William Castaño-Bedoya

william_5A raíz de la creación de este blog y motivado en conseguir alguna empatía entre tú y Book&Bilias, me concentré en la tarea de contarte un poco de mí. Qué difícil es escribir de uno mismo cuando lo que hay que contar es tan poco. Sin embargo, lo hago con devoción y mucho respeto. Ese respeto que tú mereces.

Empiezo por explicarte porqué debo describir lo que soy, lo que figuro ser. Resulta que en este blog, decidimos crear una sección llamada Book&Bilios. Si, Book & Bilios, un nombre que surgió de repente. Fue un chispazo de originalidad producto de la necesidad de alejarnos del más vapuleado descriptor de la red: “Quienes Somos”.

La verdad es que de alguna manera debíamos poner nuestras biografías en el blog, aunque sin mi biografía igual Book&Bilias sería el mejor prospecto para todos los escritores del vecindario. Digamos que me fui por el camino fácil. Decidí contar de mí en el lenguaje de las semblanzas. Algo nada formal y más bien figurado. Es que lo que tengo que contar de mi vida literaria por ahora se queda en puras ganas, en ilusiones, en suspiros, en pensar y pensar cada mañana, cuando le ayudo a mi cuerpo a sudar, cómo continúo dándole gasolina a la novela que desarrollo actualmente, amén de otras creaciones.

Si se hubiese tratado de escribir una biografía basada rigurosamente en mis credenciales de escritor ¡qué mal parado habría quedado! Siquiera que no es así. Mi carrera literaria ha transcurrido en la sombra, en esa misma sombra en la que transcurre la de aquellos que como yo sueñan con poder tener una colección de obras, buenas obras, publicadas. Una biografía llena de logros, llena de lectores de gran gusto y consistencia. Soy sincero cuando digo que tengo muchos autores por conocer. Los que mejor conozco ahora son mis grandes amigos, los otros Book&Bilios: Janiel y Hernán. Mis respetos para ellos. Con su ayuda podré convertir mis sombras en luz.

floresPara que tengas una idea un poco más afinada de mi flaca trayectoria literaria, te contaré que en mi cuarto de rebujo en Miami, guardo con nostalgia un montón de cajas llenas con Flores para María Sucel Ese es el nombre de mi primera novela. La escribí durante muchos años y me atreví a publicarla en 2006. Recuerdo que la noche del lanzamiento me sentía muy contento, me sentía… un gran escritor. Jua jua jua como diría Doña Gabriela, mi suegra.

No tengo la culpa de ser tan pretensioso, pues de sueños y fantasías han de alimentarse siempre nuestras obras. Así me sentía y qué se va hacer. Aun lo recuerdo como si hubiese sido anoche. Por lo que supe se vendieron algunos libros a mis mejores amigos. Los más cercanos me felicitaron. Por ahí tengo unas fotos que les mostraré algún día en este blog. Recuerdo patentico, ─como decía mi papá─ que unas amigas, de esas que se añejan con uno compartiendo confianzas, muy queridas, hicieron buenos comentarios del libro y otras callaron. Eso no pasó a mayores, al menos no tanto como el mensaje que recibí de un intelectual español, un catedrático de la Universidad de Murcia, quien con mucha sinceridad ─excesiva digo yo─ me felicitó porque la portada quedó muy bonita. También me dijo que le gustaba la mitad de la novela ─la última parte─ pero que la otra mitad estaba flojita.

En fin que acudiendo a otros consagrados llegué a la conclusión de que debería revisarla mientras estudiaba y me preparaba mejor. Esa noche del lanzamiento una señora empleada del lugar que me permitió la presentación, muy atentamente, me dijo: “No se preocupe señor Castaño. Su libro tiene alas y volará solito. Cuando menos lo piense estará muy lejos; cuando menos piense le preguntarán por él”. Llegué a creer que mi libro se vendería como condones en South Beach, que la gente lo encargaría por haberse agotado la tirada, pero no. Ahí están las cajas. Si no estuviera mi vieja de alguna manera en esos libros no estoy seguro de si existirían. Esas palabras de la señora tampoco han dejado que yo los abandone.

