William Castaño-Bedoya

SOBRE EL AUTOR

A raíz de la creación de este blog y motivado en conseguir alguna empatía entre nosotros. Ver más

Email: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
William Castaño-Bedoya

El último tango de Salvador Allende: la utopía de un presidente comunista que no quería serlo destacados

Jueves, 19 Febrero 2015 00:00

La  novela El último tango de Salvador Allende, Plaza & Janes, 2012, del escritor chileno Roberto Ampuero, ejemplariza, con sencillez y amplitud, las ficciones y realidades de lo que fue la transición política chilena de los setenta,

es decir, los años del proceso Allende-Pinochet, cuando el comunismo quiso ser, pero no fue, y se convirtió en “la crónica de un socialismo anunciado”, que también murió,  según Cuba, por falta de radicalización armada.

La verdad, según la novela de Ampuero, es que el presidente Allende en su laberinto prefirió, antes de que la situación escalara al derramamiento de sangre de sus conciudadanos chilenos, refugiarse en sus utopías democráticas.  Estas lo hicieron pasar a la historia como un mandatario comunista que no quería serlo. Un hombre más bien íntegro que se vio asediado por la crisis que él mismo propició con la persecución de la clase empresarial que conllevó al desestímulo del aparato productivo, la implosión del aparato social que generó el aislamiento y la escasez, realidad que se agravaba más por factores externos como la insidiosa intriga cubana, en contraste con la paranoia de Estados Unidos que no quería ver cómo su patio se llenaba de ortiga, pues Rusia, por fortuna, según la novela, tan solo abanicó su mirada en el horizonte, pero sin interés, ya que, lo que menos pretendía era subsidiar otro costoso proceso, pues, a esas alturas, reconocía que su apoyo a Cuba se había convertido en un degradante programa de welfare político internacional.

La importancia de la novela de Ampuero radica en que nos ayuda a poner en contexto, décadas después, la realidad de la transición chilena y nos lleva a la polémica que pone en perspectiva la memoria histórica implícita en la obra literaria, la cual muestra la dimensión humana de las contradicciones de los diferentes enfoques en que se recuentan los hechos pues, a falta de muchas verdades que descifren el misterio de hechos históricos trascendentes, los testimonios acumulados permiten soslayar errores, recuperar incongruencias en los procesos de violencia por la búsqueda del poder de uno y otro lado.

Sin embargo, las puras verdades chilenas se las llevaron los difuntos a sus tumbas, se las llevaron las viudas al muro de sus lamentos, los huérfanos a su tristeza perenne y los exiliados de derecha y de izquierda a sus nidos prestados y, del otro lado, la verdades también se las llevaron quienes montaron el aparato de represión y se aseguraron a cualquier precio, el mantener un orden de cosas a su favor. Aunque, según la novela, otros más distantes debieron huir con sus escasos corotos por el mundo en busca de refugio y comprensión.  Otros como Victoria,  Héctor Aníbal o el mismo Rufino que hace el papel de escriba de la historia, u otros igualmente surrealistas como lo cuenta de forma magistral el escritor chileno Hernán Orrego en su novela  Las alas del cóndor.

La verdad chilena la entendemos tal y como la han hecho entender los periódicos o noticieros o como la han venido interpretando los escritores, porque hay una necesidad de contar la historia aunque sea desde la trinchera de la ficción. La necesidad de ser comprendidos surge en la conciencia de las miles de víctimas de traumáticos procesos sociales como el de Chile, Cuba, Colombia, Venezuela, Nicaragua o El Salvador, por mencionar algunos de nuestro patio, quienes incluso viven entre nosotros y llevan pegados a su piel y a su memoria el indeleble recuerdo de sufrimiento y dolor.  Es necesario que todos entendamos a las víctimas como lo que son. Seres sumidos en la incertidumbre de la lucha entre procesos revolucionarios que solo unos cuantos hombres han patrocinado en su despiadado camino hacia el poder absoluto y el fachismo fabricado a la medida del tercer mundo.

La realidad actual ha demostrado acerca de todo cuanto pasó y sigue pasando en nuestro continente que el poder en los extremos solo puede ser sostenido con la sangre de sus pueblos; que un país que arma a su pueblo nunca retorna a la democracia por sí mismo; que el poder en manos de unos cuantos hace florecer las monarquías comunistas; que la democracia es débil cuando el hambre ronda; que el comunismo acecha a las democracias débiles que se encuentran por ahí parqueadas en las bermas del destino y no saben a dónde van. 

Publica un comentario

Asegúrate de ingresar la información requerida donde se indica (*)