Book And Bilias

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(En la fotografía de izquierda a derecha: Los colombianos William Castaño-Bedoya, Janiel Humberto Pemberty y el chileno Hernán Orrego)

Book&Bilias es un proyecto creado por tres escritores del Sur de la Florida con el objetivo de profundizar en su trabajo creativo y brindar apoyo literario y técnico a escritores en español que se encuentran radicados en los Estados Unidos. La creación literaria en español dentro de este país, requiere acompañamiento especializado para su desarrollo y difusión. La idea de crear a Book&Bilias surgió debido a que el ambiente literario latino en Norte América sufre de un enorme vacío pese a que representa a más de 50 millones de personas.

Book&Bilias buscará el auspicio de todos los sectores para hacer viable la carrera literaria de muchos talentos en la sombra. Aspectos tales como revisión o evaluación de manuscritos, corrección de estilo y consideraciones técnicas, hasta la búsqueda de representación o divulgación y comercialización de las obras, son parte de las tareas que realizará el proyecto. Book&bilias necesita del soporte de todos los amantes de la literatura. Con tal fin hemos contemplado la creación de espacios de participación que involucren múltiples canales. Son gestores de esta iniciativa tres escritores de origen colombiano: Janiel Humberto Pemberty, William Castaño-Bedoya, y el Chileno Hernán Orrego.

La Guerra, Sociedad Anónima

Lunes, 21 Abril 2014 00:00 Publicado en Notas literarias

Como en algún lugar de nuestro maravilloso planeta ahora mismo alguien está en guerra con alguien o alguien planifica una invasión o algo parecido, hablemos de la guerra. Y comencemos por lo primero: no seamos ingenuos, la guerra es un negocio estratégico y que arroja ganancias a corto, mediano o largo plazo.

Detrás de las maravillosas afirmaciones en defensa de la democracia, de la libertad, de la vida y los derechos fundamentales del hombre donde quiera que este habite; detrás de esos discursos casi piadosos a que nos tienen acostumbrados los líderes de los pueblos del mundo, se esconden unos intereses económicos, geopolíticos, raciales o religiosos, unos intereses medio ocultos cuando no oscuros que generan a las guerras y que a la postre terminan beneficiando a unos cuantos y no a los pueblos o a los grupos étnicos que se afirma defender.

Porque cuando una confrontación armada puede quitarles un estorbo del medio, retribuirles más poder o traerles beneficios a los poderosos y a los no tan poderosos de aquí o de allá, la guerra estalla. Si no hay clima para la guerra, ellos infiltran, maquinan, intrigan, conspiran, sobornan y lo crean. Cometen crímenes y acusan a sus adversarios. Y cuando se quiere sacar a la luz de la opinión mundial el verdadero causante de los hechos, ellos enturbian las investigaciones, vociferan, desafían. Esto no es nuevo ni un misterio. Basta con informarse en la Internet o en los medios de circulación masiva para llegar a esta conclusión.

Las naciones poderosas fabrican armas que venden a otras naciones para que puedan defenderse, armas que en el fondo se hacen y se comercian para la guerra. Y cuando alguno de los enemigos o vecinos de esas naciones crece al punto de desequilibrar su poder o ser una amenaza, o si se generan roces religiosos o raciales en otros países o en otras regiones y estas naciones ven que pueden beneficiarse, inventan una guerra. Porque la guerra es un negocio magnífico. Tanto por lo que en sí misma conlleva como por lo que a través de ella se consigue. Las armas que se usan, la destrucción y reconstrucción que implica, los héroes que se fabrican, el botín y el fortalecimiento de los vencedores, la rehabilitación de los vencidos, todo ello es un negocio. El negocio de la muerte, pero negocio al fin. Con los riesgos y trabajos de cualquier negocio y las jugosas ganancias de cualquier negocio cuando se cuenta con buen armamento, buen apoyo logístico y sobre todo, con buenas razones para iniciarlo y mantenerlo a los ojos del mundo. Bueno, eso de las buenas razones fue arrojado hace rato a la basura, porque cuando se tienen las armas y el poder, uno puede invadir y hacerle la guerra a quien se le dé su regalada y soberana gana a pesar de que, impotente, el mundo sepa que las razones para hacerla son una farsa. Así, lamentablemente, es hoy día la cosa.

