Book And Bilias

Novela de José Díaz-Díaz

Debo confesar que los momentos más placenteros de mi cotidianidad suelen suceder cuando puedo salpicar con un poco de humor la situación por la cual estoy atravesando. Pareciera que el sarcasmo, la ironíay la sátira, hacen parte de los componentes elementales de mi química cerebral. En fin, disfruto mucho -y lo reitero-, cuando puedo hacer chiste de algo o buscarle el lado burlesco a cualquier situación por más ceremoniosa que sea. Sin embargo, la fuerza de la Realidad se ha salido con las suyas y !heme aquí! con esa imagen adusta y formal que siempre me acorrala, me doblega y me acompaña.

Que yo recuerde, he tenido que pagar caro por dejar salir a flote esta tendencia visceral. Cincuenta y siete años atrás, cuando fungía como miembro de un coro parroquial -tendría unos 6 años de edad- el cura director me sacó a empellones del ensayo y del templo, propinándome de paso un tremendo bofetón, dizque porque estaba saboteando la canción, disonando a propósito, cantando en un tono que no era el que la pieza musical exigía. Unos años más tarde el profesor de matemáticas me expulsó de la clase porque, mientras él explicaba el concepto de los logaritmos, me pilló distraído dibujando en un papel trazos de un posible dibujo obsceno. Más tarde, ya en la universidad, algo parecido me aconteció con el profesor de «cultura medieval» cuando me llamó con severidad la atención debido a que mientras él explicaba las costumbres de los Caballeros Templarios, yo pasaba ruidosamente las hojas del periódico del día y, a la vez, escondía los bostezos que me producía el bizantino tema.

 Y así podría seguir enumerando anécdota tras anécdota, pero como el objetivo de las líneas que escribo es el de vislumbrar el impulso que me llevó a escribir la novela El último romántico, pues debo ir al grano y confesar de inmediato, que fue el de narrar en «clave de parodia», en ritmo de desahogo si se quiere, las desventuras de un joven antihéroe que lleno de ideales y de sueños, apostó por la felicidad y lo ganó la tragedia.

«Suena algo filosófico», pensará alguien. Pues sí. No hay equivocación en absoluto. Resultó ser una novela filosófica tal como un amigo la calificara. Gerardo Antonio, el desgraciado y provinciano personaje que vivió entre Bogotá y Caracas durante la segunda mitad del siglo pasado, es el encargado de materializar la Metáfora del descalabro existencial, de soportar toda la descarga biliosa de mi desacuerdo vertical con el estado de cosas de nuestra sociedad, de nuestra doble moral, de la distancia insalvable entre la realidad y el deseo, entre el ser y el deber ser, en fin, entre la cruda realidad y el soñar con un mundo mejor.

Para que el muchacho no se sintiera tan solo le conseguí un acompañante: un enano o, mejor, un liliputiense sabiondo y egocéntrico, falaz y superhombre [para reir], en otras palabras, le conseguí un coprotagonista con su linaje y todo por supuesto, para que fungiera de bufón a lo largo de toda la historia.

Pero el verdadero personaje no comediante es «El librero», quien hace el papel de narrador. Ese sí es el duro, ya que no vive de ilusiones y desde el comienzo declara, como si trajera a colación el discurso de Arthur Schopenhauer, que:

…he llegado y, me siento obligado a confesarlo, a la edad en la cual la vida es finalmente aceptada como una derrota.

 

Con este elenco, adicionado al de los personajes femeninos que no podían faltar(Mara y Lisandra v. gr.), quienes soportan la emoción del erotismo hilarante y salvaje de la tragicomedia y asumen la fortaleza de no quebrarse ante ninguna adversidad, se abre el telón para dar comienzo, sobre un tingladode mofa, al más serio de mis trabajos hasta ahora emprendidos.

 

Qué más puedo yo decir. Bueno, los alerto para que no esperen un cuentico complaciente. Los ingredientes de la fórmula son explosivos y así como los pueden transportar al cielo, también les pueden dar una pasadita por el infierno. C‘Est la vie, madame, dicen los franceses; “esto es una mierda”, dicen los cubanos; “el último que se vaya que apague la luz”, decían los uruguayos.

Por César Lacayo
Presidente del CEPI · Circulo de escritores y poetas iberoamericanos.
Miami, mayo de 2010

“Por el elevado tono y la sensible percepción de una época
que acusa una doble moral inocultable, logrando con éxito
traducir su problemática a un lenguaje narrativo de parodia
y síntesis esencial, el escritor José Diaz-Díaz nos está indicando
que se encuentra en el camino justo donde la narrativa actual
se topa de frente con la veta que nos lleva a interpretar válidamente,
con las herramientas de su propia estética, al confundido y alienado
hombre de hoy.”

El primer inpacto que me causó el libro del escritor colombiano José Díaz-Díaz tan pronto lo tuve en mis manos fue el título de la novela, respaldado en la portada por la foto de un violín emanando de su silencio unas notas que se me antojaban, no sé porqué, un poco nostálgicas. Y no fue hasta bien avanzada la lectura cuando caí en la cuenta de que había suficientes argumentos para justificar el título de El último romántico.

En efecto, siguiendo el azaroso deambular de su personaje principal, podemos sentir con él que en verdad es un romántico en la acepción simple del vocablo, valga decir enamorado y soñador, pero enfaticemos que es mucho más que eso. La parte donjuanesca y vaya que sí la tiene y en abundancia, nos remite unas veces a Zorrilla pero cuando  nuestro personaje se pone serio y comienza a tomar posiciones críticas en defensa de lo justo y contra las fechorías y corruptelas que amenazan con socavar los ya de por sí maltrechos principios de dignidad de nuestros países, entonces se nos asemeja al inquieto Azorín, el último romántico de la España del siglo diecinueve.

Y es que Gerardo Antonio, que así es el nombre del protagonista, un neo-romántico tardío, ingenuo y joven provinciano quien le apuesta su existencia al único objetivo de escribir un libro para justificar su paso por este infierno con cara de paraíso, no se queda tampoco ahí. Cuando asume posiciones de esteta se nos parece a aquel moralista para quien lo bueno es lo bello. ( pág. 285). Valga decir, que su moral es su estética. Cuando dialoga con Dios, y alcanza estados de exaltación mística, lo hace directamente sin echar mano de religión alguna. (Pág.219) Cuando habla de poesía sabe que el poeta no es más que un hombre que desnuda su alma y se dedica al más inocente de los oficios, como dijera Hölderlin. Un elegido con voluntad de mostrar sus heridas, sus cicatrices pero también de compartir sus raptos de iluminación. (Pág. 218.) 

Y como su periplo lo lleva por caminos de la Bogotá y Caracas de las últimas décadas del siglo que apenas termina, la nostalgia se enreda en su conciencia para añorar aquellos años donde la decencia todavía significaba algo y la caballerosidad e hidalguía medían el temple de los varones levantados bajo unas normativas distintas. Y aquí es cuando se explaya apenándose y apesadumbrándose por la pérdida paulatina de un entorno amable de diálogo y comunicación. Ya no existen los libreros ni las pequeñas librerías de tertulia, los libros de papel amenazan con desaparecer, la era digital y el imperio de la Internet borran de un plumazo el calor de una época que tenía tiempo para platicar. La narcocultura corroe aún más el ya de por sí desvencijado cuerpo de una sociedad desmoronada. Es en ese punto de transición de dos momentos históricos, en ese borde de dos épocas, en esa simbiosis y trasiego de hábitos y costumbres por donde debe transitar el espíritu encandilado del protagonista. Consciente o inconsciente de su minusvalía e imperfección, de su indigencia espiritual para trascender, Gerardo Antonio se apega a su sueño  de escribir una novela, para paliar sus limitaciones existenciales y antropológicas. El lenguaje y la literatura serán su salvavidas.

El coprotagonista y narrador, un librero retirado que no duda en declararse como un perdedor existencial, soporta la parte adversa y amarga de la balanza tragicómica. En pocas palabras resume su rol, como lo podemos leer en la página 12:

“... He llegado y me siento obligado a confesarlo, a la edad en la cual la vida es finalmente aceptada como una derrota. Me hierve la sangre tener que admitirlo, pero es así. Sin embargo, la visión desoladora que tengo de la condición humana, les prometo, no va a influir en el semblante del presente relato. Vale.” 

De todas maneras, Rubén Eduardo se encarga con calculado disimulo en la intimidad de la narración, de dejar caer las gotas de desconsuelo sobre el desdichado estado de la vejez la cual compara con “una tristeza postcoito de nunca acabar” (Pág. 63) Él es el polo a tierra que nos recuerda que en el final de nuestro destino se encuentra el ser para la muerte, mientras su ahijado (Gerardo Antonio) vuela todo el tiempo como papalote al cual le han cortado la cuerda que lo ata a la tierra. Total, al parecer el único personaje centrado y ecuánime viene siendo el viejo narrador quien a pesar de su abatimiento sentimental y su anarquía conceptual, lleva la batuta de tan singular tragicomedia.

La valoración de la mujer sale muy bien librada en la saga. Allí se reconoce con valentía que los hombres son los blandengues y las mujeres las recias. En efecto, se exalta el don natural de las féminas para crear, amparar y conducir al hombre en su masculino rol de consorte y compañero de camino. Las vírgenes del santoral católico ( La Chinita, La Concepción, la Coromoto, etc.) siempre aparecen en los distintos lugares asumiendo su condición de patronas tutelares que ejercen su función de cobijo y resguardo sobre las frágiles criaturas, lo que hace justicia en su referente externo con el imaginario popular de la creencia latinoamericana.

La mamá de Gerardo Antonio, madre soltera, muestra su temple en las decisiones que debe tomar, es siempre el bálsamo con olor a sándalo que cobija a su hijo donde quiera que éste vaya y asume su condición de lesbiana sin vacilación alguna. Lisandra, la esposa de Gerardo Antonio es la prolongación de la madre del protagonista en cuanto a la protección y vigilia que le brinda y engendra el símbolo de la feminidad total valga decir el prototipo de la hembra telúrica y raizal, elemental y cósmica, en fin el sedimento en el que se percibe con plenitud el verdadero bouquet de la vida. Su potente afirmación a la existencia se consolida con el ejercicio sexual a veces un tanto hilarante y cómico cuando confunde y mezcla el Tantra de la cultura oriental de orientación armónica y totalizante, con la práctica erótica de la cultura occidental de cierta inclinación thanática.

 Mara, su amiga del barrio Teusaquillo de Bogotá, es un personaje etéreo y conceptual. Es un pozo de ingenuidad y de bondad, incorruptible y sin pecado original, es la excepción a la sentencia de Rousseau quien dice que “... el hombre nace bueno pero la sociedad lo corrompe...”. Ella transgrede ese destino y se eleva —como la flor de loto flota sobre el río sin mojarse—sobre las miserias de nuestro tiempo. Diáfana, casta, transparente y  muda, migra de una ciudad a otra dando testimonio de desprendimiento y tolerancia.

 Su prima Eugenia, nacida con vocación histriónica, nos ilustra a partir de su puesta en escena de comedias caseras en el comienzo de su carrera y más tarde con obras como Las Sillas de Ionesco (Pág.79[Eugenio Ionesco 1909-1994]) y hasta en su propio monólogo de la mujer liberada (Pág. 77) la posición conceptual del autor sobre los  temas de lo absurdo y de la liberación femenina que tanta fuerza tuvo durante los años sesenta y setenta más aún cuando trae a colación la declaración del llamado “Manifiesto de las 343 sinvergüenzas” sobre el derecho al aborto y firmado por Simone de Beauvoir y Marguerite Duras entre otras, en abril 15 de 1971 en París. También aprovecha el autor la voz de éste personaje para filosofar sobre la tiranía del Yo y la función liberadora de la despersonalización a través del teatro.

 El maestro luciano, liliputiense de postín y su corte de enanos que salpican el texto narrativo a lo largo de sus 289 páginas y además con presencia ficticia en las dos novelas, puesto que también aparecen en la fábula que escribe Gerardo Antonio, llenan de alegría simple y de gracia el ambiente de la saga, a la vez que le dan un toque surrealista donde se une lo irreal con lo posible y que además conecta con un mundo de fantasía que trastoca la realidad plana de la historia con la complejidad de los mundos subconscientes. Se trata de desrealizar la realidad o mejor, de enriquecerla al integrar toda esa parafernalia de personajillos que en el imaginario popular deambulan libres. Los gnomos y los Erlkönigs de la mitología nórdica; Rigo, el hijo enano del comandante Tirofijo, Roselino el pequeño donjuan de Galicia y de América, en fin, los hombres de minúscula estatura son los sucedáneos de los héroes clásicos, llamados a emprender las grandes empresas. La tragedia comienza cuando los magnos ideales de la humanidad son puestos en manos de los más pequeños y frágiles. No es otro el sentido de imponer, paradójicamente, al enano Luciano la tarea de conseguir LA PAZ DEL MUNDO (ver Pág.25) a partir de su megaproyecto sobre la ciudadela del futuro.

 Llama la atención la variedad de temas que abarca El último romántico a partir del principal que no es otro que el SENTIDO DE LA EXISTENCIA. El argumento y la conceptualización de los personajes, elaboran en ágil telaraña tópicos de corte psico-social, cultural y político-filosófico, siempre persiguiendo el medio justo aristotélico de montar un escenario donde conviven en balance sostenido lo humorístico y lo serio, lo cómico y lo dramático, lo anodino y lo trascendental. Si bien es cierto que el personaje central muere de amor ante la muerte inesperada de su amada, final romántico por excelencia, el autor trabaja un sinfín de subtemas ya sea utilizando el subgénero de la ficción transgresiva (ver carta de Sarah a Gerardo Antonio) o planteando la validez de las experiencias místicas como en el caso de las cuevas del Guácharo en Monagas o el de la ingesta de hongos alucinógenos en los alrededores del río la Miel de Cundinamarca.

El sentimiento de desolación ante la vejez la contrapone con el mito de la inmortalidad. Denuncia la paulatina muerte simbólica de la literatura y de la poesía, de la lectura y de los libros de papel debido al posicionamiento de la sociedad de consumo que como criterio global de comportamiento impone lo utilitario sobre lo lúdico. Sin embargo antepone principios y conductas salvadoras que subterráneas y silenciosas corroen las entrañas del monstruo tales como lo son en efecto, el principio Holístico de unidad, o el Gen Moral que empuja al hombre hacia la bondad, o la fuerza Andrógina que acaba con las contradicciones psicológicas de la pareja al derribar el muro que separa y a veces hasta enfrenta la dualidad de lo femenino-masculino.