Escribí esa novela muy triste por la muerte de mi madre y verraco más bien porque mi vieja arrancó de este mundo mientras yo dormía. Se fue y me dejó mugriento, sudado, sin haber tomado el cafecito de la mañana, sin ni siquiera enjuagarme la boca y sin quitarme ese vaho que producían las jornadas de trabajo en Miami hasta el amanecer, aguantando filo y calor a la vez. Me quedé desamparado aunque ya era un viejo. Éramos amigos, buenos amigos. Ella era linda y joven. Nos parecíamos mucho. Cuando yo estaba en bachillerato y empecé a estirarme parecíamos hermanos. Sí. Hasta bailábamos pegados para reírnos de aquellos que al vernos hablaban marranadas. Quién sabe que pensaban los que no nos conocían. Esas cajas contienen un tiempo enmudecido.

ludovicoPara serte un poco más consecuente con este tema de Book&Bilias, te cuento que siempre he sido un entusiasta, siempre he escrito. Cuando estaba muy pequeño ─tenía unos doce años talvez─ escribía mucho en uno de esos cuadernos de cuarenta hojas que mi padre me compraba para la escuela. En una ocasión escribí una pequeña novela, a lápiz para poder borrar y borrar. Qué orgullo. Me siento muy orgulloso de mí ahora que evoco todo aquello con nostalgia. Cómo me gustaría tener esos cuadernos hoy. Si mal no recuerdo escribí sobre unos bandoleros que estaban de moda porque hacían trizas a la gente del Quindío y del Viejo Caldas. Bandoleros se les decía a los guerrilleros de ahora o a los paramilitares como para ponerte en sintonía. La historia contaba cómo estos bandoleros robaron un niño a unos campesinos cafeteros y lo convirtieron en alguien de bien ─que irónico─ en médico, para que curara al jefe decrépito que seguía delinquiendo a pesar del sufrimiento que le causaba una dolencia incurable. Eso es pa´ que vean que yo empecé a escribir desde chiquito.

Luego, desde primero de bachillerato, nos juntamos unos cuantos bohemios. ─Eso de que Dios los cría y ellos se juntan es pura verdad─. Éramos un modelito similar a lo que somos los book&bilios de hoy, solo que nuestros nombres eran Carlos Alberto, Wolfran, Oscar y William. Algunas veces se nos pegaba un loquito de apellido Rincón aunque no encajaba bien porque no le gustaba la poesía, ni escribía acrósticos para las muchachas, ni hacía carteleras sobre el Mío Cid o sobre Miguel de Cervantes Saavedra, ni recitaba en los centros literarios. En fin, estaba desconectado del todo. Esa época fue fundamental para mí.

Un personaje de ficción llegó al colegio cuando estábamos cursando quinto de bachillerato, cuando tenía yo quince años. Luis Fernando Parra Gallego, paisa como Janiel, intelectual, todo un literato. El mejor maestro de literatura que alguien pueda tener. Por él conocí lo poco que conozco ahora. Nos entregó tanto conocimiento que parecía que nos había hecho un hechizo. Era un verraco, nacido para la literatura. Mientras nos emborrachábamos de barrio en barrio en Bogotá, de rumba en rumba, de trasnochada en trasnochada, hablábamos de autores, de obras, de géneros, de todo. Éramos una tertulia ambulante. Qué delicia, qué tiempos aquellos. Ese Luis Fernando era un vacán. Nos hizo sentir la literatura como algo indispensable en nuestras vidas. Cómo me gustaría encontrarlo vivo… ¡quizás viva aún! Que Dios lo bendiga.

La vida es justa y nos ayuda a trasegar mientras acomodamos las ilusiones en las alacenas del alma. En la búsqueda constante de esa complicidad, de ese juego de intelectualidad, ya en tiempos recientes me topé con la querida Marta Sepúlveda. La poeta o poetisa solitaria. La poeta de quien quisiera escribir estos días en el blog. La poeta que murió destilando tintas en un lenguaje desgarrador, pero hermoso. La poetisa con quien algún día quise crear algo parecido a lo que es hoy Book&Bilias y escribir y escribir y escribir. Me queda el orgullo de haber publicado Por el revés somos de mentiras, su último libro. Ella, desde el más allá, también me inspira como mis amigos.

Deseo contarte y para culminar, que ya he terminado la segunda edición de Flores para María Sucel, esta vez técnicamente corregida. Se la recomiendo con devoción. Ah… algo más. También terminé mi segundo proyecto literario. Se llama Los monólogos de Ludovico y estoy trabajando a profundidad una obra de largo aliento que decidí llamár El Galpón