Lo malo para quienes hacen la guerra es que ella tiene sus abismos y al paso que vamos, con la tecnología mortífera que tenemos y armados hasta los dientes como estamos, los trofeos de los futuros vencedores serán un desierto y un cementerio.

Después de la guerra, cuando el enemigo ha sido derrotado, dicen sus promotores, la prosperidad sonríe no solo para los vencedores sino también para los vencidos. Una piel saludable florece donde supuraban las llagas del mal, las sociedades se estabilizan y la paz, la anhelada paz, al fin puede mostrar su esplendor. Pero bien sabemos que esas son falsas promesas de la guerra y de quienes la promueven porque ella no solo acaba con la vida y la riqueza de los pueblos sino también con los valores esenciales de la sociedad, la cultura y la convivencia. Permite por ejemplo que la violencia señoree, que la tortura se legalice, que el ultraje se exhiba, que el crimen se aplauda -vergüenzas para nuestra especie tan de moda hoy día-, que, en fin, seamos cada vez más depredadores de nosotros mismos. Porque no contento con ser el señor de las bestias, parece también que cada hombre quisiera ser el señor de los hombres. O si no, pensemos en esos señores que hacen la guerra y reflexionemos acerca de si cualquiera de nosotros no haría lo mismo de estar en el lugar de ellos y bajo sus mismas circunstancias.

En estos días me llegó un correo electrónico con una fotografía que desde cerca de Saturno se le tomó a la tierra. En ella nuestro planeta, de tamaño casi diminuto, se ve como una esfera azul que vaga por un mar de oscuridad. Sentí escalofrío al descubrir nuestra desoladora pequeñez y fragilidad y un poco de vergüenza por nuestra prepotencia ante el universo. Por nuestra ignorancia y por creernos tan únicos e importantes. Observándola pensé en todo lo que esa diminuta esfera de la lejanía contiene: nuestra historia como especie, la historia de todas nuestras culturas, la de todos los hombres, nuestras luchas, grandezas y miserias, el sueño de cada uno de los siete mil millones de seres humanos que abre sus ojos al mundo cada amanecer. Y recordé las otras muchas esferas que giran sobre sí mismas y viajan incansables por el cosmos, y pensando en la vida que puede haber en pocas o muchas de ellas me pregunté si habrá una especie semejante a la nuestra, tan dedicada a despedazarse como las fieras por un pedazo de carne o por dominar a los demás. Pero me negué de manera testaruda en todo caso, a aceptar que los habitantes de este universo estén dispuestos a convertirlo en una carnicería por la ambición de adueñarse de sus respectivos mundos como sucede en el nuestro, porque con seguridad los humanos estamos aún en la escala más primitiva de la hermandad, aunque no dejé de reconocer que, hasta donde sabemos, algunas galaxias invaden a otras y los agujeros negros se tragan galaxias enteras.

Aun así opté por pensar que lo nuestro es solo una mutación genética que nos acompaña desde el comienzo de la evolución, una enfermedad semejante a un cáncer, que algún día será suprimido de nuestra convivencia. Preferí pensar así para que los románticos como yo y yo mismo no caigamos en la tentación de aceptar la divisa que Dante puso a la entrada de su infierno: “Vosotros, los que entráis aquí (los que estáis aquí, en nuestro caso), perded toda esperanza”.