Como en la novela romántica, también la naturaleza y el color local, el aire y la sensación de época, la atmósfera provinciana, el elemento telúrico y el terruño con sabor a paraíso del paisaje latinoamericano juegan un papel de personajes que se integran con el ambiente general de la narración. Las descripciones soberbias sobre la isla de Los Roques y desembocadura del río Orinoco, los alrededores del lago de Maracaibo, la plaza de Bolívar de Caracas de los años setenta, Las cuevas del Guácharo, la Colonia Tovar, en Venezuela; de igual manera los cuadros de ambientes como los de Tunja y Manizales, los de la Bogotá de los años sesenta y la reminiscencia de décadas anteriores cuando el bogotazo y de las remembranzas de la Santafé colonial, dialogan con las frescas voces de los contertulios embriagados de sabor a monte y desmesura.

En definitiva, los personajes ficticios de la trama interior de las dos novelas, la que narra el librero retirado y la que narra el personaje principal Gerardo Antonio, desarrollan su acción al comienzo, de manera independiente y separada pero luego se vincula una historia con la otra y los personajes de la primera se entremezclan con los personajes de la segunda y estos con personajes “reales” del entorno exterior lo cual deviene en una mixtura entre ficción y realidad, de verdad y de verosimilitud, típica de la técnica y de las tendencias estéticas de la postmodernidad. Si adicionamos a lo anterior el papel activo del lector quien ya no es más un espectador pasivo de la trama sino que se le da un espacio de participación y juego al ser integrado como un elemento literario adicional del relato y con el cual el narrador dialoga y pregunta, entonces completamos el cuadro narrativo en donde nadie escapa de ser convertido en ente de ficción. Sumémosle a todo esto la filia que el autor demuestra por los libros al incluir muchos de ellos como referente vertebral de la trama, a la vez que rinde un homenaje al mundo de la literatura.

Si fuera del caso ubicar esta novela dentro del ámbito de la narrativa que se está produciendo en esta década en los países latinoamericanos, habría que señalar justamente que constituye una muestra típica de esa nueva búsqueda individual de originalidad y a la vez de universalidad que persiguen nuestros narradores, muy propia de la nueva  corriente que nace al desprenderse de la doble tendencia que unificaba a la llamada literatura latinoamericana: la línea barroca de lo real maravilloso y del realismo mágico y la línea con preeminencia de lo ideológico sobre lo literario. El énfasis corresponde aquí, a la disposición de superar los muros de la nacionalidad en la búsqueda de lo transnacional al estilo de la idea de Roberto Bolaño en la cual para el escritor la patria la constituye su biblioteca.

Sin lugar a dudas, el estilo narrativo del escritor José Díaz-Díaz es totalmente experimental y vanguardista. Allí coexisten y se mixtifican los géneros y subgéneros literarios, donde el lenguaje pareciera liberarse de esa camisa de fuerza que lo encasilla y refrena. La Historia parece ficción y la ficción, Historia, en la que se confunde deliberadamente la imaginación con la realidad, resultando de todo este cruce de espacio, tiempo y lenguaje; de voces polifónicas, de artificios, símbolos y apariencias, una amenísima tragicomedia de ritmo cinematográfico que atrapa y conmueve simultáneamente, flanqueada por un aliento poético que transpira la obra a través de sus páginas y de un dominio del idioma en el cual conviven  el coloquio y el habla regional con el uso de un lenguaje elaborado  que seduce al lector más avezado.

Por el elevado tono y la sensible percepción de una época que acusa una doble moral inocultable, logrando con éxito  traducir su problemática a un lenguaje narrativo de parodia y síntesis esencial, el escritor José Díaz-Díaz nos está indicando que se encuentra en el camino justo donde la narrativa actual se topa de frente con la veta que nos lleva a interpretar válidamente, con las herramientas de su propia estética, al confundido y alienado hombre de hoy.

 

 
(24 DE JUNIO DE 1911-30 DE ABRIL DE 2011)

 

Recopilaciones y reflexiones de Juan Pablo y Janiel Humberto Pemberty

Nota: Algunos datos biográficos consignados en este artículo han sido tomados de Wikipedia.

INTRODUCCIÓN

 

A sólo unos meses de cumplir cien años de edad, Ernesto Sábato abandonó este mundo.

 

No deja de maravillarse uno cada vez que se asoma a la vida de la gente porque cada ser humano (no pretendemos aquí decir nada nuevo ni ser originales) es único e irrepetible, una novela viviente. Eso lo puede comprobar cualquiera tan solo con escuchar anécdotas de sus amigos o historias de familia. Sin embargo, ponerse en serio a registrar y tratar de perpetuar para la humanidad una vida o varias vidas en una novela, sí que me parece mágico aunque a la postre pueda resultar un tanto inútil.

Por eso, habernos acercado a la vida de Ernesto Sábato nos ha parecido tan enriquecedor. Ernesto, sin duda, tiene mucha tela de donde cortar como joven revolucionario primero, como promisorio investigador científico después y como literato reconocido luego, amén de sus escaramuzas como ensayista y hombre comprometido con la justicia, según lo entendemos nosotros.

Una biografía es como un sueño que se suma a este sueño que es la vida. Corramos pues la cortina, y con reverencia, entremos en el mundo de Ernesto Sábato, que acaba de dejar este mundo hoy sábado 30 de abril de 2011.

Acometemos las siguientes páginas para resaltar la importancia de uno de los hombres de ciencia y letras más reconocido en Latinoamérica, ya que no es común (ni fácil) que los seres humanos andemos moviéndonos como peces en el agua por los complicados vericuetos de la física nuclear y una producción literaria de las buenas. Tanto es así, que en 1943 el pobre Ernesto sufrió una crisis existencial producto de las contradicciones entre el mundo claro y luminoso de las matemáticas y el atormentado y complejo mundo de la literatura, que casi lo lleva al suicidio. Y eso que ya era padre de Jorge Federico su primer hijo, que nació en 1938, y esposo de Matilde Kusminsky-Ritcher a quien había conocido en 1933 mientras dictaba cursos de Marxismo-Leninismo, cuando ella tenía apenas 17 años y decidió abandonar la casa de sus padres para irse a vivir clandestinamente con él. Así pues, entre libros, política y arengas, al joven Ernesto le quedaban restos para el jaleo amoroso clandestino, que nunca ha dejado de tener sus abismitos.

NACIMIENTO E INFANCIA

 

Ernesto Sábato Ferrari (nada que ver con la casa automotriz), nació en Rojas, una ciudad de la provincia argentina de Buenos Aires, que a la sazón contaba con no más de 5.000 habitantes, el 24 de junio de 1911. Fue el décimo de los once hijos que don Francisco Sábato y doña Juana María Ferrari (inmigrantes italianos) trajeron a este valle de lágrimas, y se llamó Ernesto porque sus papás decidieron perpetuar en él a Ernestito, su noveno hijo, muerto un poco antes de nacer él.

Nació un 24 de junio, como nuestra madre y abuela, y como ella sin movimientos telúricos ni estrellas fugaces que anunciaran su llegada a este purgatorio. Parece eso sí, que desde que fue arrojado de la cálida cueva de su madre a las inclementes temperaturas de la sala de hospital, Ernestito se sintió incómodo en la vida y decidió ser bastante crítico con todo. Por ello no resulta extraño que sus más íntimos reconozcan que desde niño fue siempre reconcentrado y algo cohibido. Su mal humor, a veces incontenible, y la aguda virulencia con que de vez en cuando sazona sus argumentos, esconden una timidez adquirida, pues su infancia, dicen, fue cerrada, gris y careció de las satisfacciones que cierta exaltación salvaje da a la niñez. Se pasaba las horas con la nariz contra la ventana, mirando a los chicos de su edad tirar trompo, correr, remontar barriletes.

Para él mismo y para los demás, Ernestito fue un niño problema. ¡Pues claro, con semejante talento y energía y medio amarrado! Quizás por eso, quien conozca su obra ha de recordar que su humor es ácido, algo perverso y a menudo hiriente.

ADOLESCENCIA, JUVENTUD REBELDE Y ESTUDIOS

 

En 1924 Ernestito egresó de la escuela primaria de su Rojas natal y viajó a La Plata, ciudad que dista unos 55 kilómetros de Bueno Sáires, como escribiría más tarde en Sobre héroes y tumbas para rescatar el habla coloquial del porteño, con el fin de realizar sus estudios secundarios en el Colegio Nacional de la Plata, donde tuvo la fortuna de conocer a Pedro Henríquez Ureña, profesor de origen dominicano, portentosa personalidad literaria que hizo un invaluable trabajo por las letras argentinas, a quien la prepotente intelectualidad de la época menospreció a pesar de que Pedro (aunque esto no ataña a este estudio) fue hijo de Francisco Henríquez y Carvajal, notable humanista dominicano y presidente la de la República Dominicana. Ernesto, no ya Ernestito, reconoció siempre a Pedro como inspirador de su carrera literaria y lo recuerda después con estas nostálgicas palabras:

Se me cierra la garganta al evocarlo, esa mañana en que vi entrar a ese hombre silencioso, aristócrata en cada uno de sus gestos (...) Aquel ser superior tratado con mezquindad y reticencia por sus colegas, con el típico resentimiento del mediocre, al punto que jamás llegó a ser profesor titular de ninguna Facultad de Letras de Argentina.

Este hombre que alguien llamó "peregrino de América" (y cuando se dice América en relación a él debe entenderse América Latina, esa teórica América total que la retórica de las cancillerías ha puesto de moda, por motivos menos admirables), tuvo dos grandes sueños utópicos; como San Martín y Bolívar, el de la unidad en la Magna Patria; y la realización de la Justicia en su territorio, así con mayúscula.

Su vida entera se realizó, así como su obra, en función de aquella utopía latinoamericana. Aunque pocos como él estaban dotados para el puro arte y para la estricta belleza, aunque era un auténtico scholar y hubiera podido brillar en cualquier gran universidad europea, casi nada hubo en él que fuese arte por el arte o pensamiento por el pensamiento mismo. Su filosofía, su lucha contra el positivismo, sus ensayos literarios y filológicos, todo formó parte de sus silenciosa batalla por la unidad y por la elevación de nuestros pueblos.

Hacemos hincapié en este personaje, porque consideramos que sin su aparición en la vida de Ernestito, este talvez no habría sido el creador literario que fue, ya que su influencia fue tan notable que Ernesto escribió el ensayo Significado de Pedro Henríquez Ureña, en 1967. Suertudo Ernestito en este aparte, al encontrar en su camino a semejante erudito e inspirador ¿sí o no?

Sus biógrafos no nos dicen nada de su vida, en una década, salvo que en 1928 ingresa a la facultad de ciencias Físico-Matemáticas de la Universidad de la Plata, donde se la alborotó la fiebre estudiantil.

Su soledad intensa y la separación de su madre ya habían marcado rasgos definitivos en su carácter, así que se vinculó en un comienzo a grupos anarquistas pensando que ellos quizá podrían encausar sus profundas ansiedades. La solidez del Partido Comunista y su poder dogmático lo atraían poderosamente.

Ya en 1933 es un activo militante del movimiento de Reforma Universitaria y cofundador del grupo Insurrexit, de tendencia comunista. En ese mismo año fue elegido Secretario General de la Federación Juvenil Comunista. Pero en 1934, el joven revolucionario comienza a tener dudas sobre la doctrina comunista y la idoneidad histórica de la dictadura de Stalin. Y sus copartidarios que se las huelen deciden enviarlo por dos años a las Escuelas Leninistas de Moscú, en donde según el mismo Sábato, uno se curaba o terminaba en un gulag o en un hospital psiquiátrico.

Pero antes de llegar a Moscú, el Partido Comunista de Argentina lo mandó a Bruselas como su delegado ante el Congreso contra el Fascismo y la Guerra. Una vez allí, temiendo que su viaje a Moscú no tuviera regreso, abandonó el congreso y huyó a París.

Parece ser que por estar alejado de los ajetreos propios de sus compromisos académicos y políticos, el joven Ernesto pudo por fin dedicarse a dar rienda suelta a su pasión literaria y comenzó a escribir o escribió una novela que llamó La fuente muda, que muda se quedó para siempre porque lo único que se publicó de ella fue un breve fragmento en la revista Sur que fundó y dirigió Victoria Ocampo, de quien se dice estuvo enamorado Jorge Luis Borges, pero no vinimos a hablar de Victoria ni de Silvina su hermana ni de Borges, ni a hacer chismes, que para chismosos están los periodistas, sino a hablar de Ernesto Sábato o Ernesto a secas.

ERNESTO, EL INVESTIGADOR CIENTÍFICO

 

En 1936 Ernesto regresó a Bueno Sáires y de una se casó con Matilde.

En 1938, el mismo año en que nació Jorge Federico (25 de mayo), obtiene el doctorado en Física en la Universidad Nacional de la Plata. Y gracias a los buenos oficios de su amigo Bernardo Houssay, la Asociación Argentina para el Progreso de la Ciencia le concede una beca anual para realizar trabajos de investigación sobre radiaciones atómicas en el Laboratorio Curie en París.

En París entra en contacto con André Breton y los surrealistas y con trabajos de autores surrealistas latinoamericanos que tendrían una profunda influencia en su obra.

Durante este tiempo de antagonismos, por la mañana me sepultaba entre los electrómetros y las probetas y por la noche en los bares con los delirantes surrealistas. En el “Dome” y en el “Deux Magots”, alcoholizado con aquellos heraldos del caos y la desmesura, pasaba horas elaborando “cadáveres exquisitos”.*

En 1939 fue transferido al Massachusetts Institute of Technology abandonando París antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Regresó a Argentina en 1940 con una muy clara determinación de abandonar la ciencia. A propósito de su decisión argumentó:

En el laboratorio Curie, en una de las más altas metas a las que podía aspirar un físico, me encontré vacío de sentido. Golpeado por el descreimiento, seguí avanzando por una fuerte inercia que mi alma rechazaba.

Pero para cumplir con quienes le habían otorgado la beca se desempeñó como profesor en la Universidad de la Plata en la cátedra de Ingreso a Ingeniería y en un posgrado sobre relatividad y mecánica cuántica. Sin embargo a raíz de unos artículos que publicó en el matutino capitalino La Nación en los que atacaba duramente la figura del teniente coronel Juan Domingo Perón, debió abandonar la enseñanza en 1943.

Fue en ese año, según dan a entender sus biógrafos, que enfrentó su crisis existencial y optó por abandonar la ciencia para siempre y dedicarse a la literatura y la pintura. Esta decisión sorprendió enormemente a quienes seguían de cerca su promisoria carrera científica y a quienes la habían estimulado, pero Ernesto se defendió en Uno y el universo: “Muchos pensarán que esta es una traición a la amistad, cuando es fidelidad a mi condición humana”.

Se instaló en Pantanillo, en la provincia de Córdoba, en un rancho sin agua ni luz pero entregado a la escritura.

