Las fórmulas del discurso del abandono en “La invención del amor” destacados

Jueves, 23 Octubre 2014 00:00

Pertenezco a un grupo de lectores que vienen de diferentes profesiones, nos une el gran aprecio por la literatura y tomamos las reuniones como una forma de intercambiar ideas y disfrutar más a fondo de los libros a que tenemos acceso; este diálogo es una parte integral de nuestra vida, una forma de oficio de carácter lúdico y no por ello menos trascendente.

En esta oportunidad hemos leído La invención del amor del escritor español José Ovejero, obra que recibió el premio Alfaguara de novela del año 2013.

La discusión tuvo planteamientos interesantes y puntos de vista críticos importantes que me han llevado a escribir este artículo, para no dejar pasar por alto los juicios de valor que han puesto esta obra en perspectiva y, a mi entender, la han analizado en sus rasgos más esenciales para poner en claro su precaria solidez narrativa.

Empezamos por el título, que a muchos nos llevaba a pensar, como síntesis de la esencia de la novela, en un sugestivo encuentro con un planteamiento nuevo sobre el amor y quizás el erotismo. El término invención viene del latíninventioque en su primera acepción es el descubrimiento de algo; el inventor, por lo tanto, es aquel que pone los elementos conocidos en un contexto diferente y descubre que algo tiene un sentido nuevo, no es el creador que hace cosas de la nada. Muchos nos enfrentamos a la novela desde esta perspectiva y tuvimos la desilusión de que en realidad, la trama surge de una mentira, es una fabricación pobre de lugares comunes acerca del amor, en donde el encuentro entre las parejas que forman trilogías (la posible, entre Samuel el impostor, Clara y Carina, o la real, entre Alejandro, Samuel el amante verdadero y Carina) es un remedo de vidas cotidianas en las que no se percibe la mínima trascendencia, personajes de papel que no llegaron a tener una intrincada e interesante dimensión humana, a pesar de la confusión que se respira en su pretendida tragedia.

Esto nos lleva a una segunda premisa, el tal llamadothrilleren la página de presentación de la novela, que nos la muestra como una novela de suspenso, nos deja con otro fraude más: dónde está el contexto delsuspense que logra mantener la expectativa del lector por dilucidar el intento dramático que pretende crear la mentira de Samuel. Desde el primer encuentro entre los protagonistas del romance otoñal (Carina y Samuel), ya el lector sabe qué va a pasar entre estos dos, no hay tensión real que permita dudar, no hay contradicciones que se salgan de la fórmula y creen una relación que se parezca más a la verdad y se salga de una trama acomodaticia. Como lo han anotado muy bien los lectores del grupo, todas las relaciones en la novela carecen de pasión, el elemento que le da la dimensión humana a los personajes y los pone a vivir en sus contradicciones, en aquellas que tiene la vida misma.

            Como lectores coincidimos en que nos estábamos enfrentando a un personaje oscuro, insulso, sin expectativas, el verdadero protagonista de la desilusión, un ser sin verdaderos vínculos con su medio y cuya vida interior se queda en los juicios de valor patológicos que lo distancian aún más de los demás; la carencia de empatía por parte del lector hace de la lectura de la novela un acto de heroísmo porque no se le cautiva por la falta de dimensión y de cierta lógica que le haga partícipe del hallazgo, aun de la tragedia o la comedia que viven los personajes.

            Si bien es cierto que la literatura actual exige un lector activo, este no puede hacer mucho cuando la historia se deja como una serie de hechos sueltos en los que se pierde el contexto y la razón de los mismos. Los elementos simbólicos como el balcón en el que Samuel ve aves y estrellas porque prefiere ver el cielo a ver la realidad social, los seres que ve Samuel y que nombra, no para reivindicar la ciudad con sus problemas, sino para escaparse de ella: los chinos que se adueñan del comercio, la vecina paranoica, la mujer extranjera que no paga el arriendo, el supervisor padre de una niña retrasada, los inmigrantes ecuatorianos que le agradecen no haber sido echados del trabajo, los inversionistas extranjeros, personajes todos que hubiesen podido dar sustancia a esta novela, se pierden en la sombra de la neurosis de Samuel y en la receta del autor, de un escritor a quien le faltó inventar y descubrir.

            La literatura es la expresión más trascendente de la visión del mundo, no solo de un autor, sino de un conglomerado social que pertenece a un momento histórico. El aspecto inconsciente del hecho narrativo forma parte del mensaje que capta el lector de quien se debe esperar una acción interpretativa pero no una recreación de la obra; enLa invención del amor,el lector es dejado a su suerte, ni las elucubraciones con las que se luce el narrador, ni las descripciones que muchas veces parecen erráticas, suturas mal pegadas que se intercalan en la narración de primera persona, ni siquiera el recurso de la mentira ponen a esta obra como una propuesta nueva, ni tan siquiera novedosa.

            Nos quedamos con la preocupación de que las editoriales estén premiando obras fáciles que tengan la fórmula para despertar el interés del consumidor de romances, de aquellos a quienes les gusta leer los finales felices o por lo menos divertirse con las ocurrencias de las aventuras de los personajes y sus deslices. Nos quedamos, como Samuel, mirando el cielo oscuro, sin estrellas, no puede ser que el mundo del español moderno se revele con este discurso del abandono y de la total desilusión, sin otra alternativa más que la del desencanto.

           La invención del amor no es lo que el lector avisado espera y es una lástima, porque Ovejero hubiese podido con más trabajo literario y mejores mecanismos narrativos hacer una obra apasionante, aquella donde el amor fuera más que un encuentro de los cuerpos como una forma de consuelo ante la imposibilidad de sentir realmente.

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