El don de soñar

Lunes, 21 Abril 2014 00:00 Publicado en Notas literarias

Por Janiel Humberto Pemberty 

Desdichado quien no tenga un anhelo que lo impulse a mejorar su vida porque está tan muerto como aquel que no respira. A los hombres nos alimentan por igual el pan, el agua y el trigo de la esperanza. Tanto como la materia física, al cuerpo que nos sostiene lo anima el delicado entramado de potencias que nos hace amar la vida más allá de todas sus vicisitudes; los hilos invisibles que nos empujan hacia las imágenes de nuestra dicha y que se sobreponen a los abismos del dolor, las frustraciones, los fracasos y toda la caterva de malas hierbas prestas a crecer en nuestra desesperanza.

Parece ser que la misión de la tierra es nutrirnos y que la nuestra es trabajar para vencer nuestra ignorancia. Así, si partimos del principio de que el universo es o está regido por una inteligencia armónica e infinita, nuestra última meta, la más cara, noble y loable, la que habrá de darnos un eslabón de estrellas y justificar el don de soñar que nos fue concedido, no es otra que lograr que el sueño de cada uno se refleje en el sueño de la humanidad.

Bisutería para muchos, eructos de poesía trasnochada para otros, rescoldos de utopías para los demás, reacciones nada sorprendentes en un mundo que tiene tanta oferta barata para distraer, alienar y brindar al hombre míseras migajas a cambio de su grandeza.

Lo trascendental de este asunto no obstante, es que las metas a alcanzar, los sueños que pulsan en nuestro interior, son una argucia del corazón, una jugada de la mente para imaginarnos un futuro mejor, para construir segundo a segundo el mañana que anhelamos. Son un don para jugar, crear y recrear nuestra realidad. Son nuestra parte de dioses. Y en ellos cabe también el escape a nuestra pequeñez, a nuestro hastío y al desaliento de nuestra rutina. Pero más allá de eso, dan espacio a la rebelión, entendida como la pulsión que no se adapta a la privación, que persiste en alcanzar lo imposible, en transformar un orden con carencias, desajustes o fisuras.

Somos carne de los sueños. Sus filamentos intangibles halan nuestra respiración y nuestra sangre hacia el ideal. Nos mantienen en la ruta y nos evitan descarrilarnos o caer a los abismos del caos o la incertidumbre.

Así las cosas, y siendo los sueños materia tan sutil, imágenes que se proyectan en la esperanza, no resulta difícil entender toda la manipulación que el hombre puede ejercer sobre ellos. Y un ejemplo, para no caer en la multitud que podría señalarse, es el del político, personaje tan abrumadoramente común en nuestros días, que crea una campaña de mentiras y fraudes sobre la imaginación de su pueblo y le promete, a sabiendas y por medio de una parafernalia publicitaria que colma sus expectativas, la consecución de un sueño imposible de realizar.

Los sueños nos cohesionan como individuos y dada nuestra naturaleza soñadora, no podrían faltar aquellos que nos cohesionan como especie. Los más lejanos, pero también los más urgentes y hermosos: las utopías. Que se fundamentan en la justicia para todos, la paz y la fraternidad, valores erigidos desde la antigüedad para que la sociedad pudiera estabilizarse y evolucionar, pero que desde entonces son vulnerados y vapuleados por todas las formas de poder y los sueños individualistas. Que son los más aclamados y necesarios pero también los más pisoteados. Y es en la persistencia de su logro donde el hombre ha invertido su mayor fe, más sangre y energía. La justicia que con sus leyes sueña defender a cada cual en sus derechos sin importar su clase, credo o condición; la paz, con su soñador espíritu de progreso aunque en palabras del poeta Luis Flórez Berrío “no tiene paz, nació cansada”, y la fraternidad, el sueño más dulce y elemental del amor que el hombre puede abrigar en su corazón. La carencia de ellas es un obstáculo en nuestros sueños, en todos nuestros sueños, porque como bien dice William Blake “Ninguna ave se remonta demasiado lejos si lo hace con sus propias alas”.