 

CARRERA LITERARIA

En 1941 apareció el primer trabajo literario de nuestro Ernesto, un artículo sobre La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares en la revista Teseo de La Plata. También publicó una colaboración en la revista Sur, por intervención de Pedro Henríquez Ureña. En 1942 continuó colaborando en la revista Sur con reseñas de libros. Se encargó de la sección Calendario y participó del Desagravio a Borges en el Nº 94 de Sur. Publicó artículos en el diario La Nación y publicó su traducción de Nacimiento y muerte del sol de George Gamow. Al año siguiente publicaría la traducción de El ABC de la relatividad de Bertrand Russell.

En 1945 publicó su primer libro, Uno y el universo, una serie de artículos filosóficos en los que critica la aparente neutralidad moral de la ciencia y alerta sobre los procesos de deshumanización en las sociedades tecnológicas. Con el tiempo irá avanzando hacia posturas libertarias y humanistas. Ese mismo año recibió por el libro el primer premio de prosa de la Municipalidad de Buenos Aires y la faja de honor de la Sociedad Argentina de Escritores. Y ese mismo año también, a finales de la Segunda Guerra Mundial, nació su hijo Mario quien llegaría a ser un conocido director de cine.

En 1948 después de haber llevado los manuscritos de su novela a las editoriales de Buenos Aires y de ser rechazado por todas, publicó en la revista Sur, El túnel, una novela psicológica narrada en primera persona. Enmarcada en el existencialismo, una corriente filosófica de enorme difusión en la época de posguerra, El túnel recibió críticas entusiastas de Albert Camus, quien lo hizo traducir por Gallimard al francés. Aparte de este, la novela ha sido traducida a más de diez idiomas.

En 1951 se publicó el ensayo Hombres y engranajes bajo la editorial Emecé y al año siguiente, en 1952, se estrenó en la Argentina la película El túnel, una producción de Argentina Sono Film, dirigida por León Klimovsky. En 1953, nuevamente bajo la editorial Emecé, publicó el ensayo Heterodoxia.

En 1955 es nombrado interventor de la revista Mundo Argentino por el gobierno de facto impuesto por la Revolución Libertadora, puesto al que renunciaría al año siguiente por haber denunciado la aplicación de torturas a militantes obreros. Ese mismo año publicó El otro rostro del peronismo: Carta abierta a Mario Amadeo, en donde, sin abdicar a sus antipatías hacia la figura del expresidente Juan Domingo Perón, efectúa la defensa de Evita y sus seguidores, posición que le crearía numerosas críticas de los sectores intelectuales argentinos, mayoritariamente opositores al régimen derrocado.

En 1958, durante la presidencia de Arturo Frondizi, Ernesto fue nombrado Director de Relaciones Culturales en el Ministerio de Relaciones Exteriores, puesto al que renunciaría al año siguiente por discrepancias con el gobierno.

En 1961 publicó Sobre héroes y tumbas, que ha sido considerada una de las mejores novelas argentinas del siglo XX. Se trata de una obra que narra la historia de una familia aristocrática argentina en decadencia, en la que se intercala un relato intimista sobre la muerte del General Juan Lavalle, héroe de la Independencia.

Cuando decidí tomarlo para mi novela, no era, en modo alguno el deseo de exaltar a Lavalle, ni de justificar el fusilamiento de otro gran patriota como fue Dorrego, sino el de lograr mediante el lenguaje poético lo que jamás se logra mediante documentos de partidarios y enemigos: intentar penetrar en ese corazón que alberga el amor y el odio, las grandes pasiones y las infinitas contradicciones del ser humano en todos los tiempos y circunstancias, lo que sólo se logra mediante lo que debe llamarse poesía, no en el estrecho y equivocado sentido que se le da en nuestro tiempo a esa palabra, sino en su más profundo y primigenio significado.

La novela también incluye el Informe sobre ciegos que a veces se ha publicado como pieza separada, y sobre el cual su hijo Mario realizó una película. En 1965 se lanzó el disco Romance de la muerte de Juan Lavalle, con textos recitados de Sobre héroes y tumbas y canciones con letra de Ernesto y música de Eduardo Falú.

Su siguiente novela, Abbadón, el exterminador se publicó en 1974. De corte autobiográfico, con una estructura narrativa fragmentaria y de argumento apocalíptico en el cual Ernesto se incluye a sí mismo como personaje principal y retoma a algunos de los personajes ya aparecidos en Sobre héroes y tumbas. Ese mismo año recibe el Gran Premio de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE).

En el año 1975 recibe el Premio de Consagración Nacional de la Argentina y dos años más tarde Abaddón, el exterminador obtiene el título a mejor libro extranjero en Francia, y en Italia recibe el Premio Médici. Al año siguiente, en 1978, le otorgan la Gran Cruz al mérito civil en España. En el año 1979 es distinguido en Francia como Comandante de la Legión de Honor.

Por solicitud del presidente Raúl Alfonsín, presidió entre los años de 1983 y 1984 la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas), cuya investigación, plasmada en el libro Nunca Más, abrió las puertas para el juicio a las juntas militares de la dictadura. En 1984 recibió el Premio Cervantes; la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires lo nombró Ciudadano Ilustre; recibió la Orden de Boyacá en Colombia y la OEA le otorgó el Premio Gabriela Mistral. Dos años más tarde, en 1986, le entregan la Gran Cruz de Oficial de la República Federal de Alemania. En 1989, recibió en Israel el Premio Jerusalén. El mismo año fue nombrado Doctor honoris causa por la Universidad de Murcia, España; en 1991 por la Universidad de Rosario y la Universidad de San Luis de Argentina, y en 1995 por parte de la Universidad de Turín, Italia.

El 21 de diciembre de 1990, en su casa de Santos Lugares, se casó por la iglesia con Matilde Kusminsky-Richter. La ceremonia fue oficiada por Monseñor Justo Laguna y Monseñor Jorge Casaretto.

En 1995 murió su hijo Jorge Federico en un accidente automovilístico. En 1997 recibió el XI Premio Internacional Menéndez Pelayo. El 30 de septiembre de 1998 falleció su esposa, Matilde Kusminsky-Richter. Ese mismo año publicó sus memorias bajo el título de Antes del fin y el 4 de junio de 2000 publicó La Resistencia en la página de Internet del Diario Clarín, convirtiéndose de esta manera en el primer escritor de lengua española en publicar un libro gratuitamente en Internet antes que en papel. La edición en papel fue lanzada el 16 de junio.

Se retiró a su casa en Santos Lugares, Provincia de Buenos Aires, donde se dedicó a la pintura, ya que por prohibición médica no podía leer ni escribir. Desde hacía algunos años sufría quebrantos de salud y no concedía entrevistas. Una bronquitis severa puso fin a sus días.

PRÓLOGO Y FRAGMENTOS DE
UNO Y EL UNIVERSO

Hemos querido para finalizar, consignar una breve muestra del pensamiento de nuestro Ernesto Sábato, de donde se podrá deducir su trascendencia en el mundo de las letras y puede verse grosso modo su profundidad, la sutileza de su exposición, su vasta erudición y su talante polémico.

Prólogo

Las reflexiones que aparecen aquí por orden alfabético no son producto de la vaga contemplación del mundo: se refieren a entes que he encontrado en el camino hacia mí mismo. (Uno se embarca hacia tierras lejanas, o busca el conocimiento de hombres, o indaga la naturaleza, o busca a Dios; después advierte que el fantasma que se perseguía era Uno mismo). Fuera de mi ruta debe de haber otros entes, otras teorías, otras hipótesis. El universo del que se habla aquí es mi Universo particular y, por lo tanto, incompleto, contradictorio y perfeccionable; no poseo la más modesta Weltanschauung que pueda satisfacer a una persona respetable o germánica; prohibo a estos inspectores del urbanismo filosófico que lean este libro (no veo, además, para qué habrían de leerlo).

Este libro es el documento de un tránsito y, en consecuencia, participa de la impureza y de la contradicción, que son los atributos del movimiento. Imagino la irritación que producirá a los fanáticos del sistema, que tienen la curiosa pretensión de ser propietarios de La Verdad, frente a los otros mil sistemas, como por alguna especie de arreglo personal con el Organizador del Espectáculo. Por mi parte, reconozco no tener vinculaciones tan influyentes.

La ciencia ha sido un compañero de viaje, durante un trecho, pero ya ha quedado atrás. Todavía, cuando nostálgicamente vuelvo la cabeza, puedo ver algunas de las altas torres que divisé en mi adolescencia y me atrajeron con su belleza ajena de los vicios carnales. Pronto desaparecerán de mi horizonte y solo quedará el recuerdo. Muchos pensarán que esta es una traición a la amistad, cuando es fidelidad a mi condición humana.

De todos modos, reivindico el mérito de abandonar esa clara ciudad de las torres —donde reinan la seguridad y el orden— en busca de un continente lleno de peligros, donde domina la conjetura. Montaigne mira con ironía a los hombres porque son capaces de morir por conjeturas. No veo nada que me merezca la ironía: en eso reside la grandeza de estos pobres seres.

Ernesto Sábato

Santos Lugares, Otoño de 1945.

Dios

Hay muchos pensadores que sostienen la ineptitud de la Metafísica para probar nada. Sea como sea, parece que problemas como el de la existencia de Dios sólo tienen cabida en la Filosofía; si ésta no sirve, tanto peor para los que no les basta con la fe y sienten la necesidad de probar la existencia o inexistencia de Dios; pero que no se busquen argumentos en la ciencia.

La ciencia es totalmente ajena a esta cuestión y la prueba está en que de ella se ha pretendido sacar argumentos en favor y en contra de la existencia de Dios: Kepler y Newton se extasiaban ante el orden universal que, según ellos, implicaba la existencia de Alguien que lo hubiese establecido; Maupertuis suponía que el principio de mínima acción de la dinámica era la mejor prueba de una Sabiduría divina; Jeans piensa que este universo ha sido construido por un Dios matemático, con conocimiento del cálculo tensorial y la teoría de los grupos. Por el otro lado, hay espíritus dispuestos a creer que el desarrollo de la ciencia prueba la inexistencia de Dios; no veo, sin embargo, cómo el descubrimiento de leyes en el terreno de la biología y de la psicología puede resultar reconfortante para los que piensan así; si no he entendido mal, las experiencias de Pavlov demuestran que buena parte del mundo psíquico revela ya una obediencia a leyes estrictas; pero ¿no es la existencia de leyes ineluctables lo que lleva a otros a creer en la existencia de Dios?

En realidad, un censo de opiniones mostraría que buena parte de los sabios creen en un Principio Ordenador. Por mi parte, me parece que la ciencia estricta nada puede probar en este problema. En la medida en que sus hombres pronuncian estas ansiosas afirmaciones no pertenecen a la ciencia: pertenecen a la Teología o a la Metafísica, que tanto odian.

Divulgación

Alguien me pide una explicación de la teoría de Einstein. Con mucho entusiasmo, le hablo de tensores y geodésicas tetradimensionales.

—No he entendido una sola palabra— me dice, estupefacto.

Reflexiono unos instantes y luego, con menos entusiasmo, le doy una explicación menos técnica, conservando algunas geodésicas, pero haciendo intervenir aviadores y disparos de revólver.

—Ya entiendo casi todo— me dice mi amigo, con bastante alegría. Pero hay algo que todavía no entiendo: esas geodésicas, esas coordenadas...

Deprimido, me sumo en una larga concentración mental y termino por abandonar para siempre las geodésicas y las coordenadas; con verdadera ferocidad, me dedico exclusivamente a aviadores que fuman mientras viajan con la velocidad de la luz, jefes de estación que disparan un revólver con la mano derecha y verifican tiempos con un cronómetro que tienen en la mano izquierda, trenes y campanas.

—¡Ahora sí, ahora entiendo la relatividad!— exclama mi amigo con alegría.

—Sí —le respondo amargamente—, pero ahora no es más la relatividad

Edad

¿Qué se puede hacer en ochenta años? Probablemente, empezar a darse cuenta de cómo habría de vivir y cuáles son las tres o cuatro cosas que valen la pena.

Un programa honesto requiere ochocientos años. Los primeros cien serían dedicados a los juegos propios de la edad, dirigidos por ayos de quinientos años; a los cuatrocientos años, terminada la educación superior, se podría hacer algo de provecho; el casamiento no debería hacerse antes de los quinientos; los últimos cien años de vida podrían dedicarse a la sabiduría.

Y al cabo de los ochocientos años quizá se empezase a saber cómo habría que vivir y cuales son las tres o cuatro cosas que valen la pena.

Un programa honesto requiere ocho mil años.

Etcétera.

Fama

La fama la realizan sucesos contingentes o equivocados: Liszt se ha hecho famoso por su Rapsodia No. 2; Einstein, por la frase todo es relativo, que jamás pronunció y que enérgicamente refuta; Baudelaire, por un título que parece prestado de Vargas Vila; Newton, por la caída de una manzana que parece no haber caído nunca. La gloria se equivoca casi siempre y rara vez se adquiere por motivos que podrían justificarla. En estos hombres, por ejemplo, la fama es merecida, pero sus causas son equivocadas. Excelentes personas se hacen la ilusión de tener un buen gusto literario porque leen a Proust, a Shakespeare, a Cervantes; pero a menudo sucede que lo que gustan de ellos no es otra cosa que sus defectos.

A veces la fama se debe a una frase histórica. De todas las cosas apócrifas, las más enérgicamente apócrifas son, quizá, las frases históricas. Dada la naturaleza de la historia humana, casi siempre han sido pronunciadas durante una batalla, o en la cámara de torturas, o al morir en la guillotina. En tales mementos, nadie que no sea un incurable literato pronuncia frases que puedan hacerse célebres por su estilo literario; y las frases históricas son, precisamente, frases pulidas y trabajadas. No hay duda de que las inventa laboriosamente la posteridad —como muchas cosas históricas.

Dalí

Se discute si Dalí es auténtico o farsante. Pero ¿tiene algún sentido decir que alguien se ha pasado la vida haciendo una farsa? ¿Por qué no suponer, al revés, que esa continua farsa es su autenticidad? Cualquier expresión es, en definitiva, un género de sinceridad.

Hombrey mujer

Habrá siempre un hombre tal que, aunque su casa se derrumbe, estará preocupado por el Universo. Habrá siempre una mujer tal que, aunque el universo se derrumbe, estará preocupada por su casa.

Inteligencia

Entender es relacionar, encontrar la unidad bajo la diversidad. Un acto de inteligencia es darse cuenta de que la caída de una manzana y el movimiento de la Luna, que no cae, están regidos por la misma ley.

Como una especie de detective secular en una Gran Novela Policial, la inteligencia persigue interminablemente a la verdad, buscándola hasta en los lugares menos sospechosos; está abierta a todas las posibilidades y por eso debe combatir a cada instante contra la rutina, el lugar común, el dogma y la superstición, que pretenden en cada caso haber aclarado el enigma, ignorando o queriendo ignorar que la verdad tiene infinitos cómplices e infinitos lugares diferentes.

