Radio ciudad perdida, la memoria marginal latinoamericana

Sábado, 11 Octubre 2014 00:00 Escrito por  Constanza Révérend Publicado en Notas literarias Leído 862 veces

“La palabra escrita vivirá en América Latina como la

única valedera, en oposición a la palabra hablada que

pertenecía al orden de lo inseguro y precario”.

 

Ángel Rama

 

 

Los rezagos del escenario urbano que Daniel Alarcón percibe en Radio ciudad perdida (Alfaguara 2007) son los restos de una sociedad desestabilizada, cuyo pasado quizás mejor, debe recordarse para no perder el derecho a la memoria y a la historia.

La ciudad se concibe como un espacio en ruinas, peligroso, siempre vigilado, donde los “otros” han triunfado; quienes están entre los escombros se someten y tratan de jamás olvidar, de ser a pesar de todo. Los seres que la habitan viven en constante sospecha de los demás, pero logran pasar la barrera del odio y del desinterés social, para vincularse en núcleos de apoyo y crear un remedo de comunidad de intereses. La violencia de la guerra ha quedado atrás, pero las secuelas son más violentas: los desaparecidos, los seres de quienes jamás se sabrá, cuya historia truncada jamás se conocerá de verdad; la destrucción que ha borrado la historia urbana, aquellos sitios que vinculaban a los ciudadanos en un espacio con sentido, un punto de referencia; la pérdida de la palabra escrita, de la ciudad letrada al rescate de una identidad, aun cuando fuese inventada.

La violencia del presente es una fuerza centrípeta que arrincona a los habitantes y los somete a un orden infringible: el triunfo de la intransigencia que impone el nuevo orden. La violencia en el pasado fue una fuerza centrífuga que hizo a los desheredados enfrentarse al orden o buscar la salida en la naturaleza misma, en la selva, en la vorágine como el sueño de algo nuevo. Sin embargo, la realidad es que la lucha fratricida jamás termina, que las expectativas no son mejores, que nadie ha triunfado y todos sobreviven lo mejor que pueden.

El marco de la historia es el absurdo mismo: un gobierno en lucha contra un grupo guerrillero urbano IL del que nadie puede decir que existió o no, una revolución inventada y justificada para implicar a los que se atrevían a hablar o escribir en contra de lo establecido. El método de sometimiento de los rebeldes sobrepasa los límites de lo humano, de lo legal, de lo civilizado. A la fuerza irrebatible de la naturaleza que está por encima del hombre mismo, se le suma la fuerza de la brutalidad y de la impunidad de quienes tienen el poder de las armas y las leyes a su favor, quienes someten para lograr el silencio, para matar el espíritu de libertad y acabar con los derechos básicos del ser humano: la libertad de existir, la libertad de palabra, la libertad de pensar y creer según su conciencia.

La voz de Norma es la esperanza de quienes necesitan recuperar la memoria de aquellos desaparecidos que ya no pueden hablar por sí mismos, el hecho de nombrarlos suscita historias en quienes los conocieron y empiezan a formar parte de una historia común, a vivir en los otros y a tener sentido en una realidad compartida, son seres queridos que no se van a olvidar porque el olvido es aceptar que lo humano está perdido irremediablemente, que los restos urbanos están habitados por seres ambiguos sin pasado, que han dejado de soñar y de pensar y de creer en el futuro.

Este desolador retrato de las ciudades latinoamericanas nos pone en el contexto existencial de nuestros países inmersos en muchos tipos de violencia, llevados hasta la encrucijada de las luchas absurdas en donde no hay triunfador posible, en donde todo es derrota porque solo se logra la negación del civismo, el agotamiento de las posibilidades de una existencia feliz en armonía, en donde los ciudadanos se vinculen para lograr una democracia sana y una sociedad basada en los derechos y la libertad.

La imagen del niño perdido y huérfano es el símbolo de las nuevas generaciones que heredan un conflicto en donde no se plantean soluciones, solo el caos. El niño llega a la ciudad en busca de un futuro, para aprender, para ser alguien, deja el caos de la selva natural y se adentra en el de la urbana; pero el retorno al orden anterior es imposible, la ciudad letrada ha quedado atrás y solo encuentra vestigios de lo que fue un sueño, una esperanza, una alternativa.

Es interesante ver que en el mundo de Radio ciudad perdida tampoco el retorno a la naturaleza es la opción, la selva somete al hombre a su fuerza y su caos, el hombre es tragado por la manigua, sucumbe ante ella, se pierde, se le olvida. En estos mundos caóticos, ya sea en el estratificado y numerado de la ciudad o en el avasallante de la selva, nadie se espanta ante la muerte, esta se vuelve un acto más en el diario acontecer, nadie se queja del abandono en que se vive y todos, de una u otra forma, se acostumbran al Tadek, al absurdo del castigo, a la ignominia de las leyes, a la carencia absoluta que no promete un destino mejor para nadie.

Ultima modificacion el Lunes, 13 Octubre 2014 13:48

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