La patria vivida y la patria soñada

Lunes, 21 Abril 2014 00:00 Publicado en Notas literarias

Por Janiel Humberto Pemberty

Cuando después de diez años volví a ver el cielo, las montañas, la ciudad y los rostros amados de toda mi vida, recordé que el poeta austriaco Rainer María Rilke, palabras más, palabras menos, dijo que la patria es la infancia. Su intención, creo, era conciliar dos elementos fundamentales de nuestro trasegar como seres humanos y ponernos ante una visión humanista de un concepto que los políticos, los fuertes y los intereses económicos, usan impunemente para perpetuarse en el poder o para justificar sus guerras, sus invasiones y el despedazamiento de naciones y territorios.

Y lo hizo porque quizás no hay nada tan entrañable como la patria y nada tan maravilloso como la infancia. Y parangonar la patria con la infancia es situarla en el territorio de lo mágico, del asombro, del juego y la alegría. Y es no situarla tan solo en un territorio delimitado por otras tierras o el mar, sino, sobre todo, en el territorio del corazón donde se hace poesía, fraternidad, solidaridad, compasión y justicia. Porque la patria no debe ser solo un cuerpo de ideas o un mapa a defender cuando fuerzas hostiles pretendan vulnerar sus derechos, ni debe tener pretensiones de superioridad ni afanes de dominio sobre otros, razones tan utilizadas para hacer las guerras, sino el espacio insondable donde reposamos con todos nuestros sueños, todos nuestros logros y fracasos y donde cabemos con todos lo que amamos.

Cuando, como decía, después de diez años regresé a Colombia, mi país, y a mi terruño, Medellín, y vi que la ciudad toma del cielo lo que le falta de tierra con torres y torres levantadas sobre las cuestas más empinadas, comprendí que desde el día que partí comencé a elaborar un tejido que me permitiera construir el hombre de la diáspora sobre el paisaje y el hombre que fui y para que pudiera recordar sobre el mapa de la nueva ciudad, la ciudad que había dejado. Para no perder el hilo de los recuerdos y volver a encontrarme en mi lugar de siempre, más allá de todas las lejanías, de todos los azares, los paisajes, ideas, amores y sueños que pudiera ofrecer el éxodo a mi corazón.

Muchos de quienes me conocían creyeron que mi partida tenía la pretensión de alcanzar el sueño americano, pero la verdad es que me empujaban un pesado fardo de deslealtades contra el amor y un desasosiego interno que no había logrado superar a pesar de ser muy mayor, de mi matrimonio y del amor de mis hijos, de mi familia y de tantos amigos.

Algunos días después de mi llegada a Nueva York, símbolo de un país construido por otra cultura, en el que predomina otra lengua y residen gentes llegadas de todo el mundo, entendí mi nuevo nacimiento y que estaba unido a la madre que había dejado por el cordón umbilical de la memoria. Memoria que con los días se fue convirtiendo en un sueño vivido en un país hermoso, casi inalcanzable, en el que había sido feliz, infeliz y había amado y sido amado, pero que me tenía ceñido a todo lo que había sido y me había dado todo lo necesario para lograr lo que podría ser. Y me volví terreno fácil para la nostalgia. Pero por esos azares del destino, gracias a una descuidada inclinación literaria que de todos modos me había dado rudimentos de escritor, todo ese sueño lejano comenzó a transformarse en historias que trasladaba al papel con alivio. Y de pronto, una mañana, tuve la feliz revelación de que la escritura me había devuelto la patria que dejé al partir.

Ahora tengo dos patrias: la vivida, que rescaté cuando regresé a mi país, y la soñada, que reencuentro en mis libros, y que me confirmó el escritor español Francisco Ayala cuando dijo que “La patria del escritor es la lengua”.

La democracia de hoy

Lunes, 21 Abril 2014 00:00 Publicado en Notas literarias

Por Janiel Humberto Pemberty

La votación del Senado Federal de los Estados Unidos de América ‒según muchos la democracia más sólida del planeta‒ con relación a la Ley que pretendía disminuir la posibilidad de que población indemne resulte masacrada por francotiradores improvisados y que de paso buscaba controlar el comercio particular de armas de asalto, da mucha tela para cortar y debería hacer reflexionar incluso al lector más desprevenido.