Porque combate contra todos los dogmas y supersticiones, la inteligencia es capaz de comprender lo que hay de verdad en cada uno de ellos; un hombre inteligente no se caracteriza porque no comete errores sino que está dispuesto a rectificar los cometidos; los hombres que no cometen errores y que tienen todo definitivamente resuelto son los dogmáticos: se caracterizan por tener una Iglesia, una Ortodoxia, un Papa infalible, una Inquisición; no hay que creer que estas organizaciones sólo aparecen para defender a Dios: algunas aparecen para demostrar su inexistencia.

La creación de estas Iglesias es lo que hace tan difícil la búsqueda de la verdad. Porque entonces no basta la inteligencia: se requiere la intrepidez. Se requiere mucho valor para defender a la vez la parte de verdad en Berkeley contra los marxistas y la parte de verdad en los marxistas contra Berkeley. Este valor intelectual es lo que los fanáticos de la secta llaman confusionismo.

Lo difícil de esta tarea está en que la inteligencia debe proceder en forma helada e imparcial en este interminable pleito siendo que a la vez aparece encarnada en forma humana y, por lo tanto, mezclada con la debilidad, la simpatía, la violencia, el fanatismo y la furia, que son nuestros atributos más frecuentes.

Oscuridad

Aparte de razones vinculadas a la psicología de la infancia, el prestigio de la oscuridad se debe al hecho de que lo profundo es frecuentemente oscuro, lo que, desde luego, no implica la verdad recíproca. Especulando sobre este paralogismo, muchos escritores modernos han logrado fama de grandes psicólogos.

Habría que distinguir la oscuridad de expresión y la expresión de la oscuridad. Es cierto que hay problemas oscuros, como el de Dios o el de la eternidad. Pero es deseable que se haga ver claramente en qué son oscuros.

Poderío del lenguaje

La riqueza del lenguaje puede ser medida por el número de las palabras, pero no su poderío. Hay escritores que se arreglan con un vocabulario restringido, que sacan matices y partido del que tienen por la maestría en la colocación. Como en el ajedrez, una palabra no vale por sí sola sino por su posición relativa, por la estructura total de que forma parte. Sólo un escritor mediocre puede desdeñar ciertas palabras, como un mal jugador de ajedrez desdeña un peón: no sabe que a veces sostiene una posición.

Poesía pura

Algunos opinan que en la poesía pura no deben intervenir elementos didácticos; otros han prohibido los elementos filosóficos, políticos, raciales, científicos; otros, los valores musicales, como el ritmo y la rima. Sería bueno escribir un poema purificado según todas estas recomendaciones: no quedaría nada.

Se cree que el problema de la poesía pura es un gran problema porque es interminable, olvidando que también eran interminables las disputas medievales sobre cuántos granos de trigo forman un montón. En realidad, los logísticos modernos dirían que tanto uno como otro son seudoproblemas de definición: dada una definición se termina la disputa, que simplemente se debe a que cada uno habla de algo diferente.

En general, todos los conceptos en que entra la palabra pura, son sospechosos de escolasticismo: poesía pura, raza pura, música pura. Propongo la siguiente definición: poesía pura es toda poesía exenta de impureza. Puede parecer irritante, pero hay que reconocer que es irrebatible.

Porvenir de la ignorancia

Dice Bertrand Russell que las explicaciones populares de la relatividad dejan de ser inteligibles justamente en el momento en que comienzan a decir algo de importancia. Excelente síntoma de lo que pasa con los conocimientos actuales y anuncio de la catástrofe futura.

El Universo es diverso pero también es uno: por debajo de la infinita diversidad ha de haber una trama unitaria que debe ser descubierta mediante esfuerzos de síntesis; pero cada día que pasa va siendo más difícil realizar las síntesis por la creciente abstracción, complejidad y masa de hechos diversos que hay que abarcar; y cuando surge alguno capaz de un esfuerzo de uni- versalidad —como Whitehead— es parcialmente entendido y equivocadamente juzgado.

Por otra parte, un Whitehead no es universal en el sentido en que lo era Leonardo, quizá el más completo de esta fauna en extinción. Esta clase de hombres se interesa por el universo total: por lo concreto y por lo abstracto, por lo intuitivo y por lo conceptual, por el arte y por la ciencia. Pero el desarrollo de estas distintas fases de la actividad humana ha ido obligando a la especialización. ¿Quién es hoy a la vez capaz de pintar como Velázquez, construir una teoría científica como Einstein y una sinfonía como Beethoven? El solo estudio de la física hoy lleva toda la vida; ¿cuándo aprender a pintar como Velázquez, aun suponiendo que se tengan condiciones naturales como él? ¿Y cómo aprender todo lo que la química, la biología, la historia, la filosofía y la filología han hecho por su lado? Y, sobre todo, ¿quién ha de ser capaz de realizar la síntesis de este mundo casi infinito?

A los hombres de espíritu universal sólo les queda el recurso de la melancolía. Ya Valéry representa un poco esa situación, en que la realidad será suplantada por un conjunto de añoranzas y de insatisfechos deseos de universalidad. En Passage de Verlaine cuenta cómo veía pasar al poeta casi todos los días: flanqueado por sus amigos, asombraba la calle con su majestad brutal y sus bárbaras palabras, deteniéndose de vez en cuando para dar salida a sus invectivas; algunos minutos antes pasaba un hombre de una especie diferente, encorvado, grave, silencioso, de mirada ausente y fija, moviéndose con torpeza en un universo de los tantos geométricamente posibles: Henri Poincaré. Dice Valéry: Me era necesario elegir, para pensar, entre dos órdenes de cosas admirables que se excluyen en sus apariencias, que se asemejan por la pureza y la profundidad de sus objetos...

¿Cuánto hubiera dado entonces Paul Valéry por ser algo así como la suma de Verlaine y Poincaré? Pero Atenas estaba ya muy lejos y también lo estaba el Renacimiento. Sólo restaba soñar con Leonardo y añorar l'uomo universale.

El futuro estará en manos de especialistas, lo que no creo pueda ser motivo de orgullo o alegría; hay muchas personas que desconfían cuando ven a un hombre como Whitehead hablar de política o de moral: creen que ignorar a fondo la lógica, la ciencia y la filosofía es un buen antecedente para constituir estadistas y sociólogos.

La ciencia moderna —y sobre todo la técnica— deben tanto al especialista que el hombre de la calle, siempre dispuesto a la adoración de fetiches, ha creado el fetichismo de la especialización, confundiendo una lamentable consecuencia del progreso de la ciencia con su motor principal.

No es que quiera negar el valor de la especialización: las ciencias han llegado a un grado de desarrollo tal que un hombre está condenado a especializarse, si quiere llegar hasta el frente donde se lucha con lo desconocido; también es cierto que el enorme aporte de hechos por los especialistas ha sido y es constantemente factor de progreso (basta recordar el descubrimiento de la radiactividad, del efecto fotoeléctrico y tantos otros). Pero es necesario observar que los grandes avances del pensamiento científico no están constituidos por hechos sueltos sino por teorías, por síntesis conceptuales, y no se comprende cómo los especialistas puedan ser capaces de realizar síntesis que desbordan el campo de su actividad. Un especialista es Madame Curie, que aísla pacientemente un nuevo elemento químico; un hombre de síntesis es Einstein, que reúne en una gran teoría miles de pequeños hechos aportados por especialistas. Es la distancia que hay entre un investigador común y un genio.

Un hombre es capaz de realizar síntesis sólo en la medida en que es capaz de elevarse sobre su propio territorio para determinar, a vuelo de pájaro, su situación respecto a los territorios vecinos. Pero a medida que pase el tiempo la vida en cada uno de ellos se va haciendo más complicada, más rica; el lenguaje, que era una variedad dialectal de la lengua madre, se separa, se convierte en algo autónomo y parcialmente incomprensible para el vecino. Cada día se hace más difícil encontrar los vínculos, el rastro materno. El dilema es irremediable y parece que hemos de chocar con un límite, más allá del cual todo progreso será imposible.

La evolución de la física es ejemplar, por ser la más simple de las ciencias de la naturaleza y, por lo tanto, la que ha llegado más lejos. Como en todas las ramas del conocimiento científico, su marcha ha sido marcada por sucesivas unificaciones. Newton demuestra que la caída de un cuerpo y el movimiento de un planeta son fenómenos regidos por la misma ley; Oested y Faraday demuestran que la electricidad y el magnetismo no son autónomos sino dos expresiones de una misma realidad: Mayer y Joule demuestran que el calor y el trabajo están esencialmente vinculados; los físicos de hoy intentan unificar los fenómenos gravitatorios y electromagnéticos.

Pero cada unificación ha sido más difícil que la anterior, y a medida que se ha ido avanzando ha parecido que se acercaba al límite de lo racionalizable. En un momento se creyó que los cuantos eran ese límite; más allá se extendía el vasto y extraño continente de lo irracional. Como en una casa desconocida y sin luz, los físicos ambulaban ciegamente, sin acertar con las puertas y escaleras. La física de antaño, clara y lógica, cumplía con su misión fundamental: explicaba y preveía. Ahora, los hechos son raros y a menudo vienen sin que nadie los espere; luego, los teóricos inventan complicadas hipótesis para justificarlos. La especialidad de la física actual parece ser la profecía del pasado. ¡Qué lejos están los buenos tiempos de Leverrier, cuando un astrónomo, sentado en su escritorio, con lápiz, papel y una máquina de calcular descubría un planeta! Ahora estalla un átomo de uranio y los físicos, confusos, pero siempre vanidosos, tratan de asegurarse la paternidad del estallido con abundantes telegramas post factum.

Metidos en una maraña de ecuaciones, los hombres de ciencia son observados con suficiencia por filósofos que, no habiendo querido tomarse el trabajo de comprenderlos, prefieren hacer de espectadores y extraer, de vez en cuando, apresuradas conclusiones a partir de frases que no entienden. Así pasó con el principio de Heisenberg: se creyó que revelaba el libre albedrío de la materia; se imaginó que la ciencia apoyaba postulados irracionalistas; se vinculó este fenómeno con el auge de la subconciencia, estableciendo alguna vaga vinculación entre Freud, Heisenberg y André Breton; se supuso que de algún modo explicaba las guerras y la existencia del mal entre los hombres.

La raíz de este fenómeno es que, simplemente, las cosas se están poniendo muy complicadas; establecer la ley de la caída de los cuerpos es un problema de niños al lado de las complicaciones conceptuales que debe enfrentar la física contemporánea: el espacio-tiempo, la relación entre masa y campo, la unificación de los campos gravitatorios y electromagnético, la racionalización de los postulados cuánticos, la conciliación de la reversibilidad mecánica con la esencial irreversibilidad de los procesos reales.

¿Por qué suponer que estos dilemas marcan el límite de lo racional y no el límite de la capacidad humana agobiada por el peso de una formidable masa de conocimientos y de hechos que es necesario hacer encajar en el rompecabezas? Puede suponerse que es una incapacidad práctica y no teórica para racionalizar la realidad. El desarrollo de la física ha llegado a ser tan vasto que ha impuesto una especialización en cada uno de los capítulos, con el agravante de que esos especialistas cada día se entienden menos entre sí: uno que mide espectros puede ser incapaz de comprender a otro que se ocupa de las teorías del núcleo.

Si esto pasa entre dos físicos que se ocupan del átomo, ¿qué podemos esperar sobre la mutua comprensión de un físico, un biólogo y un sociólogo? El problema se plantea con máxima gravedad para los filósofos. Ciertos optimistas suponen que la filosofía puede prescindir de la ciencia, lo que me parece una curiosa forma de fomentar la universalidad. En los tiempos felices, un filósofo era una especie de suma de los conocimientos de la época: Aristóteles era físico, matemático, biólogo y sociólogo. Con el tiempo, esta condición se convirtió en un lujo; todavía Descartes y Leibniz eran espíritus universales, pero a partir de ellos comienza el éxodo de las ciencias particulares. Algunos piensan que al salir todo esto la filosofía queda tan purificada que no queda nada; parece una opinión exagerada: quedarían la ontología, la gnoseología y la lógica. Es decir, sólo quedaría lo universal. Pero es lícito preguntar: ¿se puede establecer un límite entre lo universal y lo particular? ¿Es acaso posible que un filósofo pueda establecer las leyes generales del ser y del conocer ignorando las ciencias particulares? Los grandes pensadores de todos los tiempos basaron sus investigaciones en la ciencia de la época; pero como la ciencia se ha puesto intransitable, la mayoría de los filósofos han decidido cambiar de sistema y parecen creer que la firme ignorancia de la matemática, de la logística y de la relatividad es una ventaja. No se ve, sin embargo, de qué manera los filósofos del futuro han de poder encarar el problema del espacio, del tiempo y de la causalidad sin la ayuda de la física y de teorías matemáticas como la de los grupos.

No se piense que este es un ataque a los filósofos: es un ataque a la ingenua idea de poderse ocupar de lo universal prescindiendo de lo particular. El reverso de esta ingenuidad es la de los hombres de ciencia, que creen poder ocuparse de lo particular prescindiendo de lo general: es la ingenuidad de los especialistas.

El triunfo de las ciencias positivas en el siglo XIX y la incapacidad de la filosofía idealista para resolver los problemas del mundo físico trajeron el descrédito de la especulación filosófica en el campo científico: los físicos, químicos, biólogos y hasta psicólogos se jactaron de ignorarla y aun de detestarla. En esa época pareció que para investigar la realidad bastaba con pesar, tomar temperaturas, medir tiempos de reacción, observar células a través de un microscopio. Se originó un tipo de físico que sólo tenía confianza en cosas como un metro o una balanza y que despreciaba la filosofía; y esta tendencia se extendió hasta alcanzar a hombres alejados de la ciencia, pero que admiraban su precisión (Valéry). El Dios de los filósofos ha imaginado un castigo para los que hablan mal de la filosofía, incluyendo a Valéry: que esas habladurías sean también filosofía, pero mala. A estos físicos les pasó lo que a esos campesinos que no tienen fe en el banco y guardan sus ahorros debajo del colchón, que es un banco menos seguro: si se analiza la estructura en que hacían descansar sus observaciones se descubre que no era cierto que no tuvieran una posición filosófica: tenían una muy mala. La falta de un criterio epistemológico les hacía aceptar sin cautela artículos de discutible calidad, bajo la creencia de que un buen instrumento no podía dar un producto execrable. Basta pensar con que un físico de esta clase creía no hacer especulaciones filosóficas cuando medía un tiempo con un reloj. No obstante, se basaba en una hipótesis metafísica —el tiempo absoluto— que invalidaba todos sus resultados experimentales. Ignoraba que un reloj puede ser más peligroso que un tratado de metafísica.

La relatividad y los cuantos iniciaron una nueva era, marcada por un análisis del conocimiento científico: los físicos teóricos tuvieron que convertirse en epistemólogos, del mismo modo que los matemáticos acabaron en la lógica.

