Janiel H Pemberty

SOBRE EL AUTOR

Toda biografía, por mínima que sea, es en cierto modo una confesión. Ver más aqui

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Janiel H Pemberty

La Guerra, Sociedad Anónima destacados

Martes, 09 Octubre 2012 00:00

Como en algún lugar de nuestro maravilloso planeta ahora mismo alguien está en guerra con alguien o alguien planifica una invasión o algo parecido, hablemos de la guerra. Y comencemos por lo primero: no seamos ingenuos, la guerra es un negocio estratégico y que arroja ganancias a corto, mediano o largo plazo.

Detrás de las maravillosas afirmaciones en defensa de la democracia, de la libertad, de la vida y los derechos fundamentales del hombre donde quiera que este habite; detrás de esos discursos casi piadosos a que nos tienen acostumbrados los líderes de los pueblos del mundo, se esconden unos intereses económicos, geopolíticos, raciales o religiosos, unos intereses medio ocultos cuando no oscuros que generan a las guerras y que a la postre terminan beneficiando a unos cuantos y no a los pueblos o a los grupos étnicos que se afirma defender.

Porque cuando una confrontación armada puede quitarles un estorbo del medio, retribuirles más poder o traerles beneficios a los poderosos y a los no tan poderosos de aquí o de allá, la guerra estalla. Si no hay clima para la guerra, ellos infiltran, maquinan, intrigan, conspiran, sobornan y lo crean. Cometen crímenes y acusan a sus adversarios. Y cuando se quiere sacar a la luz de la opinión mundial el verdadero causante de los hechos, ellos enturbian las investigaciones, vociferan, desafían. Esto no es nuevo ni un misterio. Basta con informarse en la Internet o en los medios de circulación masiva para llegar a esta conclusión.

Las naciones poderosas fabrican armas que venden a otras naciones para que puedan defenderse, armas que en el fondo se hacen y se comercian para la guerra. Y cuando alguno de los enemigos o vecinos de esas naciones crece al punto de desequilibrar su poder o ser una amenaza, o si se generan roces religiosos o raciales en otros países o en otras regiones y estas naciones ven que pueden beneficiarse, inventan una guerra. Porque la guerra es un negocio magnífico. Tanto por lo que en sí misma conlleva como por lo que a través de ella se consigue. Las armas que se usan, la destrucción y reconstrucción que implica, los héroes que se fabrican, el botín y el fortalecimiento de los vencedores, la rehabilitación de los vencidos, todo ello es un negocio. El negocio de la muerte, pero negocio al fin. Con los riesgos y trabajos de cualquier negocio y las jugosas ganancias de cualquier negocio cuando se cuenta con buen armamento, buen apoyo logístico y sobre todo, con buenas razones para iniciarlo y mantenerlo a los ojos del mundo. Bueno, eso de las buenas razones fue arrojado hace rato a la basura, porque cuando se tienen las armas y el poder, uno puede invadir y hacerle la guerra a quien se le dé su regalada y soberana gana a pesar de que, impotente, el mundo sepa que las razones para hacerla son una farsa. Así, lamentablemente, es hoy día la cosa.

Lo malo para quienes hacen la guerra es que ella tiene sus abismos y al paso que vamos, con la tecnología mortífera que tenemos y armados hasta los dientes como estamos, los trofeos de los futuros vencedores serán un desierto y un cementerio.

Después de la guerra, cuando el enemigo ha sido derrotado, dicen sus promotores, la prosperidad sonríe no solo para los vencedores sino también para los vencidos. Una piel saludable florece donde supuraban las llagas del mal, las sociedades se estabilizan y la paz, la anhelada paz, al fin puede mostrar su esplendor. Pero bien sabemos que esas son falsas promesas de la guerra y de quienes la promueven porque ella no solo acaba con la vida y la riqueza de los pueblos sino también con los valores esenciales de la sociedad, la cultura y la convivencia. Permite por ejemplo que la violencia señoree, que la tortura se legalice, que el ultraje se exhiba, que el crimen se aplauda -vergüenzas para nuestra especie tan de moda hoy día-, que, en fin, seamos cada vez más depredadores de nosotros mismos. Porque no contento con ser el señor de las bestias, parece también que cada hombre quisiera ser el señor de los hombres. O si no, pensemos en esos señores que hacen la guerra y reflexionemos acerca de si cualquiera de nosotros no haría lo mismo de estar en el lugar de ellos y bajo sus mismas circunstancias.

En estos días me llegó un correo electrónico con una fotografía que desde cerca de Saturno se le tomó a la tierra. En ella nuestro planeta, de tamaño casi diminuto, se ve como una esfera azul que vaga por un mar de oscuridad. Sentí escalofrío al descubrir nuestra desoladora pequeñez y fragilidad y un poco de vergüenza por nuestra prepotencia ante el universo. Por nuestra ignorancia y por creernos tan únicos e importantes. Observándola pensé en todo lo que esa diminuta esfera de la lejanía contiene: nuestra historia como especie, la historia de todas nuestras culturas, la de todos los hombres, nuestras luchas, grandezas y miserias, el sueño de cada uno de los siete mil millones de seres humanos que abre sus ojos al mundo cada amanecer. Y recordé las otras muchas esferas que giran sobre sí mismas y viajan incansables por el cosmos, y pensando en la vida que puede haber en pocas o muchas de ellas me pregunté si habrá una especie semejante a la nuestra, tan dedicada a despedazarse como las fieras por un pedazo de carne o por dominar a los demás. Pero me negué de manera testaruda en todo caso, a aceptar que los habitantes de este universo estén dispuestos a convertirlo en una carnicería por la ambición de adueñarse de sus respectivos mundos como sucede en el nuestro, porque con seguridad los humanos estamos aún en la escala más primitiva de la hermandad, aunque no dejé de reconocer que, hasta donde sabemos, algunas galaxias invaden a otras y los agujeros negros se tragan galaxias enteras.

Aun así opté por pensar que lo nuestro es solo una mutación genética que nos acompaña desde el comienzo de la evolución, una enfermedad semejante a un cáncer, que algún día será suprimido de nuestra convivencia. Preferí pensar así para que los románticos como yo y yo mismo no caigamos en la tentación de aceptar la divisa que Dante puso a la entrada de su infierno: “Vosotros, los que entráis aquí (los que estáis aquí, en nuestro caso), perded toda esperanza”.

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