No tan solo porque ese cuerpo legislativo hizo caso omiso a la voluntad de grandes sectores de su pueblo que vienen reclamado una verificación de los antecedentes penales y mentales del comprador de armas en ferias, eventos o por Internet, con el argumento de que tal ley vulneraría la Segunda Enmienda a la Constitución –argumento que para muchos salvaguarda intereses económicos y de poder– o porque, como se sabe, muchas de las personas que los pueblos eligen para que los representen están bajo el influjo de poderosas corporaciones e intereses financieros, cuando ellos mismos no son asociados directos o indirectos de esos intereses, sino por algo más profundo que los incluye y cuyo huidizo fondo valdría la pena tratar de dilucidar: nuestra condición de especie pensante y consciente de la pugna entre la predisposición gregaria que nos aglutina y nuestras tendencias individualistas vapuleadas por una supervivencia expuesta sin atenuantes al azar, el deterioro y la desintegración. Sobre todo la supervivencia, tan ligada a lo impredecible y al caos, que tanto apremia a la vida y que siendo en sí misma una espada de Damocles sobre la vida es también, irónicamente, una paleta de colores que enriquece la esencia de la vida.

Acaso, después de todo, la conciencia del tiempo sea nuestro mayor premio, un regalo mágico para la especulación, la filosofía, la creación y el artificio, pero paradójicamente, nuestra más cara maldición, la cuerda floja por la que avanzan nuestros días bajo la contingencia incesante de terminar en el abismo de la muerte sin rostro, el más allá que desconocemos y del que no se regresa. Quizá esa contingencia es el motor verdadero y oculto de nuestra búsqueda perpetua de puerto seguro donde anclar, puerto que de todas maneras ya hemos identificado pero nos negamos a admitir: la aniquilación. Sabemos que estamos limitados por nuestra temporalidad efímera y aun así nos aferramos con dientes y uñas a ella.

Por eso acaso somos tierra tan fácil para toda clase de ideologías, sectarismos, principios, credos y fanatismos por absurdos, fantásticos e inhumanos que ellos sean. Y más aún, semilla tan fértil en el arado de los intereses económicos y el poder. Y el poder y el dinero, lo hemos sabido desde siempre, no tienen en cuenta la vida de nadie ni el dolor de nadie ni el bienestar de nadie; ni siquiera el progreso de nadie. A ellos solo les interesa su autoabastecimiento y su multiplicación en más dinero y en más poder. En palabras de Schopenhauer el dinero es como el agua salada: mientras más se bebe, más sed da. Y como no tiene conciencia del límite, va expandiéndose en todas las esferas del conocimiento, el goce, los derechos y las necesidades humanas y sobre lo más sagrado y enaltecedor de la especie. Dinero y poder quebrantan todos los valores, se ríen de la sabiduría, desdeñan la compasión y pisotean cualquier sueño de igualdad entre los hombres. Como casi todo lo pueden se permiten la mediocridad y la estulticia. Las suyas son una sed y una codicia sin fondo aunque ahoguen a la sociedad en sangre y abofeteen a la justicia, a la equidad y a los derechos de los ciudadanos de cualquier país del mundo, pues como bien dice el escritor español Antonio Gala, al poder le ocurre lo que al nogal: no deja crecer nada bajo su sombra.

Bueno, no el poder y el dinero, que tan bien se avienen para confabular y que al fin y al cabo no son más que pobres cataplasmas para nuestra herida de morir después de una supervivencia azarosa, sino, para hablar con mayor propiedad, el uso que los hombres hacemos de ellos y la manera como nos rendimos ante ellos.