El siglo pasado trazó una línea divisoria entre la ciencia y la filosofía que pretendió ser definitiva, pero que apenas ha resultado ser desastrosa. En The Philosophy of Physical Science, Eddington discute las consecuencias de esta actitud: formalmente, todavía se puede distinguir una división entre ciencia y epistemología; pero no es más una división eficiente. La epistemología es el territorio en que la ciencia se superpone a la filosofía, lo que no quiere decir que la física ha de ser hecha ahora por los filósofos que se quedaron en la filosofía; por el contrario, la física actual debe tener una proyección decisiva sobre la concepción del mundo, tal como en el pasado sucedió con Copérnico y Newton. Parece lógico pensar que esas síntesis sean hechas por los filósofos; pero sucede que en general los filósofos ignoran la física y es poco razonable abandonar el estudio de las consecuencias filosóficas de la física a las personas que no la entienden. Pero tampoco parece posible que estas síntesis sean elaboradas por los especialistas.

Resulta entonces que estas síntesis deben ser hechas por una especie de matemático-lógico-físico-epistemólogo-gramático. Y hay melancólicos motivos para suponer que este superhombre jamás existirá. Tendría que resolver, en efecto, a más de los problemas de la física, los referentes a la química, a la biología, a la historia; tendría que entrar en la lógica con todo el moderno equipo de la logística y de la teoría de los grupos matemáticos; tendría que vincular lo absoluto con los invariantes de estos grupos, el espacio-tiempo y la causalidad con los problemas filosóficos del progreso, de la moral y de la absolutidad o relatividad de 1os valores estéticos. El lenguaje de estos monstruos también tendría que ser monstruoso: quizá no se hablaría de sustantivos, adjetivos, verbos transitivos e intransitivos; sino de invariantes, relativos, funciones, verbos inmanentes y trascendentes. Este lenguaje dejaría de ser probablemente oral para transformarse en un mudo e imponente desfile de símbolos abstractos, que el hombre de la calle vería con asombro, terror y admiración. La razón —motor de la ciencia y de la filosofía— habría desencadenado finalmente la fe, pues el hombre de la calle, totalmente incapaz de comprender, suplantaría la comprensión por el fetichismo y la fe.

No hay que abrigar, sin embargo, muchas esperanzas en este sentido (si es que un lenguaje y una situación semejantes pueden constituir la esperanza de alguien). Es cierto que el descubrimiento de nuevos aparatos conceptuales podría multiplicar la capacidad mental del hombre, como una palanca multiplica su fuerza física; pero la experiencia ha revelado que el número y complejidad de los problemas crecen con mucha mayor rapidez que la capacidad de comprensión del hombre. Todavía hoy viven hombres como Whitehead; pero los acontecimientos sobrepasarán rápidamente la existencia de estos hombres universales y entonces el pensamiento humano, embarcado alegremente en algún puerto de la costa de Jonia, se encontrará perdido en un oscuro, inmenso y embravecido océano.

Al comienzo era el Caos. Con el nacimiento de la ciencia y la filosofía, el hombre fue ordenando el mundo exterior y tratando de averiguar la idea de su Autor, si lo hay. Así apareció el Cosmos, el Orden, la Ley. Pero el afán de conocimiento desencadena una nueva especie de Caos. Salimos de la ignorancia y llegamos así nuevamente a la ignorancia, pero a una ignorancia más rica, más compleja, hecha de pequeñas e infinitas sabidurías. El mundo que ignoraba Aristóteles era casi nulo: todos los conocimientos de la época cabían en su mente poderosa; no había vitaminas, ni tensotes, ni grupos, ni reflejos condicionados, ni geometrías no euclidianas. Pero la ciencia siguió avanzando y cada avance en la ciencia o en la filosofía significó una nueva ignorancia que se incorporaba al espíritu de los profanos. Cada día nos enteramos de que una nueva teoría, un nuevo modelo de universo acaba de ingresar en el vasto continente de nuestra ignorancia. Y entonces sentimos que el desconocimiento y el desconcierto nos invaden por todos lados y que la ignorancia avanza hacia un inmenso y temible porvenir.

Simplicidad de la matemática

Existe una opinión muy generalizada según la cuál la matemática es la ciencia más difícil cuando en realidad es la más simple de todas. La causa de esta paradoja reside en el hecho de que, precisamente por su simplicidad, los razonamientos matemáticos equivocados quedan a la vista. En una compleja cuestión de política o arte, hay tantos factores en juego y tantos desconocidos o inaparentes, que es muy difícil distinguir lo verdadero de lo falso. El resultado es que cualquier tonto se cree en condiciones de discutir sobre política y arte —y en verdad lo hace— mientras que mira la matemática desde una respetuosa distancia.

Valores

En la historia del pensamiento nos encontramos a menudo con la ingenuidad de atribuir a Dios nuestros prejuicios éticos o estéticos. Cuando encontramos alguna ley natural que nos halaga o satisface, nos sentimos inclinados a pensar que es una prueba de la existencia de Dios; vanidosamente, el hombre piensa que sólo una divinidad puede conformar sus gustos. Cuando Maupertuis descubrió el principio de la Mínima Acción, sostuvo que era la mejor prueba de la existencia de un Espíritu Ordenador. No veo por qué —sin embargo— algo que satisface la pobre y limitada mente del hombre ha de ser forzosamente obra de dioses. Vanidad semejante a la que experimentamos cuando un autor nos parece inteligente porque piensa como nosotros.

Cadáver exquisito es una técnica por medio de la cual se ensamblan colectivamente un conjunto de palabras o imágenes. El resultado es conocido como un cadáver exquisito o cadavre exquis en francés. Es una técnica usada por los surrealistas desde 1925, y se basa en un viejo juego de mesa llamado "consecuencias" en el cual los jugadores escribían por turno en una hoja de papel, la doblaban para cubrir parte de la escritura, y después la pasaban al siguiente jugador para escribiera una nueva creación.
 

El 26 de abril de 2011 el Sistema Universitario Ana G. Méndez me dio la oportunidad de dictar una conferencia sobre el cuento y el microrrelato y estas fueron mis palabras.

Señoras y señores:

Vaya mi saludo de agradecimiento al Sistema Universitario Ana G. Méndez, que le apuesta a la cultura, tan relegada a un segundo plano en nuestro medio y tan obstaculizada por la sobrevivencia, los compromisos, la molicie, el conformismo y el adormecimiento; a Katia Núñez, que tan amable y desinteresadamente propicia eventos de este tipo y a ustedes, por abandonar sus rutinas y venir hasta aquí a compartir un rato con la literatura.

Muy respetuosamente los invito a que nos pongamos de pie y por un minuto, en silencio, recordemos a aquellos que sufren a lo largo y ancho de nuestro planeta a causa de los movimientos naturales de una madre que se acomoda o protesta, o debido a las guerras que la ambición o las ideologías ponen en marcha. Los que han sido golpeados por estos acontecimientos tienen nuestra misma piel, respiran nuestro aire, tienen nuestros mismos sueños y los empuja el mismo amor, por lo cual su dolor es de alguna manera nuestro dolor.

¿Cómo no recordar a nuestros hermanos en desgracia cuando la literatura es ante todo una manifestación del hombre y para el hombre, y en este sentido, está conectada con todo lo que al hombre concierne? No otra cosa podría esperarse de quienes nos dedicamos a escribir y a la postre somos cronistas de nuestro tiempo.

Ahora bien, así como además de escribir su obra, el escritor de hoy debe ocuparse en divulgarla y venderla, así también debería verse abocado a preguntarse para qué escribe, más allá de porqué escribe. Porque entreverada en el mercado del entretenimiento, la literatura ha empañado su dimensión ética. En un mundo sitiado por la desintegración de los valores, desintegración que justamente amenaza con desintegrarnos, la literatura debería convertirse por lo menos en un noble faro de inconformidad, en una revelación en la sombra y no resignarse más a ser otro objeto del consumismo. Pero esa, es agua de otros ríos.

Así las cosas, es comprensible hasta cierto punto que los escritores de hoy quieran saltar a la fama sin mirar muy bien el compromiso que deben tener o no con sus semejantes. Ellos también tienen que comer y vivir bajo un techo y si han puesto su pasión en la escritura ¿qué otra cosa se les podría pedir? Como ven, el asunto es álgido y de interpretación compleja.

Y entrando en materia, pero sin alejarnos de este punto, les diré que yo no he podido entender porqué las grandes editoriales hoy no publican cuentos a pesar de que el cuento es el género literario más nuevo y moderno como tal, y el que mayor vitalidad tiene, por más que la novela sea el género más popular. Y lo digo, a riesgo de que mi afirmación pueda parecer inconveniente, porque contar es para la gente tan inmediato como respirar. Siempre que llegamos a casa alguien nos pregunta ¿cómo te fue? Y no lo hace solamente por cortesía. Su pregunta tiene la intención de indagar, de novelar, de escuchar un relato. La gente se comunica y lo hace valiéndose del lenguaje, (que bien mirado es un código mágico), contándose las cosas que le pasan, sus proyectos, triunfos y frustraciones. Así ha sido, es y seguirá siendo mientras el hombre sea hombre.

La disculpa de las editoriales acerca de su preferencia de publicar muchas novelas y pocos cuentos es que el cuento no se vende. Y que por eso no editan libros de cuentos, con lo cual el cuento no se vende porque no se edita y ellas se confirman que el cuento no gusta. Y así la suerte editorial del cuento no está determinada por las leyes de la literatura sino por las leyes del mercado. De manera que escribir cuentos es por ahora una quijotada, ¿pero qué le podemos hacer cuando el cuento está tan metido en nuestras venas, se ajusta de una manera tan apropiada a nuestra pasión de escribir y es un caballo de batalla tan noble?

Yo le recomiendo a todo aquel que desee iniciarse en el arte de escribir que lo haga por medio del cuento. Y no porque éste sea un género fácil; al contrario, el arte del cuento es reconocido como el más difícil de todos los géneros literarios en prosa por los grandes escritores, porque exige verdadero oficio por parte de su cultor. Los buenos cuentos son verdaderas joyas cuyos reflejos gravitan en nuestra memoria de manera inolvidable. El arte del cuento exige sensibilidad, concisión y astucia, elementos que darán gran solvencia al aprendiz. Y ningún texto pienso yo, exige tanta atención en cada palabra, en cada detalle, en cada personaje, en la ambientación, el tono. La escritura de un cuento es una verdadera lucha con la palabra. Desde luego, el aprendiz necesita un maestro que lo guíe por todos los vericuetos del lenguaje y de la magia argumental para que no se desanime en el primer intento. Pero si no tiene la fortuna de contar con uno de carne y hueso puede ir a una biblioteca, a una librería o acudir a un amigo y adquirir los libros de los grandes maestros del género, quienes mediante una lectura concienzuda y enamorada, lo ayudarán sin duda a salir del atolladero. Claro está que para ello más que interés necesita pasión.

Y valiéndome de esta palabra entraré de lleno en mí, talvez inmodestamente, porque hablar de uno casi siempre es una inmodestia, aunque en esta ocasión el orador sea yo y me toque en parte hablar de mí. Aquí entre nos, les confieso que para mí, muy controversialmente, no existe el talento, sino la pasión. ¿Cómo es eso?, se preguntarán ustedes.

Pues, sí, como oyen: la pasión. Y digo más: allí donde esta tu pasión está tu talento, está tu éxito, parodiando un poco la maravillosa sentencia de Jesús: De lo que llena tu corazón habla tu boca. Hay seres que nacen con ciertas inclinaciones y pareciera que la naturaleza o Dios, si lo prefieren, los dotó para esas inclinaciones. A eso llamo yo y ustedes conmigo, seguramente, talento. Pero déjenme decirles que yo he conocido personas dotadas de un talento excepcional que se perdieron en el vicio, que perecieron tempranamente en las redes del crimen o se desperdiciaron en la pereza porque no tuvieron el toque mágico de la pasión. García Márquez cuenta que recién llegado a México, en 1961, vivía en un apartamento y que la familia solo tenía un colchón doble, una cuna en el otro cuarto y una mesa para comer y escribir en el salón, además de dos sillas que utilizaban para todo. Cuenta que una vez llegó Álvaro Mutis y de entre los muchos libros que le llevaba separó el más pequeño y liviano y entregándoselo muerto de la risa, le dijo: “Lea esa vaina, carajo, para que aprenda”. Era Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Cuenta que aquella noche no pudo dormir hasta después de la segunda lectura y que al otro día leyó El llano en llamas con idéntica fascinación. Tiempo después se sorprendió recitando a Pedro Páramo de memoria de principio a fin. Y no solo eso: sabía en qué página de su edición sucedía tal episodio y conocía a fondo las características de cada uno de los personajes. Una memoria prodigiosa, dirán ustedes. Prodigiosa sin duda, pero al servicio de la pasión, una pasión verdadera que lo ha llevado a escribir de ocho de la mañana a dos de la tarde o más, durante décadas.

Son famosas las aseveraciones de Rainer María Rilke y William Faulkner por ejemplo, hacia quienes se interesan en el arte de escribir y ambos sin atenuantes les dicen más o menos que si escribir no les es tan indispensable como respirar, se dediquen a otros menesteres. Muy rigurosas sus exigencias sin duda, pero apuntan sin duda a la pasión. Hemingway por ejemplo, decía que el escritor debía vivir solo, preferiblemente en hoteles donde los amigos no lo encontraran, y dejarse ver nada más cuando presentara sus obras. Que debía escribir desde la mañana hasta el atardecer y que debía salir a caminar, jugar tenis o nadar para mantener sus fuerzas intactas para escribir al otro día. El mismo Faulkner escribió La paga de los soldados mientras respondía a un trabajo de 12 horas. Vargas Llosa dice que en su comienzos se sentía a años luz de los escritores reconocidos, pero que con su primer libro de cuentos pensó que ello era posible y ahora escribe unas seis horas diarias sin parar y dedica las tardes a atender otros asuntos relacionados con la literatura. Como ven, no hay talento sin pasión. O mejor la pasión es la chispa mágica que aviva al talento.

