William Castaño-Bedoya

SOBRE EL AUTOR

A raíz de la creación de este blog y motivado en conseguir alguna empatía entre nosotros. Ver más

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William Castaño-Bedoya

Vida, paz, misericordia: presencia, ausencia y nada más destacados

Lunes, 01 Septiembre 2014 00:00

Vida, ese concepto indispensable al que Violeta Parra escribió en uno de esos chispazos del alma, es una de las palabras a la que se refiere este escrito sordo. Y aunque en las obras de Violeta la vida es una oda melancólica cargada de ilusión y apego,  esta, sin embargo, sigue siendo lo que es: presencia absoluta y, en su ausencia, desaparición, fin, término, transgresión, aniquilamiento, que a su vez trasciende en tristeza, mucha tristeza.

Y cuando se cita la tristeza, es imposible no encadenar otras categorías como soledad, vacío, desesperanza, impotencia, en fin, todo eso que las madres de los hijos de la guerra rumian en silencio destrozadas en lo más profundo de su ser. 

La vida de cualquier víctima es un trofeo más, es un punto a favor para quien la expropia o para quien encuentra un beneficio ulterior. Es una referencia en una gráfica de crecimiento que indica quién va ganando o quién va perdiendo. Lo que resulta irónico es que la vida que se pierde en el encuentro violento y absurdo sigue siendo ese derecho esencial que se le arrebata a un semejante, al prójimo, a otro ser racional a quien le correspondía ser, en el carrusel del destino, un soldado fiel, un civil inocente, un guerrillero engañado, un delincuente desadaptado o simplemente un ser humano que tuvo el infortunio de haber sido hijo de un estado con una maldita historia llena de desajustes sociales, incongruencias económicas y desprotección civil; de haber sido parido en uno de esos países donde quitar la vida es también algo industrializado como lo es hoy todo en nuestros días, en un lugar donde la vida se quita de a cientos, de a miles, de a cientos de miles como en Palestina, Israel, Iraq, Somalia, Siria, Libia o Colombia por mencionar solo algunos de los estados en donde hay más vidas truncadas por la ignominia.

Pero todo esto de la vida y la afrenta a este derecho ha pasado a ser una costumbre que se pavonea como farándula en todos los canales de comunicación existentes donde esta se desvanece frente a la mirada cómplice de la humanidad.

Lo irónico es el hecho de que quienes han logrado industrializar la expropiación de la vida reclaman para sí una gloria ingrata y se endilgan un triunfo dudoso por haber asumido un derecho que no tenían. Las palabras de la oda de Violeta: “gracias  a la vida,  que me ha dado tanto…” se estrellan ante el absurdo creado por estos antihéroes que se regodean en medio del Caribe exótico, en un chalet europeo,  en un encumbrado club bogotano, mexicano, miamense o madrileño, o simplemente en una esquina de un barrio fino de Medellín o en un salón de Bagdad, La Habana, Damasco o  Jerusalén.  

Lo absurdo es que en medio de todo, suenan vientos de paz…; suenan desde siempre, por días, por años y por décadas, vientos que no prometen tempestades de misericordia. Las madres de los afectados por la guerra y estas víctimas de la desolación seguirán condenadas a ver cómo los magos que hicieron desaparecer la vida de sus semejantes vivirán impunes e indiferentes, porque la impunidad y la indiferencia les serán implícitos hasta que su propia materia, agotada de sevicia hasta más no poder, les cobre un destierro perenne. Sucederá cuando hayan logrado saciar las más profundas aberraciones en tronos de grandeza, amparados por tratados de conveniencia o de “paz”, donde ni la vida, ni la paz, ni la disposición al arreglo civilizado de las diferencias tendrán presencia alguna.

Las noticias  de los tratados o los arreglos acomodaticios, de los ceses de fuego y armisticios son el mejor placebo para la sociedad pasiva y paciente que espera con mayor fervor saber del éxito fenomenal de un talentoso deportista o de un artista muy carismático y querido. Pero…, qué hay de la misericordia ahora que la mencionamos. Es una palabra vacía y ausente, nunca llevada a la acción porque a nadie le interesa compadecerse de los trabajos y miserias ajenos pese a que se la aluda no solo en el discurso común, sino en el religioso; como virtud no ha logrado nacer a  pesar de que lleva gravitando en la humanidad por siglos,  de ser parte de su líquido amniótico que como un código nos predispone al instinto de conservación a la necesidad de reproducirnos, de amar; que le es intrínseca a factores racionales como el respeto por la integridad propia y de los demás. 

 

De ella solo pueden dar fe las madres de los desaparecidos en la guerra que no dejan morir su memoria. No hay que buscarla en los tratados de paz, en las componendas políticas o en los castigos ejemplares, allí solo hay vacío, allí solo hay silencio.

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