 

El profeta del desierto

Lunes, 21 Abril 2014 00:00 Publicado en Notas literarias

Por Janiel Humberto Pemberty

Antes, yo era un mísero mercader entre los mercaderes del desierto, a merced del sol, el frío y la arena inclemente. Viajaba de uno a otro lado con mi recua de camellos extenuados, o guiaba caravanas de hombres que se arriesgaban por la inmensidad despiadada en busca de emoción o de una señal divina que redimiera sus patéticas vidas.

Vivía sin otro sueño que morir al abrigo de un oasis apacible, pero una tarde, en medio de una ventisca tempestuosa, vi una luz inextinguible y escuché la voz de Mi Señor rasgando el cielo e imponiéndose sobre el vendaval estruendoso. Entonces, sobre esta arena mudable como la sombra, levanté mi tienda y conformé mi harem. Poco después Dios vino entre relámpagos y truenos, y de entre todas mis amadas esposas eligió a una para hacerla su médium y darle belleza estremecedora. Y ahora soy su profeta y clamo en el desierto.

Dios ya no habla entre zarzas ardientes o por la boca desdentada de los profetas, sino por la voz de mi amada que reconforta a la arena azotada por la canícula y crea oasis celestes en los ojos de los dromedarios.

Mis esposas y yo nos alimentamos de raíces, de alimañas y de las criaturas que reptan el desierto del crepúsculo. Comemos y esperamos. Esperamos y confiamos.

Previo a las tardes de revelación, Dios envía desde el norte un viento ofuscado que nos paraliza la memoria y arranca las escorias de nuestro pensamiento. Entonces, como sonámbulo, preparo los papiros vírgenes en los que habré de verter su palabra, que irrumpe a cántaros por los labios de mi amada como un amanecer de ámbar derramándose sobre nuestra oscura conciencia.

Dios estampa en la arena con letras de duna su ley, acatada hasta hoy por el cielo y las estrellas, y por la boca de mi amada habla a la sorda humanidad. Con Él tengo un tácito acuerdo: solo poseeré a mi esposa, su médium, cuya belleza turba los sentidos, cuando los hombres, igual que el cielo y las estrellas, acaten su mandamiento.

Por William Castaño-Bedoya

“Es muy posible que el año entrante los tengamos en cuenta,” nos dijo la encargada de dar esas razones a nombre de la Feria del Libro de Miami. Nos lo dijo un día de julio próximo pasado, cuando a cántaros, llovían las ilusiones dentro de nuestras almas de escritores. Es que estábamos tan ilusionados de ser leídos, de ser escuchados aunque fuera por la poquita gente de Miami que le gusta leer en español, que pensábamos en todo, menos en ser rechazados. Al fin, creo que nos entusiasmamos demasiado. Ah, pero… ¿qué de malo hay en eso? Si eso de entusiasmarse  es de humanos y nosotros, los que escribimos en Miami, también lo somos.

Nos dieron razones más bien flojas, excusas diría yo: “Que hay «muchos» escritores esperando turno desde hace varios años”. Imagínese usted cuantos escritores habrá en la lista de espera en la que ahora nosotros estamos. Sin embargo, es muy probable que para los años venideros por fin se nos dé una oportunidad a los escritores de Miami. Es muy posible, óigalo bien, pero no es nada seguro. Todo dependerá de cómo se pongan las apuestas. De cómo evolucione Miami y su Feria del Libro, para los hispanos. Acordémonos de que ya somos cincuenta millones de blanquitos, negritos, cafecitos, que hablamos español en este país. Lo cierto es que las tres novelas que preparamos para la feria de este año, desde hace tanto tiempo, continuarán descansando en la sombra porque para ellas no habrá Feria del Libro de Miami, al menos por ahora.