Y lo digo también, modestamente, por mí, aunque, desde luego, no pueda compararme con ninguno de los maestros que he venido mencionando. Yo tuve una infancia sin padre, sin padre terrenal quiero decir, poco feliz, muy solitaria y sin hogar. Mi madre y yo nos la pasábamos de la seca a la meca, desarraigados. Y ese desarraigo me acompañó en mi adolescencia y comenzó a estorbarme en mi juventud y aún en mi madurez. Las coordenadas de mi vida y mi autoestima se habían perdido para siempre, pensaba yo, con mi infancia nómada. Mi vida era un verdadero sumidero. No había nada que me llenara y no me definía por nada. Sin duda tenía talento, como cualquier otro muchacho, pero no me apasionaban más que las muchachas que amaba y que luego olvidaba. Suelo decir, apelando a una extraña metáfora, que los libros de mi juventud fueron los amores que escribí con pasión escarlata. Así transcurrían los años, pero poco a poco comencé a aventurarme en la literatura. De una manera un tanto descuidada. Escribía poemas y cuentos mediocres, pero me aferré a la escritura con todas mis fuerzas y ella, poco a poco le fue dando sentido a mi existencia. Y más sentido le daba mientras más rigor le ponía yo a lo que escribía. Tengo un libro de cuentos que presento hoy a ustedes y varios más sin editar. Me eligieron entre los diez finalistas del Premio Planeta de Novela 2008 que al final ganó Fernando Savater, pero tengo un invaluable tesoro: mi pasión por escribir, que me llena el corazón de compasión, que me enfrenta sin miedos a la vida, que es mi escudo y me hace cada día mejor hombre, porque la literatura para mí es el centro de mi humanidad, de mi comprensión de la Tierra y de los hombres. Ella dora las palabras con que nombro a la mujer que amo y es la luz que irradio al mundo. Es el centro de mi realización.

Pero volviendo al cuento, y ya para comenzar a centrarnos en él y a delimitarlo, digamos que en términos generales toda literatura es cuento porque toda literatura cuenta algo, sea esta un ensayo, una obra dramática, una novela, una crónica o un poema. Y voy a tratar de demostrárselos recitándoles el mejor cuento que me han echado sobre el olvido.

 

I

 

Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
Ya no compartirás la clara luna
ni los lentos jardines. Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,

cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.

Nadie pierde (repites vanamente)
sino lo que no tiene y no ha tenido
nunca, pero no basta ser valiente

para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarran
y te puede matar una guitarra.

II

Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta

y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna

y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.

Sólo que me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.

 

Se llama 1964 y es un poema compuesto de dos sonetos. Un poema de Jorge Luis Borges. En él, Borges nos cuenta que su mundo ya no es mágico porque el amor lo ha dejado y a continuación nos refiere íntimamente, (un poema es siempre una confidencia), lo que es su vida después de ese abandono. A mi manera de ver este poema, cualquier poema, es también un cuento, pero un cuento sin acción, a no ser que estemos hablando de los poemas homéricos o de las canciones de gesta, entre otros. Y también es un cuento Farewell un poema de Neruda:


Desde el fondo de ti, y arrodillado,
un niño triste como yo, nos mira.
 

Por esa vida que arderá en sus venas
tendrían que amarrarse nuestras vidas.
 

Por esas manos, hijas de tus manos,
tendrían que matar las manos mías.
 

Por sus ojos abiertos en la tierra
veré en los tuyos lágrimas un día.
 

Yo no lo quiero, Amada. 

Para que nada nos amarre
que no nos una nada.
 

Ni la palabra que aromó tu boca,
ni lo que no dijeron tus palabras.
 

Ni la fiesta de amor que no tuvimos,
ni tus sollozos junto a la ventana.
 

Amo el amor de los marineros
que besan y se van.
 

Dejan una promesa.
No vuelven nunca más.
 

En cada puerto una mujer espera:
los marineros besan y se van.
 

(Una noche se acuestan con la muerte
en el lecho del mar.)
 

Amo el amor que se reparte
en besos, lecho y pan.
 

Amor que puede ser eterno
y puede ser fugaz.
 

Amor que quiere libertarse
para volver a amar.
 

Amor divinizado que se acerca
Amor divinizado que se va.
 

Ya no se encantarán mis ojos en tus ojos,
ya no se endulzará junto a ti mi dolor.
 

Pero hacia donde vaya llevaré tu mirada
y hacia donde camines llevarás mi dolor.
 

Fui tuyo, fuiste mía. ¿Qué más? Juntos hicimos
un recodo en la ruta donde el amor pasó.
 

Fui tuyo, fuiste mía. Tú serás del que te ame,
del que corte en tu huerto lo que he sembrado yo.
 

Yo me voy. Estoy triste: pero siempre estoy triste.
Vengo desde tus brazos. No sé hacia dónde voy.
 

...Desde tu corazón me dice adiós un niño.
Y yo le digo adiós.

Cuentos como les digo sin acción, para no entrar en más detalles. Y les he recitado estos dos poemas con el fin de solazarnos un poco con la poesía y con el fin también de comunicarles muy claramente que al cuento del que venimos hablando, lo primero que lo caracteriza es la acción, elemento sobre el que volveré más adelante. Y hablando de las características del cuento como género literario digamos que a la acción se unen la brevedad, la tensión y la intensidad. En este orden de ideas les hablaré un poco de mi libro y de paso les leeré uno de sus cuentos.

Es este un libro que consta de 10 cuentos; de 25 páginas el más extenso y de 3 el más breve, y de un prólogo que dice así:

Todo cuento que se respete quiere perdurar. Y así, aunque sus creadores pasen, los cuentos siguen arañando el tiempo inmunes a la desintegración. Por eso puede decirse que los cuentos son una fantasía para la eternidad, siempre y cuando, claro está, a las fantasías de los hombres la eternidad les sea concedida.

Los cuentos tienen su propia respiración, su rostro y como no, sus emociones escondidas, por lo que, casi siempre, terminan disputándose el tiempo con la vida. Disputa que a veces gana la vida, que a veces ganan los cuentos y que a veces gana la muerte que aparece con su cuento sin que nadie la haya invitado.

Sin embargo, al final, vida y cuento cohabitan como buenos amantes porque el cuento se hace prolongación de la vida. Y aunque los cuentos no sean tan de carne y hueso como sus autores quisieran, hay que tener mucho cuidado con ellos, pues igual que la gitana que lee el destino en los signos de la mano, el lector cuidadoso podría encontrar en sus líneas el secreto de la vida. 

 

Les he leído el prólogo porque él señala una característica de la palabra, de la cual no recuerdo ahora quien dijo, es más perdurable que los monumentos y la piedra. Los diferentes textos del libro hablan del amor, el erotismo, la fantasía, los sueños y las pesadillas. Quiero comunicarles que la crítica literaria del Nuevo Herald, Adriana Herrera, dijo del cuento que da título al libro, talvez exaltada por su lectura, que tiene factura perfecta. No se los leeré porque resulta muy largo para el momento, al igual que otros que sé no les sonarían mal. Les leeré pues uno menos largo llamado ¿Adónde te llevaste anastasia mis atardeceres?

¿ADÓNDE TE LLEVASTE ANASTASIA MIS ATARDECERES?

Se diría un regalo a medio envolver en una toallita azul celeste cuando me abrió la puerta. Un regalo con el fulgor del atardecer reverberando en la miel de sus ojos tan solo para mí, al tiempo que soltaba un gritico y se tapaba con una mano los senos y con la otra los muslos, allí donde la toallita no le alcanzaba al pudor. Tenía el pelo anudado con otra toalla y olía a nardos y jazmines acabados de florecer.

-Apenas salgo de la ducha; perdoná la facha.

–No te alarmés...

Estaba en su puerta, aturdido como un adolescente, aceptándole su invitación a que estudiáramos inglés.

-Te espero a las cuatro- me había dicho.

Desde el comienzo del semestre me espantaba el sueño porque se me había metido en la cabeza que no tenía méritos para ganarle a la media universidad que la asediaba como a una Troya sin murallas, encabezada siempre por los más ricos o los más bellos, aunque nunca, estoy seguro, entregó las armas.

-Me dijiste que a las cuatro y son las cuatro y aquí estoy.

-No te preocupés. Como todo el mundo anda fuera de casa hasta mañana, me descuidé y me cogió la tarde.

Tenerla tan cerca, con esa migaja de toalla resaltándole los encantos me arrinconaba al cadalso de mis desvelos. Me ponía en una evidencia tan patética que me impedía detenerme en sus muslos y sus senos, que dormitaban como bebés la tibieza del atardecer. Para salir del trance me refugié en la obra de teatro en que actuábamos juntos.

-Majestad y Señora Mía –le dije con la voz grave que di al sacerdote egipcio, mientras le hacía una reverencia colosal.

Menos personaje y más yo, solté los perros de mis ansias para que con mis palabras ladraran todo mi amor.

-Tus pechos son los frutos de la mejor cosecha que nos ha deparado el Nilo benignísimo. Déjame palpar en ellos el sol crepuscular que los doró sin prisa.

Fui yo sin duda aunque no me reconociera, el que acercó sus manos paganas a sus frutos vírgenes, guardados con mezquindad por la toallita, y fue ella la que se arqueó como la hija del faraón para evitarlas. Sin embargo, aunque mis manos no lograron alcanzarla, el petalerío que le llevaba de regalo sí. Lo bueno o lo malo fue, que al arquearse, la toallita se levantó hasta la cima escindida de sus muslos un instante, el más fugaz de mis instantes, en el que alcancé a vislumbrar apenas, entre su pubis sombreado, la cresta sonrosada bajo la que fluyen sus ocasionales aguas amarillas.

Sentí que el sol del crepúsculo se eclipsaba en mi garganta, caía,explotaba abajo de mi ombligo y se regaba quemante por mis venas.

-Adelante Jatsubá- dijo siguiéndome el juego de la obra, inocente de mi intromisión.

Cerró la puerta y comenzó a caminar delante de mí con cadencia faraonesca. Los dioses me dieron estos ojos para que gozara sus pantorrillas embellecidas por el atardecer y sus muslos, mejor torneados que las columnas de nuestros templos, que me inspiraban no sé qué insaciable glotonería; las pantorrillas y los muslos que tenían a media universidad y hubieran podido tener a media Tebas y a medio mundo a sus pies.

Siempre egipcios bordeamos el patio de bifloras que a esa hora soporífera bostezaban un perfume solemne. La casa se entregaba como la amante más dulce al crepúsculo, que lento, anunciaba el anochecer. La seguí sin pestañear, en la inconsciencia del éxtasis. Y cuando mis ojos descendían plácidos la vertiente de su espalda, alguien que no era del todo yo ni el sacerdote de la obra, le rodeó la cintura, impelido por una excitación definitiva. Al contacto de mis manos en sus costados se dio vuelta, me devolvió una mirada trémula y se pegó a mí como empujada por el mismo Amón-Ra, nuestro creador. Entonces pude sentir el alboroto de nardos y jazmines confundiéndose con mi aliento, mientras su boca entreabierta como una rosa humedecida, me llamaba. Solté las flores, me incliné y con leve temblor sellé sus labios tibios. No sentí una música de ángeles como Evelio Patiño ni que me desbarrancaba como Hipólito Piedrahita, cada uno en su primer beso, sino que me aspiraban por un sumidero. Y su boca, negada a media universidad, poseída solo en sueños por tantos príncipes enamorados; tesoro que ella había defendido como una amazona con sus empalizadas de nácar y que ni las promesas más felices, los despechos más arrastrados, las amenazas de todos los bárbaros y los coqueteos de los babilonios habían logrado conquistar, se me entregó con un repique de campanas para que inventáramos el amor. Perdido en su boca me encontré, y nací y morí al mismo tiempo. En el frente de sus murallas blandas entregué mis defensas para que me barriera con la ola de su lengua, me adormeciera con el rocío de su aliento y me empujara inédito hasta el cielo de su paladar, mientras en el frente de su espalda desataba afanado el mayor de sus baluartes: la toallita. Pero tocaron la puerta, y con mis armas en ristre fui lanzado de sus labios a las bifloras. Me llevó a las volandas escalas arriba, me encerró en un cuarto y bajó a los trancazos. Sentí que recogía afanada las flores desperdigadas por las baldosas y abría la puerta. Una mujer le habló y entró a la casa.

–¿Cómo está, mi niña?– alcancé a oír que le dijo.

–Muy bien Clotilde, gracias. ¿Debía usted venir hoy?

Estaba incrédulo y pleno, tanto, que precisé de algún tiempo para acomodarme de nuevo en el cuerpo. Y la felicidad, que no es tan engañosa como dicen los místicos, tan quimérica como dicen los poetas ni tan pálida como dicen los filósofos, me traspasaba con alas telúricas.

El silencio de la estancia me aquietó el corazón desbocado para que pudiera esperarla sin ansiedad, tumbado en la alfombra. Poco después abrió la puerta y me llamó en voz baja, temiendo romper el silencio de cristal en la penumbra. La esperé tendido porque quería saber si tenía el mismo peso de las veces que la acaricié con los ojos sin que se diera cuenta o el de mis frustraciones sin voz cuando un nuevo galán se le acercaba a declararle su amor, pesos que cada vez, más y más lograban aplastarme. Mas, al sentirla caer sobre mí como una lluvia de pétalos, supe con certeza que me amaba. Que su boca redentora se unía de nuevo a la mía para enmendar el tiempo en que la anhelé sin esperanzas. Para devolverme mis noches insomnes, mis horas amargas. Pero ya no sentí que me perdía por un sumidero sino que me acaudalaba como un arroyo azotado por la tempestad. Y sin saciarme aún de su boca quise explorar sus senos primerizos; los senos de mis desvelos, de mis vigilias de hiel, de mis miradas furtivas, coronados por sus pezones para el niño que hay en mí, que se hincharon como dos brotes al roce de mi lengua. Entonces, creo, me concedió rozar su pubis cálido. El deseo que me encendía midió con un empuje de huracán la fortaleza de sus caderas. Ella me aguantó decidida y dejó escapar un suspiro complacido. Pero mis manos, curiosas todavía, optaron por recorrer la vertiente tibia de su espalda y la duna apretada de sus nalgas, a sabiendas de que ella solo ansiaba ser invadida como una ciudad hastiada de sus tiranos, con tanto fervor, que separó sus muslos para franquearme su umbral más secreto. Decidí pues, empujar con determinación. Ella tembló como un portón de bronce al que el primer martillazo del enemigo estremeciera hasta los cimientos, pero me incitó con un gemido retador. Y yo quería tomar sus más escondidos recintos sin renunciar a la ternura, la  fiereza o la compasión, pero sin menospreciar mis derechos de yugarla con un amor recién inventado; no como los bárbaros, que reniegan del amor y humillan a los vencidos.

Empujé de nuevo con decisión y penetré con facilidad sus primeras defensas, pero la resistencia de sus huestes más recónditas, jamás tomadas, le arrancó un estertor adolorido. Y yo quería todo, menos hacerla sufrir. Quería que su primera vez fuera recordada por ella con alegría, mucho después, en el ocaso de su vida, cuando alguna tarde soleada y lánguida le trajera algo de mí enredado en el viento, y con una escaramuza le viniera a la mente esta contienda, de la que nunca se sabrá cuál de los dos anheló más ser vencido. Por eso le oscurecí los ojos a besos, la encerré en mis brazos y le pedí perdón con mis banderas a media asta. Pero ella volvió a incitarme. Me ciñó con pasión, se pegó a mi ingle y reanimó mis labios con un estrujón desafiante. Entonces, sabiendo que la mejor de las conquistas es el goce de los vencidos, apunté mi gruesa falange hacia su umbral secreto y con enviones suaves pero firmes di comienzo a la tarea de vencer sus bastiones intactos. Ella padecía mis ataques con gozosa urgencia de que derrotara de una vez su último baluarte. En esa brega se me deshizo el tiempo porque quería ser gentil y tierno y fiero, pero sin descuidar su condición real, como lo harían los bárbaros. Y cuando el placer casi me catapultaba las entrañas, sus velos se rasgaron. Y me fui por sus profundidades candentes y abrí con lenta fruición el entramado de su doncellez abrumado de contracciones frenéticas. Entonces abandoné sus pechos para retornar a su boca y rubricar mi conquista. Mas, cuando volaba ciego por las brumas de su aliento, coincidimos en un estertor espasmódico que nos arrastró por un tremedal de pirotecnia hacia la cima del éxtasis. Y al fin, con un barrido visceral, vacié sobre su intimidad roja mis provisiones de leche y de sal.

