad grande. Sin embargo, el eje que mantiene la coherencia familiar es la imagen de la madre que adquiere dimensiones simbólicas por su capacidad de amor, de sacrificio, de entrega, de integridad y no el padre, personaje central, humanizado en su crisis, quien es el verdadero leitmotiv de la historia. Se le muestra como un hombre ingenuo, pueblerino y confiado que no aprendió a defenderse jamás en los términos y antivalores del mundo mercantilista donde la ambición está por encima de las más simples normas éticas. La fuerza de la maternidad es representada por María Sucel, quien tras casarse adolescente, dar a luz ocho hijos sin poder evitarlos ni protestar porque el Papa Paulo Sexto los consideraba “una gracia divina” (pág.34)  prohibiendo cualquier forma de contracepción, acepta seguir al hombre que ama en el camino de dificultades y carencia, y quien, tras enterarse de la deslealtad de su marido, de la manera idiota como ha perdido, prestado y dejado robar la pequeña fortuna de la familia tiene, sin las condiciones necesarias, que salir a trabajar de empleada de servicio, por una salario paupérrimo, para alimentar a sus hijos y no dejar derrumbar su hogar.

El personaje de la madre es inevitablemente simbólico porque define el cambio de ser la mujer pasiva cuya vida es controlada por la familia patriarcal y luego por el esposo –para cumplir con la “sagrada” misión de la maternidad y del matrimonio– en el ser en conflicto que toma en sus manos su destino desde el momento en que decide hacerse un aborto, y luego cuando sale a enfrentar el mundo hostil, aun cuando su vida esté marcada inevitablemente por el sacrificio y el desencanto y la constante presencia de la muerte.

La mujer-niña, la madre y la esposa son una representación, un papel del que ella debe salir para asumir el rol masculino de ser el sustento de la familia; el símbolo de entereza y fortaleza femeninos se va haciendo más claro a medida que se muestra la relación con los hijos (con quienes no tiene una diferencia muy grande de edad) y cómo estos la valoran por ser ese eje de amor y protección. Por el contrario, al padre, el verdadero personaje de la literatura del desencanto y la alienación urbanos, se le muestra en toda la dimensión de sus equivocaciones, en la inutilidad de los oficios de una economía informal que no deja nunca lo suficiente, que es más bien una forma de disimular la carencia. La novela no parece enfocar como personaje central a María Sucel, sino al padre: quien logra cumplir el destino de casarse con una niña de la cual podría ser el padre, lucha entre el amor “puro” por su esposa y el amor pasional y prohibido por Ofir, se sale de los esquemas del pensamiento mágico judeo-cristiano para entrar en el del espiritismo y sucumbe ante el peso de una realidad más grande e implacable representada por la enfermedad incurable.

El resultado del testimonio parece ser la autovaloración a partir de los fundamentos que no se pueden ni se quieren olvidar. Es el ser y su ética por encima de la carencia y el caos sociales. A su vez, es una negación a querer olvidar el origen. Si bien ya no se trata de matar la imagen del padre para hablar de nuevos valores y nuevas propuestas, es una forma de reconstruir el valor fundamental del ser desde el núcleo familiar, desde lo conocido, para asumir la vida en ese otro espacio, en el exilio que ya no es de la familia, sino de un mundo equivocado que se debe cambiar como último rescate de la esperanza. La muerte de la madre suscita la reflexión de la presencia de la esencia fundamental del origen a pesar de la ausencia de los padres, mas no del significado trascendental su historia.

Ultima modificacion el Lunes, 01 Septiembre 2014 18:10

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