Pero no vayamos muy lejos. Si por la Feria del Libro llueven razones, por otros lados el aguacero de excusas es mucho más profuso. Ríanse… Cómo les parece que llegamos al Centro Cultural Español de Miami —CCE— motivados por su envestidura y glamour, con la pretensión de presentar nuestras obras allí. Nos apoyamos en el argumento de que La música del olvido, de Pemberty, contaba con el privilegio de haber sido seleccionada como una de las diez mejores de Premio Planeta (editorial española) de Novela en años anteriores y de que solo hasta ese momento iba a ser presentada a la crítica y a los lectores. Arrancamos ilusionados porque dizque allí se fomentaba todo lo que tuviera que ver con la cultura en español, por su prestigio y sus bondades, por su misión y compromiso con la lengua de Cervantes y su auspicio, y esto y lo otro —ilusionados otra vez, como siempre— pues nos escucharon. De forma esquiva, pero nos escucharon. Distantes sí, pero nos escucharon, que es mucho decir. Sin mayores ganas de compromiso y más bien displicentes nos dijeron con firmeza, que “solo”, léase bien, “solo” cuando les mostráramos la novela impresa, ellos podrían considerar una posible presentación de ella en el Centro. Fue algo así como un trueque: “Tú me muestras la novela impresa y nosotros ya veremos qué hacer”. Entonces juntamos pennies con pennies, o mejor, rompimos el marranito e imprimimos unos libros, los suficientes como para atender el lanzamiento hollywoodence de nuestra novela en ese recinto sagrado. Y nos les aparecimos días después henchidos de orgullo, convencidos de que al menos nos íbamos a ganar su admiración y respeto por tan loable trabajo literario y por la quijotada de habernos organizado como Book&bilias para escribir y escribir literatura en español en pleno Miami, justo donde el español conquista a pasos galopantes al vapuleado inglés del Sur de la Florida. Pero… ¡Que onda! como dicen los manitos. Resultó que como lo del libro impreso ya estaba cumplido la condición ahora sería que nosotros, y solo nosotros, deberíamos asegurarles una asistencia notable a un posible evento y que si no lo podíamos cumplir, entonces no habría deal. Recuerdo que Janiel y yo nos miramos más asombrados que un inocente condenado a muerte. Las razones que esa vez nos dio la encargada de dar “esas razones” a nombre del Centro Cultural Español de Miami, fue que unos peruanos hacía unos días habían realizado una actividad cultural en su recinto al que acudió muy poca gente y que eso no era bueno para el Centro, y que además el parqueadero, y que una cosa y que la otra. Ah, como le parece que por culpa de unos peruanos de buena fe, terminamos volviéndonos insignificantes para el flamante centro de la cultura en español en este rincón del universo. Una de las cosas que si nos dolió es que a la novela que habíamos impreso con tanto esmero para lanzarla en un lugar tan emblemático,  ni la voltearon a mirar, ni siquiera para decirnos que es muy buena, regular o mala… Si lo hubieran hecho con seguridad la desilusión no hubiera sido tan lastimera.

Esas son las respuestas que flagelan las ilusiones de un escritor en Miami. Valga aclarar que muy seguramente esta situación no sucede a todos los escritores de esta ciudad. Yo me refiero a los escritores huérfanos de glamour, de pasarelas, a los anónimos que por falta de ventanas y puertas escriben en celdas oscuras. Son respuestas que nos empujan a las tinieblas donde las letras hispanas de Miami suelen acomodarse de forma vitalicia. Y no se trata de hacer quedar mal a la Feria del Libro pues la culpa no es de sus organizadores, ni al centro Cultural Español. Quizás la culpa es nuestra por ilusos, o… porque nos faltaron palancas o recomendaciones, o porque por ausencia de pergaminos nos ganaron el puesto, o… quizás porque el puesto jamás nos lo hemos ganado por falta de méritos y así quién se va a fijar en nosotros. Pero en fin, hicimos el intento y eso vale mucho a estas alturas. De todas maneras allí estaremos, en la Feria o en el Centro, arengando a aquellos que hoy tienen el derecho a presentar sus obras sin importar que tan buenas sean.