Después yacimos sin fuerzas sobre la alfombra, en un tibio disfrute, durante el lento anochecer. Y fuimos canción, retazo de noche, luna que espía en el silencio. Y con nuevos besos di ojos a mis labios ciegos para que vieran sus formas desnudas vueltas a vestir por la penumbra. Ya, creo, nos habíamos dormido abrazados.

Me despertó la luz de la bombilla. Estaba sobre mí y por primera vez vi los pliegues de su piel, sus poros, el ámbar de sus ojos, sus cejas sedosas, sus pómulos brevemente hinchados, su nariz frágil y su boca sonrosada, sonriéndome. Y entendí que era el cielo sobre mí. Pero no el cielo azul que el Nilo refleja en su curso sinuoso, sino el cielo en que esperan luz nuestras ilusiones más caras, el que Amón-Ra, todos los dioses y Dios, han puesto en el centro de nuestra esperanza más tórrida.

Muchas tardes transcurrieron mientras nuestra pasión se agigantaba en medio de la cómplice lid y los armisticios innecesarios. Pero eso, lo confieso, ya pasó. Y ella que fue mi primer amor, es ahora mi primer olvido. Atroz e insuperable. Talvez por eso no puedo dejar de preguntarme: ¿adónde te llevaste Anastasia mis atardeceres?

Como dice Mempo Giardinelli, escritor y periodista argentino,

el cuento es un género indefinible, porque si se lo define se lo encorseta, se lo endurece. Prefiero pensar al cuento como un camino que se hace sin cesar, una acción perpetua de los seres humanos. No en vano toda la Historia de la Humanidad es una narración, primero oral, luego escrita. Y dice además: el Maestro Edmundo Valadés enseñaba que "el cuento escapa a prefiguraciones teóricas, pero su única inmutable característica es la brevedad". Y a ella habría que agregar singularidad temática, tensión e intensidad.

Dicen los maestros del género que en el cuento la primera frase debe prefigurar a la última porque todo en su estructura tiene un único fin: llevar al lector poco a poco, utilizando los medios que se necesiten para que no se distraiga, para que se olvide del mundo y de sí mismo, hasta ese punto en el que el conflicto hace eclosión. Y yo diría, y ustedes me perdonan si la comparación es un poco escabrosa, que la trama y la composición del cuento ideal semejarían a la mecha que encendida se consume velozmente en busca de la pólvora, la explosión del conflicto. En este orden de ideas Cortázar tiene una afortunada analogía, quizás la más afortunada. Él sostiene que la el cuento se gana por knockout y la novela por puntos. Pero hablando de primeras oraciones o de comienzos de cuentos, yo les voy a leer uno memorable de Juan Rulfo en El llano en llamas:

-¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.

-No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.

-Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.

-No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.

-Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.

-No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.

-Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.

Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:

-No.

Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.

Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:

-Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?

-La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.

Olvidaba decir que otra de las cualidades del buen cuento es la tensión y que esta es mantenida por la intensidad que el autor quiera imprimir a su historia. Hay intensidades a flor de piel y hay intensidades a la manera de Hemingway, quien mantenía la teoría del iceberg. El relato debe ser como un iceberg, decía. El autor solo debe mostrar la punta, pero la fuerza, la gran masa subyace en el agua, está oculta y arrastra la parte visible. Esta técnica fue aplicada por Hemingway en muchos de sus relatos pero sobre todo en Los asesinos y El viejo y el mar. Me viene a la mente un cuento para mí inolvidable: Encender una hoguera de Jack London. Casi desde el comienzo el personaje, por ignorancia, se ve enfrentado a la nieve. El autor va contando, de manera lenta diría yo, la aventura de su personaje, pero por sutiles señales uno como lector sospecha que el personaje, que podría salvarse, va morir. Y a partir de ese momento todo el relato se va desenvolviendo dentro de la trama visible que muestra el autor y la otra que no se cuenta pero que es una constante amenaza en creciente tensión. Así pues, lo más importante no se cuenta. Otro cuento inolvidable pero que al contrario de Encender una hoguera transcurre en una atmósfera casi anodina que ha venido propiciando otra subterránea que de pronto nos revela una situación insospechada, es La autopista del sur de Cortázar.Aquí todo transcurre en una cotidianidad casi aburrida, pero de pronto esa situación cobra una fuerza emotiva y envuelve el final del cuento en una nostálgica despedida.

Algunos autores, entre los que destaca Julio Cortázar, buscan el final sorpresa para sus cuentos, técnica que los hace la mayoría de las veces, memorables. Ahora quiero leerles una pequeña joya con un final maravilloso. Se llama Episodio del enemigo y es, para variar, de Jorge Luis Borges.

Tantos años huyendo y esperando y ahora el enemigo estaba en mi casa. Desde la ventana lo vi subir penosamente por el áspero camino del cerro. Se ayudaba con el bastón que en sus viejas manos no podía ser un arma sino un báculo. Me costó percibir lo que esperaba: el débil golpe contra la puerta. Miré, no sin nostalgia, mis manuscritos, el borrador a medio concluir y el tratado de Artemidoro sobre los sueños, libro un tanto anómalo ahí, ya que no sé griego. Otro día perdido, pensé. Tuve que forcejear con la llave. Temí que el hombre se desplomara, pero dió unos pasos inciertos, soltó el bastón, que no volví a ver, y cayó en mi cama, rendido. Mi ansiedad lo había imaginado muchas veces, pero sólo entonces noté que se parecía, de un modo casi fraternal, al último retrato de Lincoln. Serían las cuatro de la tarde. Me incliné sobre él para que me oyera.

-Uno cree que los años pasan para uno -le dije-, pero pasan también para los demás. Aquí nos encontramos al fin y lo que antes ocurrió no tiene sentido.

Mientras yo hablaba, se había desabrochado el sobretodo. La mano derecha estaba en el bolsillo del saco. Algo me señalaba y yo sentí que era un revólver. Entonces me dijo con voz firme:

-Para entrar en su casa, he recurrido a la compasión. Lo tengo ahora a mi merced y no soy misericordioso.

Ensayé unas palabras. No soy un hombre fuerte y sólo las palabras podían salvarme. Atiné a decir:

-En verdad que hace tiempo maltraté a un niño, pero usted ya no es ese niño ni yo aquel insensato. Además, la venganza no es menos vanidosa y ridícula que el perdón.

-Precisamente porque ya no soy aquel niño -me replicó- tengo que matarlo. No se trata de una venganza, sino de un acto de justicia. Sus argumentos, Borges, son meras estratagemas de su terror para que no lo mate. Usted ya no puede hacer nada.

-Puedo hacer una cosa -le contesté.

-¿Cuál? -me preguntó-

Despertarme.

Y así lo hice.

No en vano algunos autores buscan un final sorprendente, maravilloso o memorable. El cuento es una estructura cerrada en la que hay que cuidar tanto el comienzo como el final. …pocas cosas hay tan fáciles de echar a perder como un cuento. Diez líneas de exceso y el cuento se empobrece; tantas de menos y el cuento se vuelve una anécdota y nada más odioso que las anécdotas demasiado visibles, escritas o conversadas, decía el guatemalteco Augusto Monterroso, maestro del microrrelato. No obstante, el cuento, como toda manifestación artística, es una materia que a veces escapa a las reglas.

Aunque hacer una historiografía del cuento rebasa el tiempo de esta exposición, voy a dedicar algunos minutos a un breve recuento histórico de su presencia en la literatura y de su definición como género.

Más allá de cualquier elaboración crítica es fácil concluir que antes de la escritura el cuento estuvo muy cercano al mito. Las hordas, seguramente, gustaban de arrimarse al fuego para escuchar cómo sus cazadores más veteranos habían enfrentado a las fieras o a sus presas. Y no es difícil suponer tampoco que aquellos hombres se convirtieran en leyendas, alimentadas, bien por la imaginación de sus descendientes o bien porque a sus hazañas se atribuyera la ayuda de seres sobrenaturales, duendes, ninfas o dioses que los auxiliaban en sus aventuras más arriesgadas. Y así talvez, de entre todas aquellas gentes, de la misma manera que surgió el brujo, el chamán o el sacerdote, surgió el contador, el rapsoda, el aedo, el bardo. Y de esa manera el cuento, vale decir el relato, se convertía en la crónica que resaltaba lo mejor, lo más noble y destacado de cada pueblo o tribu o reino y plasmaba su esencia o idiosincrasia en sus dioses y héroes.

El cuento es, pues, una de las más antiguas formas de literatura popular oral, forma que sigue viva por medio de los cuentos folclóricos, regionales y tradicionales.

Pueden considerarse como cuentos algunos apartes de los textos sagrados de la antigua India y algunos pasajes de la biblia si bien están enmarcados dentro de textos más extensos con una intención muy concreta. Pero es hasta el siglo XIV, con el Decamerón, de Boccaccio que el cuento empieza a esbozar su personalidad moderna.

De ahí en adelante la lista comienza a agrandarse. En 1704, el orientalista francés Antoine Galland publica el primero de los seis tomos de Las mil y una noches, presumiblemente obra de muchos autores anónimos, y cuyos numerosos cuentos de atmósfera oriental maravillaron a Europa y nos siguen maravillando hoy. Chaucer con Los cuentos de Canterbury; La Fontaine con sus Contes; Perrault, con sus Cuentos de mi madre la gansa y Voltaire con Cándido, Zadig, Micromegas, entre otros, aumentan la lista. Y aparece el romanticismo con autores tan monumentales como Hoffman, Poe y Hans Cristian Andersen, que darían al cuento mayor claridad como relato breve y de ficción.

Pero en la segunda mitad del siglo XIX el cuento adquiere una innegable popularidad como género literario, perfectamente diferenciable de la fábula o la novela a través de Anton Chéjov, prolífico cuentista ruso, gran cultor del diálogo dentro del género, cuyas obras, pequeñas joyas, además de ilustrar las costumbres y personajes de su tiempo, dieron al cuento frescura y un aire de ironía como ningún cuentista, ¿o se podría decir cuenticultor?, lo había hecho antes. Contemporáneo a él, en Francia, aparece Guy de Maupassant, otro prodigio del cuento y de una productividad admirable. Escribió más de 300 cuentos, aunque murió a los 42 años, tan joven como Chéjov, que murió a los 44. Así pues, a comienzos del siglo XX, el cuento ya tenía su “cuento” bien estructurado.

A propósito de lo anterior, el crítico Arturo Molina García sostiene que antes del siglo XIX el cuento se manejaba sin plena consciencia de su importancia como género con personalidad propia. Era un género menor del que no se sospechaban las posibilidades de belleza, emoción y humanidad que podía contener su brevedad.

A los nombres anteriores habría que sumar los de Alphonse Daudet, Stevenson, Jack London, Faulkner, Flannery O´Conor, Hemingway, Kafka, Kipling, Wilde, Lewis Carrol, Cela, Aldecoa, etc.

La historia del cuento en América Latina, sería tema para otra charla u otras charlas, pues tenemos en nuestro subcontinente muchos nombres que seguro ustedes conocen hasta la saciedad, entre los cuales se destacan Cortázar, Borges, Oneti, Quiroga, Gimaraes Rosa, Vargas Llosa, García Márquez, Bosh, Rulfo, Fuentes, etc., cuyas obras sería una delicia comentar.

Habiendo entrado en firme en el terreno del cuento podría leerles algunas piezas magistrales, de las que hay bastantes, pero dada la escasez de tiempo les leeré un cuento espectacular y digno de figurar en cualquier antología. Este cuento, con La pata de mono de W. W. Jacobs; Bola de sebo, de Guy de Maupassant; El Aleph, de Borges; Encender una hoguera, de Jack London; la Autopista del sur, de Cortázar y Diles que no me maten, de Rulfo, entre otros, forman parte de mis favoritos y son de obligatoria relectura para mí. Se llama A la deriva y es de Horacio Quiroga:

El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.

El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.

El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.

El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.

Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.

-¡Dorotea! -alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña1!

Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.

-¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo-. ¡Dame caña!

-¡Pero es caña, Paulino! -protestó la mujer, espantada.

-¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!

La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.

-Bueno; esto se pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.

Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.

Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.

El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de sangre esta vez- dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.

La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el

bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.

La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.

-¡Alves! -gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.

-¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.

El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.

El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.

El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.

El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.

¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.

Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.

De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.

¿Qué sería? Y la respiración...

Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves...

El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.

-Un jueves...

Y cesó de respirar.

He querido hablarles del cuento como género literario y leerles algunos cuentos a la vez que lo hacía. Muchos aspectos de este apasionante tema han quedado en el tintero. De todas maneras espero haber logrado mi cometido: despertar en ustedes la curiosidad por leer más y más cuentos y más allá de eso por escribirlos, dándoles los nombres de los maestros y los de algunos cuentos famosos, porque dentro del cuento se encuentran piezas literarias de una nobleza enorme. Como dice Flannery O´conor, y digo dice, porque su palabra sigue viva, un cuento compromete, de un modo dramático, el misterio de la personalidad humana. Un cuento es bueno cuando ustedes pueden seguir viendo más y más cosas en él, y cuando, pese a todo, sigue escapándose de uno. O como dice Mempo Giardinelli: El destino de un cuento, como si fuera una flecha, es producir un impacto en el lector. Cuando más cerca del corazón del lector se clave, mejor será el cuento.

