Hernan Orrego

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Hernan Orrego

Saboreando un jarro de té con Pablo Neruda. destacados

Jueves, 25 Abril 2013 00:00

Conocí a Pablo Neruda una tarde otoñal en un pueblo minero de la costa, al sur de Chile.

La muchedumbre bajaba de los cerros en buses, camiones y carretas. Venía de los campos fértiles y de barrios bulliciosos. Coloridos cartelones y banderas rojas anunciaban el evento de esa tarde. Los partidos de los trabajadores presentaban a sus candidatos al Parlamento. Un altoparlante estridente llamaba a mineros del carbón, a campesinos, obreros, amas de casa y estudiantes a escuchar la palabra de los oradores y la palabra de Pablo Neruda.

Siendo yo un joven maestro de escuela que había llegado allí a conocer las minas de carbón,  sentí un sobresalto al oír que el poeta de renombre mundial estaría esa tarde en aquel pequeño pueblo. El sol se ponía sobre el mar y la plaza se encendió de guirnaldas con luces de colores y los lugareños y visitantes rebalsaron la plaza y las calles circundantes. Me preguntaba si aquellos mineros con tan poca educación, muchos de ellos analfabetos, los campesinos y los lugareños, serían capaces de valorar en su real magnitud la poesía del poeta visitante. La respuesta vino sola.

De un camión bajó una veintena de hombres. La mayoría eran mineros que recién terminaban  su turno en el mineral de carbón. Habían ascendido desde el fondo de la tierra. O mejor dicho, de debajo del mar, porque en esas profundidades la mina de carbón se internaba dos kilómetros debajo del océano Pacífico. Del camión también bajaron agricultores y dirigentes sindicales. Se veían alegres y entusiastas. Entre ellos venía un hombre gordo, de andar lento y mirada serena. Era una mezcla de obispo, ministro y obrero. Venía envuelto en un poncho que le habían regalado los mineros. Cubría su calvicie con una boina plana con visera, que le daba la apariencia de un sombrío capitán de barco. Era Pablo Neruda, el poeta del mundo. Lo vi pasar por mi lado. Quise tocarlo o darle la mano, pero los mineros formaron un cerco en torno a él con sus fornidos brazos para que nadie se le acercara. Subió con dificultad la endeble escala y se sentó junto a los políticos en el improvisado proscenio a escuchar la maratón de discursos. El gentío aplaudía y vitoreaba a los candidatos que saludaban con las dos manos en alto. Mis ojos estaban puestos en el vate que escuchaba a los oradores sin hacer comentario o movimiento alguno. Llegué a pensar que dormitaba. Cuando el acto había alcanzado el máximo entusiasmo, el presentador anunció al poeta.

Con pasos lentos fue a pararse frente al micrófono. Sus manos anchas, de dedos cortos y gruesos, navegaban al ritmo lento y pausado de sus palabras que nos hicieron viajar por mares lejanos. No pronunció discurso alguno, prefirió conversarnos. Nos habló de su juventud rodeada de pobreza, pero anhelante de viajar a Europa, donde estaba la vida cultural de esa época. Nos contó que un ministro, que había enamorado a su esposa leyéndole los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, en señal de agradecimiento lo nombró cónsul, pero no en París sino en Rangún, en el lejano Oriente. Habló de sus múltiples amoríos en Birmania, India, Ceylán, Shangai, en el Norte de África y en el Japón. Nos dijo que su poesía contenía todos los rincones del mundo que no conocieron con toda su comodidad los europeos. Que esa era la magia de sus versos. La multitud  lo escuchaba en un  silencio que yo nunca antes había conocido. Nadie hablaba porque el tono grave de la voz del sexagenario poeta sonaba cansado y lejano como las tormentas de la cordillera de Los Andes, que apenas se oyen en las ciudades. Después de una catarata de anécdotas un dirigente caminó hacia él y lo conminó a despedirse. Se había terminado el tiempo y había que apagar las luces de la plaza. ‒¿No hay un té para mí?–preguntó–. Ustedes saben que a los chilenos nos duele la cabeza si no tomamos té.

El poeta tenía razón. En un fogón detrás del escenario había un par de ollas gigantes donde hervía la sabrosa infusión. Seguramente mientras hablaba, su olfato percibía el aroma del té que preparaban las mujeres para sus maridos, porque a esa hora la brisa fría venía del mar también a escuchar al poeta. Los mineros, hombres tallados en la roca más dura que el carbón de piedra, acostumbraban llevar en los bolsillos de su pantalón menudas botellas de aguardiente que daban al brebaje la esencia final. Los que estábamos más cerca formamos una larga hilera de bebedores de té, capitaneada por Pablo Neruda. La fragancia aromática de esa cocción permanecerá para siempre en mi memoria. Luego, el poeta se refugió en su poncho de lana y se despidió de la muchedumbre con una generosa sonrisa y agitando su boina gris.

Hoy, casi medio siglo después, cuando los científicos exhuman sus cansados restos para analizar la causa de su muerte pese a que es de todos conocida, prefiero recordarlo con su boina gris y el corazón en calma.

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