Lo bueno de todo es que a uno se le olvidan esas respuestas tan desesperanzadoras y se vuelve a ilusionar. Si se ilusiona todo aquel que tiene algo para mostrar ¿porque no hacerlo uno cada vez que tiene entre manos la novela que escribió con tanto fervor? La verdad, este año ha sido plagado de ilusiones para Book&Bilias. Nos hemos ilusionado tanto que estamos ahítos ya. Pero esas ilusiones no han sido gratuitas. Por ejemplo, que gran ilusión cuando presentamos por primera vez La música del olvido, días después del fiasco del CCE, en el Consulado Colombiano de Miami, y a los ocho días en el Americas Community Center de Weston y luego en Unilatina, para no irnos tan lejos. Entidades a las que agradecemos su incondicional apoyo así como a los amigos que nos acompañaron y que nos acompañarán siempre. Book&bilias se creó para comprobar que en Miami se puede escribir sin tener que emigrar a París, a Berlin o a Madrid, ni tener que devolverse para Bogotá o para Santiago o para Medellín. Aquí se escribe bien mientras se trabaja para vivir, y se escribe en español aunque no lo crean. Se escribe bajo la luz de la ciudad del sol. Eso sí, se escribe con la convicción de que las obras tendrán la poca luz que en esta ciudad hay para iluminarlas, pero que en otras ciudades y lugares, la luz resplandecerá para ellas. Y para que vean que Book&bilias está comprometida con la literatura en este lado del mundo permítame comentar que tan solo a un año de haber sido fundada contamos ya con varios trabajos que como La música del olvido esperan destellos de luz. Me refiero a La chica del Nogaró o a Las alas del cóndor escritas por Hernán Orrego, o a Los monólogos de Ludovico  o Flores para María Sucel, de William Casatño-Bedoya o como El guardián invisible, también de Pemberty. Esto sin contar las obras de aquellos escritores que no conocemos pero que sabemos que existen abandonados bajo de los puentes de la literatura del Gran Miami.

Digamos que todo esto es tan circunstancial como la vida misma, que es un reflejo de esta sociedad que muy poco le deja a la intelectualidad y eso nos aqueja muy profundamente, y nos pone al borde de la búsqueda de otros alientos fuera, muy lejos, lejos en otras patrias, donde la gente lee con aprecio, donde las instituciones valoran al escritor sin remilgos de ninguna clase y lo tratan con respeto y vehemencia. Quizás nuestras obras serán leídas muy lejos quién sabe cuándo. Pero así son las cosas. Cuando uno se dedica a escribir lo hace bajo la luz de la consciencia, iluminado por la vida, acompañado por un que otro café o muchos cafés para ser exactos, alternados con muchos silencios, muchos. Sin darle importancia a que toda esa luz que nos inspira languidezca y caiga en la tinieblas de Miami, en su literatura itinerante, anónima. Estoy seguro de que, como yo, muchos escritores se han venido acostumbrando a esas sombras silentes enclavadas con ironía en la cuidad del sol. Pero como somos humanos no podemos dejar de ilusionarnos. Por eso seguimos con la cantaleta de que algún día la gente de nuestro vecindario nos leerá y nosotros una vez más, henchidos de orgullo, nos sentiremos los mejores escritores del mundo.

Carlos Fuentes ante la posteridad

Lunes, 21 Abril 2014 00:00 Publicado en Notas literarias

Carlos Fuentes. Noviembre 11 de 1928 – mayo 15 de 2012

 

Acercarse a la obra de Carlos Fuentes es siempre un juego y un desafío porque es un autor que asimiló a fondo las complejas técnicas de la novela europea de comienzos del siglo XX, que poseyó un altísimo dominio del idioma y que ambientó muchas de sus obras en escenografías que lindan con lo fantástico, echando mano de todos los géneros literarios. Además, sus experimentos con el tiempo, su técnica difícil pero estimulante, y sus personajes, que desbordan la imaginación con una pasión telúrica, acercan su literatura al ideal posmoderno de la novela: ese que exige del lector que sea también, en cierto modo, autor del texto que lee.