Para finalizar, quiero referirme muy brevemente al microrrelato, que forcejea por independizarse del cuento. Este subgénero (ignoro qué tan acertado sea denominarlo de esa manera) tiene muchos detractores, aunque sus cultores y defensores lo denominan el género literario del siglo XXI, dada su capacidad de síntesis, que va muy en concordancia con las prisas del hombre de estos tiempos, y porque hace de la brevedad, el ingenio, la ironía, el sarcasmo y la imaginación, recursos poco explorados por la literatura hasta hoy. Hay que decir sin embargo, que tiene aún muchos problemas como género, entre los que se encuentra su exigencia de lectores curtidos porque muchas veces el texto aparece como una insinuación que deja a la imaginación del lector la elaboración de la historia. Pondré varios ejemplos. Augusto Monterroso escribió El Dinosaurio, considerado hasta hace poco el cuento más breve del mundo. Dice así: Cuando despertó, el dinosaurio aún estaba ahí. Cualquiera de ustedes me dirá que ese texto no es un cuento. Pero visto con lupa sí es un cuento. Miren ustedes: transcurre en el tiempo mediante una acción, tiene dos personajes por lo menos: el soñador y el dinosaurio, tiene trama y argumento, tiene intensidad y tensión, un comienzo y un final, sorprendente además. De manera que sí es un cuento que deja a la imaginación del lector sus antes y sus después. Pero algunos cultores del microrrelato quieren llevar la cosa más lejos. Y dicen que más breve que el texto de Monterroso es este texto atribuido a Hemingway: Vendo zapatos de bebé, sin usar, queconsta de seis palabras. Y hay otro de Luis Felipe G. Lomelí llamado El emigrante. Es un diálogo:

-¿Olvida usted algo?

-Ojalá.

Yo añadiría a ellos uno que los gramáticos ponen siempre de ejemplo cuando hablan de la oración: llueve. Y mi microrrelato se llamaría así Llueve, con lo que llevaríamos el sentido del relato a su mínima expresión, diría yo. Y también podría atribuirme otro: Agonizo. De todas maneras lo dejo ahí para que se abra el debate porque el microrrelato es para mí tan respetable como el cuento o como cualquier género literario, siempre y cuando no pretenda abusar de la brevedad, del ingenio o la imaginación y no termine en una simple anécdota. Me parece muy prometedor en el sentido de que desabrocha el lenguaje y puede llevar sus sentidos a grados insospechados.

Son reconocidos cultores del microrrelato Borges, Cortázar, Arreola, García Márquez, Monterroso y Marco Denevi. Y para terminar quiero leerles algunos microrrelatos.

DELIRIO 

Y ahora, mi sombra me ha creído su sombra.

Maribel Pumarejo Olivella

 

Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu.

Chuang Tzu

LA SENTENCIA 

Aquella noche, en la hora de la rata, el emperador soñó que había salido de su palacio y que en la oscuridad caminaba por el jardín, bajo los árboles en flor. Algo se arrodilló a sus pies y le pidió amparo. El emperador accedió; el suplicante dijo que era un dragón y que los astros le habían revelado que al día siguiente, antes de la caída de la noche, Wei Cheng, ministro del Emperador, le cortaría la cabeza. En el sueño, el emperador juró protegerlo.

Al despertarse, el emperador preguntó por Wei Cheng. Le dijeron que no estaba en el palacio; el emperador lo mandó a buscar y lo tuvo atareado el día entero, para que no matara al dragón y hacia el atardecer le propuso que jugaran al ajedrez. La partida era larga, el ministro estaba cansado y se quedó dormido.

Un estruendo conmovió la tierra. Poco después irrumpieron dos capitanes, que traían una inmensa cabeza de dragón empapada en sangre. La arrojaron a los pies del emperador y gritaron: Cayó del cielo.

Wei Cheng, que había despertado, la miró con perplejidad y observó: Qué raro, yo soñé que mataba a un dragón así.

Wu Ch’ eng-en

 

APUNTES PARA SER LEÍDOS POR LOBOS 

El lobo, aparte de su orgullosa altivez, es inteligente, un ser sensible y hermoso con mala fama, acusaciones y calumnias que tienen que ver más con el temor y la envidia que con la realidad.Y observa al humano: le parece abominable, lleno de maldad, cruel. Tanto así que suele utilizar proverbios tales como: “Está oscuro como boca de hombre”, para señalar algún peligro, o “El lobo es el hombre del lobo”, cuando este animal llega a ciertos excesos de fiereza semejante a la humana.

René Avilés Fabila

¿DÓNDE? 

Una jaula fue en busca de un pájaro.

Franz Kafka

CUERPOS

No olvide usted, señora, la noche en que nuestras almas lucharon cuerpo a cuerpo.

Juan José Arreola

EL PARAÍSO IMPERFECTO

–Es cierto –dijo melancólicamente el hombre, sin quitar la vista de las llamas que ardían en la chimenea aquella noche de invierno–. En el paraíso hay amigos, música, algunos libros. Lo único malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve.

Augusto Monterroso

INSTRUCCIONES PARA LLORAR

Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente.

Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.

Julio Cortázar

EL PRECURSOR DE CERVANTES

Vivía en El Toboso una moza llamada Aldonza Lorenzo, hija de Lorenzo Corchelo, sastre, y de su mujer Francisca Nogales. Como hubiese leído numerosísimas novelas de estas de caballería, acabó perdiendo la razón. Se hacía llamar doña Dulcinea del Toboso, mandaba que en su presencia las gentes se arrodillasen, la tratasen de Su Grandeza y le besasen la mano. Se creía joven y hermosa, aunque tenía no menos de treinta años y las señales de la viruela en la cara. También inventó un galán, al que dio el nombre de don Quijote de la Mancha. Decía que don Quijote había partido hacia lejanos reinos en busca de aventuras, lances y peligros, al modo de Amadís de Gaula y Tirante el Blanco. Se pasaba todo el día asomada a la ventana de su casa, esperando la vuelta de su enamorado.

Un hidalgüelo de los alrededores, que la amaba, pensó hacerse pasar por don Quijote. Vistió una vieja armadura, montó en un rocín y salió a los caminos a repetir las hazañas del imaginario caballero. Cuando, seguro del éxito de su ardid, volvió al Toboso, Aldonza Lorenzo había muerto de tercianas.

Marco Denevi

LOS TIEMPOS CAMBIAN

Cuando tenía quince años y estaba locamente enamorada, consiguió un hechizo garantizado –un ligue, como dicen– para que su hombre no la abandonara nunca. Sí, era el hombre de su vida, no había ningún hombre como él. Hoy, 30 años después, está buscando en vano, con desesperación, alguien que deshaga el embrujo.

Carmen Cecilia Suárez

Y este último, sin título:

…el drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida.

Gabriel García Márquez

Muchas gracias señoras y señores, y muy buenas noches.

Leer en español para los hispanos de segunda y tercera generación no siempre es misión sencilla, trátese de una biblia bilingüe, de las aventuras de los gemelos hispanos Maya y Miguel en un barrio multicultural o del manual de autoayuda Cómo vivir y triunfar en Estados Unidos. Todo eso y más, está a la venta en la Feria del Libro en Español que tiene lugar en Los Ángeles por estos días.

LéaLA es la primera edición de una actividad cultural destinada a acercar la literatura hispanoamericana a los latinos que viven en California, uno de los estados en el que la primera minoría es casi tan numerosa como la población blanca: 39%.

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La feria, cuya entrada es gratuita, busca promocionar durante tres días los textos y la lectura en español, pero también convertirse en un festival cultural en el que los hispanos "de todos los sectores puedan redescubrir sus raíces" y reflexionar sobre "la nueva sociedad que están construyendo en Estados Unidos".

"La idea es convertirlo en referente cultural y hacerlo a través del libro que es un bien accesible y necesario para una comunidad latina tan grande como la de esta zona", dice a BBC Mundo Raúl Padilla López, presidente de LéaLA.

Para hacerla tentadora para adultos y adolescentes, los organizadores han invitado escritores variopintos –desde la chilena Isabel Allende al español Paco Ignacio Taibo II, la colombiana Laura Restrepo o el mexicano Francisco Martín Moreno-, pero también a bandas de rock como Molotov y Kinky y a la actriz Kate del Castillo, famosa por su participación en la telenovela La Reina del Sur.

Detrás de la feria angelina está el respaldo de la Universidad de Guadalajara y la feria del libro de esta ciudad mexicana, considerada la mayor del sector editorial hispano y, según muchos, la segunda más importante del mundo después de la de Frankfurt.

"Batalla" contra el inglés

Sin embargo, la feria tiene por delante un desafío que va más allá de los nombres famosos invitados a Los Ángeles para la ocasión: la de impulsar el gusto por la lectura en español entre hispanos de segunda y tercera generación.

"Obviamente no es sencillo porque tanto el inmigrante como sus hijos en principio están sujetos a una presión por asimilar lo antes posible el idioma inglés y en muchos casos no muestran interés por su lengua original", reconoce Padilla.

Según reportes del Centro Nacional de Estadísticas Educativas de Estados Unidos, más de la mitad (57%) de los estudiantes hispanos desde el nivel preescolar hasta duodécimo grado hablan inglés en su casa la mayor parte del tiempo, en tanto el 17% habla inglés y español balanceadamente.

Los más pequeños, dicen las estadísticas, pierden su competencia lingüística en el idioma de sus padres al ser educados en inglés en las escuelas. Y aunque los libros pueden servir para remediarlo, la misión lleva esfuerzo y constancia para inculcar la lectura en lo que ya es un segundo idioma, pues la oferta de textos en español en las librerías locales no siempre es variada.

"Quiero enseñarles a mis hijos y la única manera es leyendo. Hablan puro ‘espanglish’, una palabra en español y una en inglés todo el tiempo. Pero para buscar los libros me tengo que ir hasta Tijuana (ciudad mexicana en la frontera con Estados Unidos)", dice a BBC Mundo Patricia Damián, mientras recorre la feria. Daisy, su hija mayor, tiene 8 años y asegura que le gusta "leer en los dos idiomas, pero más en inglés porque en español me trabo".

"Queremos tener el orgullo de mantener el idioma como debe ser, porque a muchos nacidos aquí se nos olvida", señala por su parte Ester Cotulen, hispana de segunda generación ahora abocada a traspasarle sus tradiciones a sus hijos estadounidenses.

Red pública

El presidente de LeaLa, pretende que esta feria se convierta en un referente cultural. El secreto, según él, está en impulsar los textos en castellano en la extensa red de bibliotecas públicas del país.

"Además del número creciente de bibliotecas, cada vez hay un más importante acerbo de textos en español, básicamente donde hay comunidades hispanas aunque en otras ciudades también. Es una cuestión de volumen que crece y de regularidad en las adquisiciones de libros actualizados, no sólo de los clásicos", explica Padilla.

Con esa misión llegaron a la feria californiana entidades como la Asociación Estadounidense de Bibliotecas (ALA, según siglas en inglés), que impulsa planes de lectura entre latinos.

"Tenemos programas como ‘Nací para leer’, para criar buenos lectores o ʽEl día del libro infantilʼ, este 30 de abril. Producimos material bilingüe porque creemos que es cada vez más necesario para que los hispanos tomen el español y lo revaloricen, pero primero tenemos que dárselo dentro de la oferta cultural", señala Miguel Figueroa a BBC Mundo, desde el espacio de exhibición de ALA en la feria de Los Ángeles.

La buganvilia (Bougainvillea), buganvilla, bugambilia, Napoleón, veranera, trinitaria o Santa Rita es un género de plantas originarias de América del Sur cuyo nombre deriva de Louis Antoine de Bougainville, un militar francés que descubrió la planta en Brasil en el año 1768.

Resistente a los climas cálidos y secos, pero muy sensible al frío, revela una colorida gama en sus “flores”, que son en realidad hojas modificadas llamadas brácteas. La flor verdadera es blanca y diminuta, rodeada de esas hojas coloridas. En las zonas tropicales de América del Sur, florece todo el año y en los meses de verano en las zonas con estaciones más marcadas.

Arbusto trepador, los hay amarillos, blancos, rosados, fucsia y rojo; cuenta con propiedades curativas para sanar afecciones respiratorias como tos, asma, bronquitis y tosferina, además de la alfericia de niños, dolor de estómago, mal de orín y el acné. Sus pigmentos se pueden utilizar para crear tinturas naturales.

Por todas sus cualidades, esta multifacética planta nos ha inspirado nuestro nombre BookandBilias, el cual, por ser creado en el sur de Estados Unidos, pero con proyección hispana, toma elementos del inglés: BOOK (libro), el símbolo de compañía (&) que puede tomarse también con and (y), y el final pluralizado de la palabra española bugambilia: BILIAS, queriendo simbolizar libros y flores o libros con palabras como flores en su interior. Pero lo de las flores no termina aquí porque fueron justamente ellas las que inspiraron nuestro lema:

libros como veraneras latinoamericanas de cuyas páginas salta, florecida, nuestra literatura

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(En la fotografía de izquierda a derecha: Los colombianos William Castaño-Bedoya, Janiel Humberto Pemberty y el chileno Hernán Orrego)

Book&Bilias es un proyecto creado por tres escritores del Sur de la Florida con el objetivo de profundizar en su trabajo creativo y brindar apoyo literario y técnico a escritores en español que se encuentran radicados en los Estados Unidos. La creación literaria en español dentro de este país, requiere acompañamiento especializado para su desarrollo y difusión. La idea de crear a Book&Bilias surgió debido a que el ambiente literario latino en Norte América sufre de un enorme vacío pese a que representa a más de 50 millones de personas.

Book&Bilias buscará el auspicio de todos los sectores para hacer viable la carrera literaria de muchos talentos en la sombra. Aspectos tales como revisión o evaluación de manuscritos, corrección de estilo y consideraciones técnicas, hasta la búsqueda de representación o divulgación y comercialización de las obras, son parte de las tareas que realizará el proyecto. Book&bilias necesita del soporte de todos los amantes de la literatura. Con tal fin hemos contemplado la creación de espacios de participación que involucren múltiples canales. Son gestores de esta iniciativa tres escritores de origen colombiano: Janiel Humberto Pemberty, William Castaño-Bedoya, y el Chileno Hernán Orrego.

Son visiones Book&Bilias

Lunes, 21 Abril 2014 00:00

Las visiones de Book&bilias y las de aquellos que al igual que nosotros llenan el espacio con palabras, son las mismas visiones de quienes engendramos formas y las argumentamos con escenificaciones sensoriales, sonidos contados, tiempos acelerados, suspendidos, retardados, fantasías o verdades crudas, lastimeras….

Son las mismas visiones de todos quienes amamos el lenguaje como una forma infinita de expresión y libertad. De quienes buscamos con afán prevalecer en la excelencia, amansar la arrogancia, la indiferencia y plasmar en la historia nuestro sentir, nuestra forma de ver, nuestras ganas de vivir compartiendo la vida en su dimensión ilimitada.

Son visiones Book&Bilias consolidar escritores y lectores de calidad en todos los géneros. Atraer lectores que merecen buenas letras, letras nobles. Promover tendencias, explorar espacios para legarle a la humanidad una ficción deleitable y una realidad histórica comprensible, cierta, ejemplar.

Son visiones Book&Bilias trascender en el tiempo y la distancia con obras literarias en español, producidas en países donde el Español es apenas un curioso visitante.

Son también visiones Book&Bilias prevalecer como una entidad noble, generosa, solidaria. Como lo que somos: un proyecto de escritores para todos, de todos para escritores, de todos para todos.

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